ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) Chapter 16
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Chapter 16

Malasaña como confesionario

Lucía vivía en un piso de Malasaña con demasiadas plantas para una persona que olvidaba regarlas y demasiados libros para alguien que decía no tener tiempo de leer.

La puerta se abrió antes de que Vega llamara por segunda vez.

—Tienes cara de haber sobrevivido a un comité de ética dirigido por vampiros con MBA —dijo Lucía.

Vega entró sin pedir permiso.

—Hola a ti también.

—No, no. El saludo normal es para gente que no aparece a las nueve y media de la noche con un mensaje previo de «¿estás?» y tres calaveras.

—Eran expresivas.

—Eran una petición de auxilio con diseño gráfico.

El piso olía a curry, incienso barato y ropa tendida.

En el salón había una lámpara cálida, un sofá verde con una manta encima y una mesa baja ocupada por tazas, papeles y un cenicero usado como recipiente de clips.

Desde la ventana llegaba el ruido de Malasaña: voces, motos, risas, persianas de bares, una música lejana que cambiaba de género cada diez segundos.

La ciudad allí no parecía vigilar; parecía opinar.

Vega dejó el bolso en el suelo y se hundió en el sofá.

—No quiero hablar de ello.

Lucía cerró la puerta.

—Perfecto. ¿Vino o cerveza?

—Cerveza.

—Entonces sí quieres hablar.

—Quiero hidratarme con dramatismo.

Lucía volvió de la cocina con dos botellines y se sentó en el sillón frente a ella, cruzando las piernas. Tenía el pelo corto, una camiseta enorme y esa mirada de amiga peligrosa que no necesitaba información completa para llegar al diagnóstico correcto.

—Empieza por la parte donde dices que no quieres hablar de Claudia Valcárcel.

Vega bebió demasiado rápido.

—No quiero hablar de Claudia Valcárcel.

—Maravilloso. Ya hemos roto el hielo.

—Lucía.

—Vega.

—Es mi jefa.

—Técnicamente, por lo que me contaste, es la directora del proyecto y tú dependes de ella dentro de esa estructura, lo cual es peor, porque suena aburrido y además es grave.

—Gracias por el matiz jurídico.

—Las lesbianas adultas necesitamos matices jurídicos. Es lo único que nos separa de una catástrofe con playlist.

Vega se tapó la cara con una mano.

—No pasó nada.

Lucía bebió un sorbo.

—Qué frase más concreta y fiable.

—Pasó… algo. Pero no pasó nada.

—Ah, el clásico «algo pero nada». Patrimonio inmaterial de la humanidad sáfica.

Vega la miró entre los dedos.

—Nos besamos.

Lucía se quedó quieta. Solo un segundo. Luego dejó la cerveza sobre la mesa con cuidado.

—Vale.

—No pongas esa cara.

—Estoy poniendo mi cara de adulta funcional.

—Tu cara de adulta funcional parece un expediente disciplinario.

—Porque acabas de decirme que te has besado con tu jefa en mitad de una crisis de reputación queer corporativa. Perdona si no saco confeti biodegradable.

Vega se incorporó, irritada.

—No fue así.

—¿No fue un beso?

—Sí.

—¿No es tu jefa?

—Es complicado.

—Las tragedias griegas también, y aun así solían acabar regular.

Vega apoyó los codos en las rodillas. Malasaña sonaba al otro lado de la ventana como una vida paralela: gente entrando en bares, bicicletas sobre adoquines, alguien gritando un nombre desde la calle. Todo parecía más fácil fuera del cuerpo.

—Fue después de una noche horrible —dijo—. Gran Vía, lluvia, cansancio. Hablamos. Discutimos. Le dije cosas que quizá no debía decirle.

—Eso significa que eran verdad.

—No necesariamente.

—En tu caso, normalmente sí.

Vega suspiró.

—Le dije que archivaba todo. El miedo, el deseo, lo que no puede controlar.

Lucía ladeó la cabeza.

—Suena íntimo para no querer hablar de ella.

—No lo digas así.

—¿Cómo?

—Como si yo estuviera… —Vega buscó la palabra y le dio rabia encontrarla tan rápido—. Afectada.

Lucía no sonrió. Eso fue peor.

—Vega.

—No. Me atrae, vale. Muchísimo. De una forma completamente absurda y laboralmente suicida. Pero no estoy afectada.

—Cariño, has usado «laboralmente suicida» y «muchísimo» en la misma frase. Eso ya es una baja médica emocional.

Vega se levantó y fue hasta la ventana. Abajo, un grupo de chicas reía bajo un balcón. Una de ellas llevaba una cazadora roja y besó a otra en la mejilla antes de cruzar la calle. El gesto fue ligero, cotidiano, sin épica. Vega sintió una punzada rara. No envidia. Cansancio.

—Después del beso se apartó —dijo—. Como si yo fuera una alarma de incendios.

—¿Y tú?

—Yo hice lo que hago siempre.

—¿Bromear?

—Primero. Luego enfadarme.

—También muy patrimonio inmaterial.

Vega apoyó la frente en el cristal frío.

—Hoy ha estado insoportable. Distante, correcta, pública. Me corrigió delante del equipo como si yo fuera un riesgo andante. Después, en la llamada con Rodrigo, me respaldó. No de forma tibia. Me respaldó de verdad. Convirtió mi argumento en posición de agencia.

—Eso es bueno.

—Sí.

—Y te cabrea.

—Sí.

Lucía se acercó y se apoyó en la pared junto a ella.

—Porque si fuera solo una jefa fría que te deseó y luego se arrepintió, podrías odiarla con limpieza.

Vega cerró los ojos.

—No quiero que sea buena debajo del hielo.

—Qué falta de consideración por su parte.

—No quiero que me importe.

—Eso suele funcionar fatal.

Vega se volvió hacia ella.

—No la estoy persiguiendo. No voy a hacerlo. Si Claudia quiere convertir esto en una nota mental de «cosas que no deben repetirse», perfecto. Yo tengo trabajo, dignidad y una crisis de pinkwashing que desmontar.

Lucía la miró con paciencia.

—Has dicho «perfecto» como quien arroja una silla.

—Porque es perfecto.

—Claro.

—No voy a ser su secreto.

Ahí apareció por fin la frase real.

Lucía suavizó el gesto.

—Eso sí te lo creo.

Vega tragó saliva. La rabia bajó un poco y dejó visible algo más antiguo: el miedo a servir para algo y no para alguien. A ser la voz útil, la visible, la valiente, la que ponía el cuerpo para que otras personas firmaran el resultado.

—No quiero ser la excepción que esconde —dijo—. Ni la consultora intensa. Ni la lesbiana conveniente. Ni el problema que se gestiona después de besar.

Lucía le tocó el brazo.

—Entonces no lo seas.

—Es mi jefa.

—Entonces menos aún.

Vega rio, pero la risa se rompió enseguida.

—Tiene una forma de mirarte como si ya hubiera previsto las tres maneras en que puedes destruirla.

—¿Y eso te gusta?

—No.

Lucía esperó.

Vega miró la calle.

—Sí.

—Estamos progresando.

—Cállate.

Lucía la abrazó de lado, sin dramatismo. Vega se dejó hacer. En ese piso desordenado, con Malasaña respirando al otro lado y una cerveza abierta sobre la mesa, la crisis parecía menos grande y Claudia más peligrosa.

—No voy a perseguirla —repitió Vega, más bajo.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir sumisión.

—Me decepcionaría mucho que empezaras ahora.

Vega sonrió contra su hombro.

El móvil vibró en su bolsillo. Lo sacó.

Un correo de Claudia. Asunto: «Mañana. Prioridades». Tres líneas limpias, profesionales, exactas. Ninguna palabra de más.

Vega lo leyó dos veces.

Lucía lo vio.

—¿Nada?

—Trabajo.

—Ajá.

Vega bloqueó la pantalla.

—Solo trabajo.

Pero la mentira sonó tan pobre que ni Malasaña quiso creérsela.