Chapter 19
Coche de vuelta
Claudia condujo hacia Las Salesas con la sensación absurda de haber salido de una sala pequeña y haber entrado en una ciudad demasiado grande.
Madrid avanzaba al otro lado del parabrisas con su indiferencia habitual: terrazas llenas, motos impacientes, peatones cruzando donde no debían, fachadas antiguas sosteniendo vidas que no pedían permiso a ninguna campaña de streaming.
Lavapiés quedó atrás, pero no se fue del todo.
Se le había quedado en las manos, en la nuca, en esa parte del pecho donde ella solía colocar un cristal.
Vega iba a su lado, callada.
Eso era nuevo. Vega podía estar en silencio, por supuesto, pero incluso su silencio solía tener codos, rodillas, temperatura. Ahora miraba por la ventanilla como si intentara decidir si Claudia había entendido algo o solo había tomado buena nota.
Claudia habría preferido una acusación directa. Las acusaciones directas se gestionaban. Los silencios de Vega, no. Los silencios de Vega tenían demasiada vida dentro.
—No has dicho casi nada —dijo Vega al fin.
Claudia mantuvo la vista en la calle.
—Era una reunión para escuchar.
—Escuchar no es poner cara de acta.
Ahí estaba. Vega Serrano, entrando con los zapatos llenos de barro justo donde Claudia acababa de fregar el suelo.
—Tampoco es interrumpir para demostrar pureza —respondió.
Vega soltó una risa seca.
—Qué descanso. Ya pensaba que habías salido convertida en persona.
Claudia apretó un poco el volante.
—No confundas contención con indiferencia.
—No confundas prudencia con miedo.
La frase cayó entre ellas con una precisión desagradable.
Claudia notó el impulso de contestar desde un lugar antiguo.
Desde una sala que no era aquella, con otras voces, otros correos, otra mujer, otra versión de sí misma aprendiendo demasiado tarde que una relación consentida podía ser triturada hasta convertirse en prueba de carácter.
Demasiado intensa. Demasiado fría. Demasiado ambiciosa.
Demasiado lesbiana cuando convenía sugerirlo sin decirlo.
Abrió la boca.
La cerró.
No iba a entregarle eso a Vega en un semáforo de la calle Atocha como quien tira una carpeta sobre una mesa.
—La verdad necesita estructura —dijo.
—La verdad necesita sitio.
—Y límites.
—Y valor.
—Y abogados.
Vega giró la cabeza hacia ella. Esta vez sí sonrió, pero poco.
—Eres la única persona que conozco capaz de meter abogados en una conversación sobre ética sin despeinarse.
—Los abogados son la diferencia entre reparar y empeorar el daño con entusiasmo.
—Eso te ha quedado precioso. Muy bordado en cojín de consultora.
Claudia no quiso sonreír. El cuerpo, traidor administrativo, casi lo hizo.
El tráfico se espesó cerca de Antón Martín.
Una ambulancia pidió paso a lo lejos. Claudia redujo la velocidad y dejó que un taxi se colara delante.
No tenía prisa. O sí. Tenía prisa por llegar a la agencia, abrir un documento, convertir aquella tarde en fases, responsables, riesgos, aprobaciones, costes.
Tenía prisa por encerrar lo que había oído en una estructura donde dejara de doler de manera tan poco profesional.
Vega pareció leerlo.
—Ahora mismo estás convirtiendo todo esto en una tabla.
—Sí.
—Al menos lo admites.
—Una tabla permite saber quién hace qué, cuándo y con qué consecuencias.
—Una tabla también permite no mirar a nadie a la cara.
Claudia respiró despacio. Si Vega seguía empujando, acabaría encontrando una puerta que no tenía derecho a abrir.
O quizá sí lo tenía. Ese era el problema: Vega no pedía permiso a las defensas, pero tampoco parecía entrar por crueldad.
Entraba porque veía luz bajo las rendijas y se negaba a fingir que aquello era oscuridad.
—Lo que hemos oído hoy no se arregla con presencia emocional —dijo Claudia.
—No he dicho eso.
—Has insinuado que mi forma de proceder es cobarde.
—He dicho que confundes prudencia con miedo.
—Es una frase muy cómoda cuando no eres responsable de veinte nóminas.
Vega se quedó quieta. La réplica la había alcanzado.
Claudia lo lamentó antes de que el silencio terminara de formarse. No porque la frase fuera falsa. Era verdad. La peor clase de frase: una verdad usada como defensa.
—Vale —dijo Vega, más bajo—. Eso es justo.
Claudia la miró un instante, sorprendida pese a sí misma.
Vega no se encogió.
—No cargo con tus nóminas. Ni con tu agencia. Ni con lo que pasaría si Altamar+ decide que somos más problema que solución. Pero ellas tampoco cargan con eso. Y aun así llevan años pagando facturas que nadie reconoce.
Claudia volvió a mirar al frente.
—Lo sé.
—No, Claudia. Lo sabes como dato. Hoy lo has escuchado como daño.
La diferencia le molestó porque era exacta.
El coche avanzó despacio. Las fachadas cambiaron.
Madrid se volvió más limpio, más simétrico, menos dispuesto a confesar nada.
Claudia pensó en Rodrigo, en su manera de sonreír como si toda objeción moral fuera una fase del presupuesto.
Pensó en Nerea preguntando por exposición legal.
En Teresa pidiendo trazabilidad. En las asesoras de Lavapiés diciendo no somos decoración, no somos ambiente, no somos una frase al final del dosier.
Pensó en Vega, claro. Vega en la sala, dejando que la rabia de otras no se convirtiera en espectáculo. Vega corrigiéndose cuando había dicho “nosotras”. Vega mirándola como si todavía no hubiera decidido si Claudia era una aliada o una catástrofe con buen abrigo.
—Marina Álvarez —dijo Claudia.
Vega no respondió enseguida.
—¿Qué pasa con ella?
—Tenemos que verla.
La expresión de Vega cambió. No mucho. Con Vega, en realidad, cambiaba todo a la vez: los ojos, la boca, la respiración, el clima del coche.
—¿Tenemos?
—Tú dijiste que no avalaría una mentira.
—No la avalará.
—Entonces iremos con otra cosa.
Vega la estudió con una cautela que a Claudia le resultó extrañamente dolorosa.
—¿Qué cosa?
Claudia aparcó mal durante tres segundos, corrigió la maniobra y detuvo el coche en una zona de carga y descarga, con los intermitentes puestos. Necesitaba decirlo sin estar moviéndose. Algunas decisiones parecían menos peligrosas cuando una tenía el pie sobre el freno.
—Retirada inmediata de las piezas señaladas. Auditoría de consentimiento. Presupuesto de compensación. Acreditación verificable. Reunión con asesoras antes de cualquier comunicado largo. Y Marina como condición de legitimidad cultural, no como adorno.
Vega la miró como si acabara de oír algo que quería creer y no pensaba regalarle tan fácilmente.
—Altamar+ no va a aceptar eso.
—No de entrada.
—Rodrigo va a intentar recortarlo hasta que parezca una disculpa con tacones.
—Rodrigo intentará muchas cosas.
—¿Y tú?
Claudia sintió la pregunta en la piel. No era profesional, aunque lo fuera. No era íntima, aunque también. Vega no preguntaba qué haría la agencia. Preguntaba dónde se iba a colocar Claudia cuando el coste dejara de ser teórico.
Claudia podría haber dicho algo impecable.
Tenía varias respuestas disponibles, todas útiles, todas cobardes en distinto grado.
Podía hablar de estrategia progresiva, de margen de negociación, de correlación de fuerzas, de sostenibilidad del cliente.
Podía construir una escalera verbal tan elegante que Vega tardara dos plantas en darse cuenta de que no llevaba a ninguna parte.
No lo hizo.
—Yo voy a llamar a Marina esta tarde —dijo—. Y mañana quiero una propuesta sobre la mesa antes de las diez.
Vega bajó la mirada. Cuando volvió a alzarla, ya no sonreía.
—Eso sigue siendo una tabla.
—Sí.
—Pero esta vez empieza por lo que ellas han pedido.
—Sí.
Fuera, una mujer cruzó empujando un carrito de bebé con una mano y sujetando el móvil con la otra. Un repartidor golpeó con los nudillos la ventanilla trasera para que Claudia moviera el coche. Madrid no tenía ningún respeto por los momentos de inflexión. Probablemente por eso seguía funcionando.
Claudia quitó los intermitentes.
—No te emociones —dijo—. Aún puedo estropearlo.
Vega soltó una risa breve, inesperada, cansada.
—Eso sí me lo creo.
Claudia arrancó de nuevo. Esta vez el silencio entre ellas no fue cómodo, pero tampoco defensivo. Era otra cosa. Un espacio todavía sin nombre, peligroso porque no pedía ser llenado de inmediato.
Cuando llegaron cerca de la agencia, Vega se desabrochó el cinturón antes de que el coche terminara de detenerse. Claudia quiso decirle que esperara. No sabía para qué. Esa fue la razón exacta por la que no lo hizo.
Vega abrió la puerta, pero se quedó un segundo dentro.
—Hoy has escuchado —dijo.
Claudia apoyó las manos en el volante.
—No hagas que suene heroico.
—No lo es.
—Bien.
—Es lo mínimo.
Claudia giró la cabeza hacia ella.
Vega estaba medio fuera del coche, con la luz gris de la tarde en el pelo y una expresión que no perdonaba nada, pero tampoco cerraba la puerta.
Claudia pensó que esa era la clase de belleza que no servía para una campaña.
Demasiado incómoda. Demasiado viva. Imposible de convertir en eslogan sin romperla.
—Entonces haremos lo siguiente —dijo Claudia.
Vega asintió, despacio.
—Sí. Haremos lo siguiente.
La palabra volvió a quedar ahí, entre ambas.
Nosotras.
Ninguna la dijo.
Todavía.