ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) Chapter 25
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Chapter 25

Escena íntima en la Sierra

El beso no se pareció al de Gran Vía.

Aquel había sido lluvia, cansancio, desafío y error antes incluso de empezar.

Este fue más lento. Más peligroso, quizá, porque no podía fingirse accidente.

Claudia la besó como si hubiera pasado demasiado tiempo conteniendo una frase y por fin aceptara decirla entera.

Vega le rodeó la cintura y notó cómo el cuerpo de Claudia dudaba un segundo antes de acercarse del todo.

La duda la conmovió.

También la incendió.

—Estás temblando —susurró Vega.

—No lo uses en mi contra.

—No soy tan buena persona.

Claudia soltó una respiración que casi fue una risa y volvió a besarla.

Esta vez con menos cuidado. Vega respondió, abriéndose a ella con una mezcla de deseo y alivio que le dio rabia por lo honda.

No quería necesitar ternura. La ternura exigía confianza, y la confianza era una cosa ridícula que una acababa dejando sobre mesas ajenas para que alguien la rompiera con buena educación.

Pero Claudia no se precipitó. Le rozó la cara con los dedos, la mandíbula, el cuello, y cada gesto preguntó aunque su boca ya hubiera aprendido el camino.

Vega, que tantas veces había puesto el cuerpo como escudo, descubrió que no sabía muy bien qué hacer cuando alguien lo tocaba como si no le exigiera servir para nada.

—Puedes parar —dijo Claudia contra su boca.

Vega la miró.

—No quiero parar.

—Puedes cambiar de idea.

—Lo sé.

—Necesito que lo sepas de verdad.

Vega tragó saliva. La seriedad de Claudia habría podido resultar pesada en otra mujer. En ella era casi insoportable de lo íntima.

—Lo sé de verdad —dijo—. Y tú también.

Claudia asintió.

—Yo también.

Vega fue quien empezó a desabrocharle la camisa.

No por impaciencia, o no solo. Necesitaba hacer algo con las manos antes de que el pecho se le llenara de demasiadas cosas sin nombre.

Claudia bajó la mirada, luego volvió a alzarla hacia ella.

No corrigió el ritmo. No tomó el control.

Dejó que Vega marcara el primer gesto y, cuando le tocó la muñeca, lo hizo con una suavidad que no interrumpía.

—¿Así? —preguntó Claudia.

Vega cerró los ojos un segundo.

—Sí.

La ropa fue quedando en lugares absurdos: una camisa sobre una silla, el jersey de Vega junto a la maleta, un zapato volcado cerca de la puerta.

La habitación, tan neutra minutos antes, empezó a parecer habitada por una verdad que ninguna podría archivar después.

Claudia besó el hombro de Vega, la clavícula, el punto exacto donde la respiración se le rompía.

Vega se aferró a ella y se odió un poco por la facilidad con la que su cuerpo dejaba de argumentar.

—Mírame —dijo Claudia.

No sonó a orden. Sonó a miedo.

Vega abrió los ojos.

Claudia estaba demasiado cerca, despeinada de una manera mínima y devastadora, con la boca entreabierta y la expresión desprotegida.

Vega pensó que esa mujer había construido una agencia, una reputación, una vida entera alrededor de no ser vista así.

Y ahora estaba allí, permitiéndolo. No regalándolo. Permitiéndolo.

—Estoy aquí —dijo Vega.

Algo cambió entonces. No en la habitación. En Claudia.

La besó con más hambre, pero también con más verdad.

La llevó hacia la cama sin empujarla, esperando cada paso.

Vega se sentó en el borde y tiró de ella hasta tenerla entre las piernas.

Claudia apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo y se quedó un instante mirándola como si todavía pudiera dar marcha atrás.

Vega le tocó la cara.

—No tienes que hacerlo perfecto.

Claudia cerró los ojos.

—Eso ha sido cruel.

—No. Ha sido práctico.

—Qué mujer tan insoportable.

—Y aun así aquí estás.

Claudia sonrió entonces. De verdad. Apenas un segundo, pero bastó para que Vega sintiera que algo dentro de ella se rendía con una dignidad discutible.

Después no hubo frases brillantes. Hubo piel, respiración, pausas.

Hubo Claudia aprendiendo a preguntar con la boca y con las manos, deteniéndose cada vez que Vega cambiaba de aire, volviendo solo cuando Vega la buscaba.

Hubo deseo claro, adulto, sin coartada. Hubo una forma nueva de cuidado que no colocaba a Vega en un altar ni en una trinchera.

La colocaba allí: en una cama de hotel, en la Sierra, siendo tocada como una mujer, no como una causa, no como una prueba, no como un recurso útil para nadie.

Eso fue lo que la desarmó.

No el deseo, aunque el deseo la atravesó hasta dejarla sin ironía.

No la belleza de Claudia inclinada sobre ella, aunque esa imagen iba a resultarle un problema de largo recorrido.

Fue el cuidado.

La forma en que Claudia se detuvo cuando Vega dejó de bromear. La forma en que le apartó el pelo de la cara sin convertir el gesto en propiedad. La forma en que le preguntó, muy bajo, qué quieres, y luego esperó la respuesta como si aquella fuera la única reunión importante de su vida.

Vega respondió.

No con valentía. No con discurso. Respondió pidiendo. Y pedir le pareció más difícil que ofrecerse, más difícil que discutir con Rodrigo, más difícil que sostener una sala hostil en Chueca.

Claudia la escuchó.

No como se escucha una crisis.

Como se escucha una verdad.

Más tarde, cuando la habitación quedó en silencio y la noche volvió a apoyar su cuerpo oscuro contra la ventana, Vega permaneció despierta con la cabeza sobre la almohada y la mano de Claudia descansando cerca de su cintura, sin atraparla.

Ese detalle le pareció peligrosísimo. Claudia incluso dormida —o casi dormida— seguía dejando salida.

Vega giró un poco la cabeza.

—Claudia.

—Estoy despierta.

Claro que lo estaba.

—Esto no puede ser una excepción secreta.

Claudia abrió los ojos. No intentó besarla para evitar la conversación. No suspiró. No se refugió en el cansancio.

—Lo sé.

—Mañana no puedes tratarme como si esto hubiera sido un fallo de procedimiento.

Claudia tragó saliva.

—No quiero hacerlo.

—No he dicho que quieras.

La frase dolió. Vega lo vio. Pero Claudia no se defendió.

—Tienes razón.

Vega miró al techo.

—Odio un poco que digas eso ahora. Me dejas sin villana.

—Puedo empeorar si necesitas estabilidad narrativa.

Vega rio bajo, cansada, con el cuerpo todavía lleno de ella.

Claudia se incorporó apenas sobre un codo. La sábana le cubría el torso con una naturalidad que no debería haber sido tan íntima.

—Mañana hablaremos con Nerea —dijo—. No de esto en detalle. De la estructura. Dejarás de depender directamente de mí.

Vega sintió el golpe antes de entender que era necesario.

—Eso suena correcto.

—No suena agradable.

—No lo es.

—Pero es correcto.

Vega asintió despacio. Había algo triste en que la primera decisión después de tocarse tuviera que ser administrativa. También había algo profundamente adulto. Terrible, sí. Pero adulto. Muy de ellas: incendio emocional con protocolo de seguridad.

Claudia le rozó los dedos.

—No quiero perderte por hacer mal lo correcto.

Vega cerró los ojos. Esa frase sí. Esa frase entró donde no debía.

—Entonces no decidas por mí.

—Lo intentaré.

Vega abrió los ojos.

—No. Inténtalo no. Hazlo.

Claudia recibió la corrección con una gravedad limpia.

—Lo haré.

Durante un rato no dijeron nada más. El silencio ya no era el de antes. No era la tensión del pasillo, ni la cautela del coche, ni el peso de la cena. Era un silencio con consecuencias. Un silencio que sabía demasiado.

Vega se acercó un poco, lo justo para apoyar la frente contra el hombro de Claudia. Claudia no la envolvió de inmediato. Esperó. Cuando Vega no se apartó, la rodeó con un brazo.

Así sí, pensó Vega.

Así no parecía una jaula.

Parecía una respuesta.

Fuera, la Sierra seguía quieta. Madrid quedaba lejos, pero no tanto como para desaparecer. La agencia, Rodrigo, Altamar+, las asesoras, Marina, Nerea, la campaña, todo seguía esperándolas al otro lado de la noche.

Vega lo sabía.

Claudia también.

Por eso ninguna llamó a aquello salvación. Ni solución. Ni amor, todavía, aunque la palabra empezara a moverse en la oscuridad con una falta de prudencia alarmante.

Era deseo.

Era cuidado.

Era un problema.

Y, por primera vez desde que Claudia Valcárcel había entrado en su vida con su abrigo impecable y su voz de contrato bien redactado, Vega no quiso fingir que los problemas siempre debían evitarse.

Algunos había que mirarlos de frente.

Algunos había que tocarlos con cuidado.

Algunos, si no se mentía, podían cambiarlo todo.