ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) Chapter 21
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Chapter 21

Carretera a la Sierra

Claudia prefería conducir porque el movimiento le daba una excusa para mirar al frente.

Madrid quedó atrás por capas: primero el tráfico con sus bocinazos impacientes, después las avenidas más anchas, los edificios perdiendo densidad, la luz cambiando sobre los cristales, el paisaje abriéndose poco a poco como si la ciudad se desabrochara el cuello.

A su lado, Vega llevaba el dosier sobre las rodillas y una botella de agua que no había abierto.

Miraba por la ventanilla con una atención tranquila, como si estuviera escuchando también la carretera.

Claudia no puso música. Vega no la pidió.

Durante los primeros minutos hablaron de la propuesta, que era la forma más segura de no hablar de nada más.

Marina. Rodrigo. Altamar+. Las asesoras.

La retirada de materiales. La compensación.

Los límites de lo que podían prometer sin autorización cerrada.

Todo tenía estructura, y Claudia se aferró a ella con una gratitud casi física.

—Marina va a detectar cualquier frase defensiva —dijo Vega.

—Entonces no usaremos frases defensivas.

—Tú usas frases defensivas hasta para pedir café.

—No pido café. Lo tomo.

—Qué miedo de mujer.

Claudia miró el retrovisor.

—Eso lo dices como crítica, pero tu tono no colabora.

Vega se giró hacia ella con una sonrisa que apareció y desapareció demasiado rápido.

—No te vengas arriba.

Demasiado tarde, pensó Claudia, y la idea le resultó tan inconveniente que cambió de carril con más precisión de la necesaria.

La carretera empezó a elevarse suavemente.

El cielo tenía un gris claro, limpio, de esos que no amenazan con una tormenta inmediata, pero obligan a creer que el día sabe algo que tú no.

Claudia notó que, cuanto más se alejaban de la agencia, menos obediente se volvía su respiración.

En Las Salesas todo tenía posición: despachos, salas, pantallas, jerarquías, puertas.

Allí, en el coche, solo había una línea de asfalto, dos cuerpos y demasiado silencio disponible.

Vega abrió al fin la botella.

—¿Puedo hacerte una pregunta incómoda?

—Preferiría que no.

—Perfecto. ¿Por qué Marina?

Claudia no respondió de inmediato.

—Porque Altamar+ necesita a alguien que no puedan comprar con cortesía.

—Eso es profesionalmente cierto. No era esa la pregunta.

Claudia mantuvo la vista fija en la carretera.

—Marina entiende lo que pasa cuando una empresa convierte una herida en estética.

—¿Y tú?

La pregunta no tenía agresividad. Eso la hacía peor.

—Yo entiendo lo que pasa cuando una empresa necesita un relato más que una verdad.

—No es lo mismo.

—No.

Vega apoyó la botella entre las piernas y la hizo girar despacio entre las manos.

—Ayer, en Lavapiés, parecías enfadada.

—Lo estaba.

—No contigo.

Claudia tragó saliva. Podía mentir. Se le daba bien cuando la mentira protegía una zona antigua. Pero con Vega las mentiras tenían una vida útil irritantemente corta.

—También conmigo.

Vega no dijo nada.

Claudia agradeció ese silencio. Vega podía ser impaciente, incisiva, peligrosa con una frase. Pero también sabía quedarse quieta cuando algo verdadero acababa de asomar la cabeza.

—Durante años he pensado que bastaba con no ser como Rodrigo —dijo Claudia—. No manipular. No explotar. No convertir la vulnerabilidad de otros en una campaña. Ayer entendí que a veces no basta con no hacer el daño. También hay que impedir que otros lo ordenen bien.

Vega la miró sin disimulo.

—Eso ha sido casi una confesión.

—No abuses.

—Tranquila. La guardaré en una carpeta con contraseña.

Claudia soltó una risa breve. Tan breve que quizá no contaba, pero Vega la oyó. Por supuesto que la oyó. Vega oía hasta las cosas que Claudia no decía con suficiente cuidado.

—Estás cansada —dijo Vega.

Claudia tensó las manos sobre el volante.

—No.

—Claudia.

—Estoy conduciendo.

—No he dicho que estés agonizando. He dicho que estás cansada.

—Tú también.

—Yo lo llevo con más encanto.

—Lo llevas sonriendo demasiado.

La frase salió antes de que Claudia pudiera medirla. Vega se quedó quieta. No herida, no exactamente. Vista.

El paisaje se hizo más abierto. Algunas nubes se enganchaban a la línea de la sierra. Claudia pensó que aquello era lo que temía de estar fuera de Madrid: la ciudad permitía esconderse en el ruido. La carretera, no. La carretera tenía una crueldad limpia. Lo dejaba todo dentro del coche.

—Sonrío porque si no me enfado —dijo Vega al cabo.

Claudia no apartó la vista del frente.

—Lo sé.

—No. Lo supones.

—Lo veo.

Vega giró la cabeza hacia la ventanilla. Durante unos segundos, solo se oyó el motor, el roce de las ruedas, el aire golpeando con suavidad los cristales.

—A veces pienso que si dejo de poner el cuerpo, todo se queda igual —dijo ella—.

Que si no voy a la reunión, si no contesto al correo, si no traduzco la rabia, si no me ofrezco para explicar otra vez lo que ya se ha explicado cien veces, alguien va a decir que no hubo nadie disponible.

Y entonces lo de siempre: «Hemos intentado contar con voces diversas».

Como si las voces diversas fueran un recurso natural que brota junto al catering.

Claudia sintió la punzada exacta de la frase.

—No eres un recurso.

—Ya. Pero soy útil.

—Ser útil no obliga a estar disponible para todo.

Vega volvió a mirarla.

—Eso dicho por ti tiene gracia.

Claudia aceptó el golpe. Era merecido.

—Estoy aprendiendo a distinguirlo.

—¿A estas alturas?

—Soy rápida en crisis ajenas. En las propias, por lo visto, tengo margen de mejora.

Vega sonrió, esta vez sin esconder cansancio.

—Eso también lo voy a guardar en la carpeta con contraseña.

Claudia sintió la tentación estúpida de preguntarle qué más guardaría allí.

No lo hizo. No todavía. No mientras el proyecto siguiera ardiendo, no mientras Vega dependiera de una estructura que Claudia aún no había terminado de limpiar, no mientras cada avance entre ellas pudiera convertirse en munición.

La prudencia, se recordó, no siempre era miedo.

Aunque a veces se le pareciera demasiado.

La casa de Marina apareció al final de un camino estrecho, sobria y baja, rodeada de árboles y de un silencio que parecía elegido a conciencia.

No era una casa ostentosa. Era peor: era una casa de alguien que ya no necesitaba demostrar nada.

Paredes claras, ventanas grandes, una mesa exterior cubierta por hojas húmedas y una puerta de madera que no invitaba a entrar; permitía llegar.

Vega cerró el dosier sobre sus rodillas.

—Última oportunidad para huir.

Claudia apagó el motor.

—No huyo.

Vega la miró de lado.

—No siempre.

Claudia no contestó. Bajó del coche antes de que la frase encontrara un sitio donde quedarse.