Chapter 24
Habitaciones contiguas
El pasillo de la segunda planta era estrecho, cálido y demasiado largo para dos mujeres que habían cenado con más sinceridad de la recomendada.
Vega caminaba medio paso por delante. Notaba a Claudia detrás sin necesidad de mirar. La presencia de esa mujer tenía una densidad propia: no hacía ruido, pero organizaba el aire. Al llegar a sus puertas, ambas se detuvieron. La de Vega estaba a la izquierda. La de Claudia, a la derecha.
Dos habitaciones. Dos tarjetas. Dos salidas adultas.
Perfecto.
Horrible.
—Mañana salimos a las ocho —dijo Claudia.
Vega apoyó la tarjeta contra la cerradura, pero no abrió.
—Sigues siendo una fiesta.
—No lo soy.
—Lo sé. Era sarcasmo compasivo.
Claudia respiró despacio. Vega la miró entonces. La luz del pasillo le suavizaba la cara, o quizá era el cansancio. Claudia parecía menos directora ejecutiva y más mujer. No menos peligrosa. Solo más real. Había algo en esa realidad que desordenaba a Vega más que cualquier gesto de poder.
—Buenas noches —dijo Claudia.
Lo correcto.
La frase correcta, en el momento correcto, con la distancia correcta.
Vega abrió la puerta de su habitación. El pestillo sonó demasiado alto.
—Buenas noches.
Entró.
Cerró.
Se quedó de pie al otro lado, con la mano todavía en el pomo y el corazón comportándose como un becario en pánico.
No seas idiota, se dijo.
Luego pensó que esa frase llevaba años teniendo un rendimiento pésimo en la historia de la humanidad.
Se quitó los zapatos. Dejó el móvil sobre la cama.
Fue hasta la ventana. Volvió. Bebió agua.
Se rio sola, una risa mínima, sin alegría.
Era adulta. Claudia era adulta. Las dos sabían lo que había en juego.
Las dos sabían que el deseo no anulaba la jerarquía, ni el contrato, ni los rumores posibles, ni el riesgo de convertir algo hermoso en otro expediente tóxico.
También sabían que fingir que no estaba ocurriendo empezaba a parecer una forma más sutil de mentira.
Llamaron a la puerta.
Vega cerró los ojos un segundo.
Claro.
Abrió.
Claudia estaba allí, con la chaqueta quitada, el pelo apenas menos perfecto y una expresión tan seria que habría podido anunciar una fusión empresarial o el fin del mundo.
—No voy a entrar si no quieres —dijo.
Vega dejó la mano en el marco.
—Eso es buen comienzo.
—Y si entro, no tiene que pasar nada.
—Eso es una cláusula bastante amplia.
—Vega.
La forma en que dijo su nombre no ordenó. Pidió espacio.
Vega se apartó.
—Entra.
Claudia cruzó el umbral despacio, como si cada paso tuviera que ser autorizado por separado. Vega cerró la puerta, pero no echó el pestillo. Claudia lo vio. No comentó nada.
Bien.
—Necesito decirlo bien —dijo Claudia.
Vega se apoyó en la cómoda.
—Te escucho.
Claudia no se acercó. Se quedó en mitad de la habitación, demasiado quieta.
—Me atraes. Mucho. No desde esta noche. No desde Gran Vía. Desde antes. Desde la sala de cristal, probablemente, aunque entonces me pareció más cómodo llamarlo irritación profesional.
—Qué romántica.
—Estoy intentando no esconderme detrás de la ironía.
Vega cerró la boca. Justo.
Claudia continuó:
—También sé que hay una diferencia de poder. Aunque mañana empecemos a mover la reasignación, ahora mismo existe. Sé que trabajo para protegerte y eso puede convertirse en decidir por ti si no tengo cuidado. Sé que mi deseo no elimina nada de eso.
A Vega se le aflojó algo en el cuerpo. No la tensión. La defensa automática.
—Gracias por no fingir que somos dos desconocidas en un bar —dijo.
—No lo somos.
—No.
Claudia bajó la mirada a sus propias manos.
—Por eso tienes que poder decir que no sin explicarme nada. Y tienes que poder decir que sí sin que yo lo convierta en permiso para olvidarme de todo lo demás mañana.
Vega sintió el pulso en la garganta.
—¿Y tú?
Claudia la miró.
—Yo también puedo decir que no.
—¿Quieres?
La pregunta quedó suspendida.
Claudia negó despacio.
—No.
Vega respiró. Una vez. Dos.
—Yo tampoco.
Claudia cerró los ojos un instante. Fue un gesto mínimo, pero Vega lo vio: el control cediendo no como derrota, sino como cansancio de seguir sosteniéndose sola.
—Ven —dijo Vega.
Claudia no obedeció como alguien acostumbrada a mandar. Fue hacia ella como alguien aprendiendo a pedir sin usar las manos primero.
Se detuvo a un palmo.
—¿Puedo besarte?
La pregunta no apagó nada. Al contrario. Encendió la habitación de una manera más limpia.
—Sí —dijo Vega—. Puedes.