CAPÍTULO 8. LA VIEJA CICATRIZ
El precio del respaldo
Claudia esperó a que la sala se vaciara antes de hablar.
Fue una espera breve, pero calculada. Paula salió con Teresa comentando algo sobre matrices de riesgo y necesidad urgente de comida con grasa.
Nerea se desconectó de la videollamada sin despedirse en voz alta, lo cual en ella equivalía a una advertencia con acuse de recibo.
Rodrigo había dejado tras de sí el olor virtual de su irritación: elegante, cara, persistente.
Vega recogía sus papeles con una lentitud que no era lentitud. Era resistencia. Claudia lo reconoció porque ella misma había usado ese ritmo muchas veces: mover objetos para no mover emociones.
La puerta de la sala Atenea quedó abierta. Al otro lado, la agencia continuaba en su coreografía de crisis: pantallas, llamadas, pasos rápidos, voces bajas. Todo el mundo fingía normalidad con demasiado esfuerzo.
—Vega.
Ella no levantó la cabeza.
—Dime.
Claudia cerró la carpeta azul tinta.
—Lo de la llamada no puede repetirse así.
Vega se quedó inmóvil durante un segundo. Después dejó los papeles sobre la mesa y alzó la mirada con una calma peligrosa.
—¿Qué parte exactamente? ¿La parte en la que el cliente propone usar deseo sáfico como ambientador de marca o la parte en la que yo digo que no?
Claudia sostuvo el golpe sin parpadear.
—La parte en la que arrinconas a un cliente antes de exponer la alternativa completa.
—Ah.
Vega asintió despacio, como si acabara de entender algo que no le gustaba nada.
—Te respaldé —dijo Claudia.
—Sí. Después de dejar claro que tenía que aprender a decir no con mejor embalaje.
—Eso no es una desautorización.
—No. Es más fino.
Claudia se levantó. Notó el cansancio en la espalda, pero mantuvo la postura recta. Esa era una de sus formas más antiguas de orgullo: si el cuerpo quería quebrarse, ella le daba una orden.
—No confundas respaldo con carta blanca.
Vega soltó una risa sin humor.
—Y tú no confundas autoridad con puntería.
La frase habría irritado a Claudia en cualquier otro contexto. En ese, la irritación llegó mezclada con algo más incómodo: admiración. Vega estaba agotada, herida, expuesta y aun así seguía encontrando el centro de las cosas con una precisión casi ofensiva.
—Rodrigo esperaba que te corrigiera en público —dijo Claudia—. Esperaba poder separar tu posición de la mía. No lo hice.
Vega bajó la mirada un instante, como si esa verdad le molestara más que el reproche.
—Lo sé.
—Entonces entiende también lo que implica. Cuando hablas en esa sala, no hablas solo por ti. Hablas por una estrategia que tenemos que sostener mañana, pasado y ante Legal si hace falta.
—Siempre Legal al rescate del deseo humano.
—No estamos hablando de deseo.
La respuesta salió demasiado rápida.
Vega levantó los ojos.
Ahí estaba. Gran Vía. La lluvia. La boca de Vega. La mano de Claudia apartándose como si hubiera tocado fuego y no piel. Todo volvió a la sala sin cruzar la puerta.
—Claro —dijo Vega—. Jamás.
Claudia apretó la mandíbula.
—No voy a discutir eso aquí.
—Eso ya lo dijiste anoche.
—Porque sigue siendo cierto.
—Conveniente.
Claudia rodeó la mesa con calma. No debía acercarse demasiado. Lo sabía. Y, sin embargo, el espacio entre ellas parecía una fuerza con voluntad propia, un pasillo estrecho por el que todas las decisiones equivocadas sabían llegar andando.
Se detuvo a una distancia prudente.
—Te he respaldado porque tu diagnóstico era correcto. Te he corregido porque la forma podía ponerte en una posición vulnerable. Las dos cosas pueden ser verdad.
Vega la miró como si quisiera creerla y odiara querer creerla.
—¿Vulnerable frente a Rodrigo o frente a ti?
Claudia no respondió.
Ese fue el problema.
Vega respiró hondo y recogió el portátil.
—Vale.
—Vega.
—No, en serio. Vale. Has dejado claro el marco: profesional, estratégico, sostenible. Todo muy limpio.
—No lo digas como si la limpieza fuera una forma de violencia.
—A veces lo es.
Claudia sintió la frase con una precisión absurda.
A veces lo era. La limpieza con la que una empresa borraba responsabilidades.
La limpieza con la que un rumor convertía una relación consentida en un fallo de carácter.
La limpieza con la que ella misma había pasado años retirando deseo, cansancio y necesidad de cualquier superficie visible.
—No estoy intentando borrarte —dijo.
Vega abrió la boca, pero no contestó enseguida. Su expresión cambió. La rabia siguió ahí, pero detrás apareció algo más desnudo, más cansado.
—Pues se parece demasiado.
Claudia quiso dar un paso más. No lo hizo.
—No sé hacerlo de otra manera en medio de esto.
La confesión salió baja, seca, sin adorno. No era suficiente. Claudia lo supo incluso antes de ver cómo Vega la recibía. Pero era más verdad de la que había conseguido dar desde el beso.
Vega cerró el portátil.
—Entonces aprende rápido.
Pasó junto a ella.
El perfume de Vega, mezclado con café, lluvia vieja y noche sin dormir, alcanzó a Claudia como una memoria recién fabricada. Algo en su cuerpo quiso volverse. Decir su nombre otra vez. Pedirle que se quedara, que esperara, que no convirtiera su silencio en una sentencia todavía.
No lo hizo.
Vega salió de la sala.
Claudia se quedó mirando la mesa vacía, los vasos de agua, las marcas circulares que nadie había limpiado aún. El respaldo había tenido un precio. El reproche, otro. Y ella, experta en calcular costes ajenos, no estaba segura de poder pagar ninguno sin hacer daño.