CAPÍTULO 10. LA SHOWRUNNER DE MATADERO
Preparar a Marina
A las nueve y cuarenta y dos, Vega ya había entendido que una propuesta de reparación podía morir de tres formas: por cobardía, por exceso de entusiasmo o por una tabla de costes redactada por alguien que jamás había sentido vergüenza.
Sobre la mesa de la sala de proyecto había capturas impresas, cronologías, versiones del avance corto, presupuestos preliminares y una carpeta con el nombre de Marina Álvarez escrito en mayúsculas.
Paula había añadido un pósit amarillo debajo: NO VENDERLE HUMO.
Vega lo miró dos veces y decidió que era, probablemente, el documento más útil de toda la mañana.
Claudia estaba al otro lado de la sala, de pie frente a la pantalla, con un café negro intacto junto al portátil y esa calma suya que siempre parecía fabricada con materiales caros y una amenaza silenciosa.
Nerea revisaba riesgos legales con cara de haber dormido poco y de no estar dispuesta a perdonar a nadie por ello.
—Marina no va a respaldar una campaña —dijo Vega—. Si vamos con lenguaje de lanzamiento, nos echará antes de que Claudia pueda decir «reposicionamiento».
Claudia ni parpadeó.
—No iba a decir reposicionamiento.
—Lo estabas pensando.
—Pienso muchas cosas que no deberían constar en acta.
Paula levantó la vista desde su portátil.
—Eso debería estar bordado en la entrada de la agencia.
Nerea no sonrió, pero dejó escapar algo parecido a una respiración menos hostil.
Vega agradeció la grieta. La sala llevaba horas funcionando como una máquina que intentaba convertir daño humano en estrategia sin triturarlo del todo.
Era un equilibrio complicado. Como hacer cirugía con guantes de seda y una alarma de incendios sonando al fondo.
La propuesta inicial ocupaba nueve páginas. Claudia la había reducido a cinco, no por suavizarla, sino por quitarle todo aquello que oliera a excusa. Vega no sabía si admirarlo o desconfiar. En Claudia, incluso la honestidad parecía pasar primero por una revisión de estilo.
—Marina quiere hechos —dijo Vega—. No frases. No sensibilidad. No escucha performativa. Hechos.
—Los hechos cuestan dinero —intervino Nerea.
—Sí.
—Y Altamar+ no ha autorizado ese margen.
—Entonces tendrán que autorizarlo.
Nerea la miró como si acabara de proponer resolver la crisis mediante magia, lágrimas y una playlist lésbica de ruptura.
—Vega.
—¿Qué?
—No podemos construir una propuesta como si el cliente fuera a descubrir la moral a media tarde.
Claudia cerró el portátil con suavidad.
—No necesitamos que Rodrigo descubra la moral. Necesitamos que entienda el coste de no fingirla bien.
Vega la miró. Ahí estaba la Claudia que la irritaba y la salvaba al mismo tiempo: precisa, fría, brutalmente útil.
Una parte de ella quería empujarla contra la pared dialéctica hasta arrancarle algo menos calculado.
Otra parte, bastante inoportuna, recordaba la lluvia de Gran Vía y la boca de Claudia apartándose primero.
No era el momento. Su cuerpo, por supuesto, no tenía agenda compartida.
—Eso suena peligrosamente a cinismo —dijo Vega.
—Eso suena a conocer al cliente.
—Marina también lo conoce.
—Por eso vamos a verla.
El plural cayó sobre la mesa con un peso discreto. Vamos. No irás. No te mando. No lo gestionas tú mientras yo muevo las piezas desde aquí. Vega no quiso darle importancia. Darle importancia a una palabra de Claudia era como aceptar una hipoteca emocional en letra pequeña.
Paula conectó la pantalla y abrió el dosier de Marina: showrunner veterana, consultora narrativa en proyectos culturales, antigua directora creativa, colaboradora habitual de espacios de exhibición y debate audiovisual.
En las fotografías aparecía con el pelo blanco cortado a la altura de la mandíbula, gafas de montura oscura y una expresión de mujer que había visto demasiados comités intentar parecer valientes.
—Tiene una relación complicada con Altamar+ —dijo Paula—. Les vendió un proyecto hace años. Se lo congelaron, lo trocearon y luego anunciaron otro muy parecido como apuesta original.
—Eso no estaba en el informe de Rodrigo —dijo Vega.
Claudia levantó apenas una ceja.
—Rodrigo no incluye minas antipersona en sus resúmenes ejecutivos. Mal detalle por su parte.
—¿Y aun así puede ayudarnos? —preguntó Nerea.
Vega negó con la cabeza antes de pensar.
—No va a ayudarnos. Puede ayudarse a sí misma a no tener que ver otra campaña bonita construida sobre silencio ajeno.
Claudia la observó durante un segundo. Vega notó esa mirada como se nota una mano cerca de la nuca: sin contacto, con toda la atención del cuerpo.
—Eso diremos —dijo Claudia.
—No. Eso no lo diremos. Eso lo demostraremos.
Nerea cerró una carpeta.
—Práctico. Me gusta cuando la épica viene con tareas.
Vega se inclinó sobre la mesa y señaló el documento.
—Primero: retirada de las piezas señaladas por las asesoras. Segundo: revisión individual de consentimientos, no un correo masivo de «querida comunidad». Tercero: acreditación con opción de anonimato. Cuarto: compensación económica. Quinto: mesa de seguimiento independiente.
—Sexto —añadió Claudia—: Altamar+ no podrá anunciar nada antes de que las afectadas revisen los términos.
La sala se quedó quieta.
Vega giró la cabeza hacia ella.
—Eso Rodrigo lo va a odiar.
—Rodrigo odia cualquier cosa que no pueda presentar como iniciativa propia.
—¿Estás segura?
Claudia sostuvo su mirada.
—No.
Fue una respuesta tan limpia que Vega tardó un instante en aceptarla. Claudia Valcárcel, directora ejecutiva, mujer blindada, especialista en no dejar que una duda saliera viva de su boca, acababa de admitir inseguridad delante de tres personas y una pantalla llena de riesgos.
Paula fingió revisar el ordenador con una delicadeza heroica. Nerea hizo lo mismo con el dosier. Vega no pudo fingir nada. Miró a Claudia demasiado tiempo.
—Entonces vamos con eso —dijo.
Claudia recogió su abrigo.
—Salimos en veinte minutos.
—¿Conduces tú?
—Sí.
—¿Porque no confías en mi conducción o porque necesitas controlar algo con ruedas?
Paula tosió para esconder una risa.
Claudia se acercó a la puerta.
—Porque mi coche ya está abajo.
—Respuesta de cobarde elegante.
—Respuesta de persona con coche.
Vega sonrió pese a sí misma. Aquello era un desastre. Un desastre con agenda, presupuesto y una mujer imposible abrochándose el abrigo como si no acabara de alterar el centro de gravedad de la mañana.