CAPÍTULO 11. HABITACIONES CONTIGUAS
Cena en el hotel
El hotel de la Sierra no parecía diseñado para salvar campañas culturales ni para complicar la vida de dos mujeres adultas con una jerarquía mal colocada entre las costillas.
Eso, por supuesto, no le impedía cumplir ambas funciones con una eficacia insultante.
Vega dejó la maleta junto a la cama y abrió la ventana de su habitación.
El aire frío entró como una corrección. Olía a madera húmeda, tierra, chimenea lejana y esa clase de silencio que en Madrid solo existía dentro de ascensores caros antes de que alguien mirara el móvil.
Desde allí se veía una pendiente oscura, árboles moviéndose apenas y, más abajo, las luces pequeñas del pueblo.
Todo parecía limpio de una manera sospechosa.
Demasiado lejos de Las Salesas.
Demasiado cerca de Claudia.
La puerta comunicante no existía, gracias a algún dios menor del cumplimiento normativo, pero las habitaciones eran contiguas.
Vega lo había descubierto al ver a Claudia entrar justo en la de al lado, con el abrigo sobre el brazo y el dosier de Marina pegado al cuerpo como si incluso allí pudiera convocar una reunión de emergencia.
Vega se miró en el espejo. Tenía el pelo algo aplastado por el viaje, los labios secos y la expresión de una mujer que llevaba demasiadas horas intentando distinguir entre estrategia, ética y deseo. Mala combinación. Una podía sobrevivir a dos de esas cosas. Las tres juntas ya eran ensañamiento.
El móvil vibró sobre la cama.
Claudia: Cena en veinte minutos. Restaurante del hotel.
Vega leyó el mensaje dos veces. Ni un emoticono. Ni una concesión. Ni siquiera un «¿te parece?». Claudia podía convertir una invitación a cenar en una convocatoria con número de expediente.
Vega escribió: ¿Eso es una orden o una propuesta?
La respuesta llegó casi al instante.
Claudia: Es comida.
Vega sonrió pese a sí misma.
Vega: Qué lírica.
Claudia: Diecinueve minutos.
El restaurante era pequeño, con mesas de madera clara, lámparas bajas y ventanales desde los que la noche parecía apoyar la frente contra el cristal.
Había pocas personas cenando: una pareja mayor, dos hombres con pinta de haber pasado el día en una reunión de empresa y una familia que hablaba en voz baja, como si el lugar hubiera impuesto sus propias normas.
Claudia ya estaba sentada cuando Vega llegó.
Se había quitado la chaqueta y llevaba una camisa negra, sencilla, demasiado precisa.
La manga remangada dejaba ver la muñeca, el reloj, la mano apoyada junto a la copa de agua.
Vega tuvo una idea inconveniente sobre esa mano.
Luego otra. Luego decidió que su cerebro era una organización sin ánimo de lucro dedicada a sabotearla.
—Llegas tarde —dijo Claudia.
—Diecisiete segundos.
—Suficiente para hundir una logística.
—Qué suerte que no hayas tenido hijos. Les habrías pedido cronograma para gatear.
Claudia bajó la vista hacia la carta.
—No me tientes.
Vega se sentó frente a ella. Era extraño verla allí, sin pantallas, sin Nerea, sin Paula, sin Rodrigo filtrándose en cada decisión como humedad en una pared.
Claudia en un restaurante de hotel seguía siendo Claudia, claro: espalda recta, mirada controlada, móvil boca abajo junto al plato.
Pero había algo menos blindado en los hombros. O quizá Vega quería verlo.
—¿Has enviado el resumen a Nerea? —preguntó.
—Sí.
—¿Y?
—Ha respondido con tres advertencias legales, dos signos de exclamación y una frase que prefiero no repetir en voz alta.
—Me cae bien.
—A mí también. Por eso la contraté.
Pidieron vino. Vega lo vio venir como se ve venir un problema hermoso.
Claudia preguntó por la carta con cortesía, eligió uno de la zona y dejó que la camarera sirviera.
Nada en el gesto fue íntimo. Todo en el gesto pareció íntimo.
Vega estaba empezando a odiar la capacidad de Claudia para no hacer nada y aun así alterar el clima de una mesa.
—Marina va a aceptar si Altamar+ acepta las condiciones —dijo Vega.
—Marina va a aceptar si cree que nosotras no vamos a traicionarlas a mitad de camino.
Nosotras, otra vez.
Vega bebió un sorbo de agua antes de tocar el vino.
—Te ha creído más de lo que esperaba.
Claudia la miró.
—¿Tú no?
La pregunta salió baja, sin adornos. Vega notó que la cena dejaba de ser cena durante un segundo.
—Yo estoy decidiendo —dijo.
Claudia asintió. No pareció ofendida. Eso, de algún modo, la desarmó más.
—Bien.
—¿Bien?
—Prefiero eso a que me creas por impulso.
Vega dejó la servilleta sobre las piernas.
—Tú no eres muy de impulsos, ¿verdad?
Claudia sostuvo la copa sin beber.
—He tenido impulsos.
—Qué escándalo.
—Pocos. Muy mal documentados.
Vega soltó una risa. Claudia no sonrió del todo, pero algo en su boca se movió lo justo para que Vega quisiera meterse debajo de la mesa y denunciarse a sí misma ante Recursos Humanos.
La comida llegó. Durante un rato hablaron de cosas que no quemaban tanto: el calendario del día siguiente, la reacción posible de Rodrigo, la necesidad de no convertir a Marina en salvavidas simbólico.
Vega comió más de lo que creía poder comer.
Claudia apenas probó el pan, pero sí bebió vino, despacio.
A la segunda copa, no estaba menos controlada.
Eso habría sido pedir demasiado al universo.
Pero su silencio perdió una capa de acero.
—Marina tenía razón en algo —dijo Claudia.
—Marina tenía razón en bastantes cosas. Es irritante, pero como modelo de negocio funciona.
Claudia miró hacia el ventanal.
—Sobre no usar a las mujeres responsables como material disponible.
Vega dejó el tenedor.
—Ah.
—Lo haces.
—Ya estamos.
—No lo digo como reproche.
—En tu boca todo nace con traje de reproche.
Claudia aceptó el golpe con una inclinación mínima de cabeza.
—Lo digo porque hoy la has oído y no te has defendido.
Vega miró su copa. El vino tenía un color oscuro, tranquilo, como si supiera guardar secretos mejor que ellas.
—Porque tenía razón.
—Eso no suele detenerte.
Vega sonrió sin ganas.
—Estoy cansada, Claudia.
La frase quedó desnuda sobre la mesa. No era dramática. No era una confesión de película. Era peor: era simple.
Claudia no se movió.
—Lo sé.
—No. Hoy sí lo sabes. Antes lo observabas como quien detecta un dato útil.
Claudia bajó la mirada un segundo.
—Puede ser.
Vega esperaba una defensa. Una frase elegante, una precisión, una maniobra. Pero Claudia se quedó ahí, sin salvarse.
—Me acostumbré a estar disponible —dijo Vega—.
Para explicar, para traducir, para suavizar, para enfadarme en la dosis justa.
Si te enfadas poco, no te toman en serio.
Si te enfadas demasiado, eres el problema.
Al final acabas aprendiendo a ser útil con una sonrisa.
Es agotador, pero queda monísimo en presentaciones de diversidad.
Claudia apretó los dedos alrededor de la copa.
—No quiero que seas útil para mí de esa manera.
Vega levantó la vista.
—¿De qué manera quieres que sea útil?
La pregunta salió con más filo del que pretendía. También con más miedo.
Claudia la recibió sin apartarse.
—No quiero que seas útil. Quiero que estés.
Vega sintió la frase en una zona muy baja del pecho, donde las cosas importantes no piden permiso. No era una declaración. No exactamente. Claudia no declaraba; Claudia colocaba cargas explosivas bajo frases limpias y luego fingía que eran arquitectura.
—Eso suena peligroso —dijo Vega.
—Lo es.
—Podrías haber mentido.
—Podría.
—Se te da bien.
—Sí.
Vega respiró hondo. La noche al otro lado del cristal parecía más cerrada. Más cercana.
—¿Y por qué no lo haces?
Claudia tardó en responder.
—Porque estoy demasiado cansada de no querer nada.
La mesa se quedó sin aire.
Vega pensó en la lluvia de Gran Vía, en el beso que Claudia había cortado como si pudiera evitar el incendio cerrando una puerta.
Pensó en el coche, en la casa de Marina, en la forma en que Claudia había dicho no la uséis a Vega para vender autenticidad sin mirarla, precisamente para no apropiarse de la frase.
Pensó en todas las razones por las que levantarse, pagar cada una su parte y dormir al otro lado de la pared era la opción adulta.
Había muchas.
Todas parecían correctas.
Ninguna parecía suficiente.
Claudia dejó la copa sobre la mesa.
—No te estoy pidiendo nada.
—Ya.
—Vega.
—Lo sé.
—No quiero que confundas esto con presión.
Vega casi rio. Casi.
—Claudia, si alguna vez me presionas de verdad, montaré una comisión, invitaré a Marina y te harán una auditoría emocional en directo.
La sombra de una sonrisa cruzó por la boca de Claudia.
—Me lo creo.
—Bien.
La cena terminó sin que ninguna supiera muy bien cómo volver a una conversación segura.
Pagaron con una naturalidad torpe: Claudia intentó hacerse cargo, Vega la miró como si acabara de ofender a tres generaciones de mujeres autónomas, y al final dividieron la cuenta.
Claudia aceptó sin discutir, lo cual en ella equivalía a una escena de rendición con bandera blanca y música solemne.
Subieron juntas por la escalera. El hotel estaba silencioso. La madera crujía bajo sus pasos. En algún lugar, una tubería sonó dentro de la pared. La vida ordinaria, haciendo de las suyas en pleno desastre.