ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 7. FAVOR NO ES CONFIANZA
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CAPÍTULO 7. FAVOR NO ES CONFIANZA

La mañana después

A las nueve y doce de la mañana, Vega Serrano descubrió que era posible odiar una sala de reuniones por motivos arquitectónicos, políticos y personales al mismo tiempo.

La sala Atenea estaba demasiado limpia. Cristal sin huellas, mesa sin manchas, jarras de agua alineadas como si alguien hubiera redactado un protocolo para la sed.

A través de la pared transparente se veía el movimiento de la agencia: cuerpos con café, portátiles abiertos, conversaciones en voz baja, gente fingiendo que una noche sin dormir era solo una variación del compromiso profesional y no una forma aceptada de autodestrucción.

Vega llevaba la misma ropa del día anterior, aunque se había lavado la cara en el baño de la tercera planta con agua fría y una dignidad bastante improvisada.

El rímel había sobrevivido peor que ella.

Paula le había ofrecido un corrector de ojeras con la solemnidad de quien entrega ayuda humanitaria.

—No preguntaré —había dicho Paula.

—Bien.

—Pero tu cara ha vuelto de una guerra pequeña.

—Madrid está imposible.

—Ajá.

Paula no había insistido. Por eso Vega la había querido un poco más.

Claudia entró en la sala a las nueve y trece.

No miró a Vega.

Ese fue el primer dato.

Entró con una carpeta azul tinta, el móvil boca abajo sobre la documentación y el pelo recogido con la misma exactitud ofensiva de siempre.

Había cambiado de ropa. Claro. Claudia Valcárcel no sobrevivía a una noche de crisis: resurgía en otro traje, como si la agencia tuviera una unidad secreta de reposición de jefas heladas.

—Buenos días —dijo.

La frase cayó sobre la mesa con tanta neutralidad que casi arañó.

Vega no respondió. O quizá sí, pero por dentro, donde las respuestas no generaban actas.

El equipo se fue sentando. Nerea ocupó uno de los laterales, impecable y pálida, con esa expresión de directora de operaciones que había calculado diecisiete riesgos antes del primer café.

Teresa, del área legal, apareció con gafas, una libreta gruesa y el tipo de silencio que convertía cualquier objeto en prueba documental.

Paula entró detrás con su portátil y una bolsa de cruasanes que depositó en el centro de la mesa como si fuese una ofrenda pagana.

—El azúcar no arregla nada —dijo—, pero por lo menos no cobra consultoría.

Nadie se rio del todo. Algunas bocas lo intentaron.

Claudia abrió la carpeta.

—Recapitulación. El comunicado provisional ha reducido la aceleración negativa. No ha revertido la conversación. Tenemos tres frentes: medios culturales, comunidad afectada y respuesta del cliente. Paula, métricas.

Vega observó sus manos. Quietas. Perfectas. Ni una sombra de la mano que, unas horas antes, le había sujetado la nuca bajo un voladizo de Gran Vía con una decisión que no se parecía en nada a una métrica.

No pienses en eso.

Pensó en eso.

Pensó en la boca de Claudia. En el segundo exacto en que el beso había dejado de ser prudente. En el frío posterior. En aquel «no» dicho como si el deseo fuera un archivo contaminado. En la frase peor que el rechazo: «Esto no puede repetirse».

Paula proyectó un gráfico.

—El volumen sigue alto, pero la curva se ha estabilizado.

La retirada preventiva de piezas ha sido leída como primer gesto útil por varias cuentas de referencia.

También hay críticas por insuficiente, evidentemente, porque internet no concede medallas por dejar de cavar cuando ya estás en un agujero.

—Medios —pidió Claudia.

—Cultura Abierta publica en una hora. Quieren declaración adicional. Ángela Castaño está intentando confirmar si hubo testimonios usados sin autorización expresa. Hay dos podcasts preparando tema. Y una cuenta anónima ha insinuado que Vega fue incorporada para limpiar la campaña desde dentro.

La sala se movió apenas. No fue un ruido. Fue un cambio de presión.

Vega levantó la vista.

Claudia no la miró.

—¿Alcance? —preguntó.

Paula consultó la pantalla.

—Todavía bajo. Pero la cuenta tiene contactos en sector audiovisual. Si lo amplifican, puede convertirse en relato paralelo.

Vega sintió un calor seco en el cuello. Era una mezcla desagradable de rabia y exposición.

Ella sabía que la usarían, claro. Lo sabía desde que había visto el material oculto.

Una lesbiana visible en una agencia de crisis era una herramienta demasiado cómoda para quienes necesitaban barnizar una grieta sin reparar la pared.

Pero una cosa era saberlo y otra ver la etiqueta acercarse.

—No fui incorporada para limpiar nada —dijo.

Claudia pasó una página.

—Nadie ha dicho eso.

Vega la miró.

—Lo acaba de decir media pantalla.

—He dicho que no lo reforcemos respondiendo desde la defensiva.

Ahí estaba. Esa distancia impecable. Esa forma de convertir un golpe en una cuestión de tono. Vega notó que algo se cerraba dentro de ella.

—Entonces, ¿qué sugieres? ¿Dejar que lo digan con libertad creativa?

Claudia levantó la mirada por primera vez.

El contacto duró menos de un segundo y fue peor que la ausencia. Porque en los ojos de Claudia había algo. Cansancio. Alerta. Una orden muda de no empujar delante de todos.

Vega empujó.

—Si la narrativa empieza a colocarme como coartada sáfica, conviene no esperar a que tenga subtítulos.

Nerea carraspeó.

—Vega tiene razón en el riesgo.

Claudia cerró la carpeta.

—El riesgo se gestiona con hechos, no con reacción emocional.

La frase fue perfecta. Limpia. Profesional.

También fue una bofetada.

Vega sonrió despacio.

—Claro.

Paula miró su portátil como si quisiera meterse dentro. Teresa escribió algo. Nerea no miró a nadie.

Claudia continuó:

—Mapa de personas afectadas antes de las once. Propuesta de contacto inicial antes de las doce. Nada sale sin revisión. Vega, prepara un primer borrador con Paula y envíalo a mi despacho.

Mi despacho. No «lo vemos juntas». No «trabajamos la propuesta». El aire entre ambas quedó reducido a trámite.

—Por supuesto —dijo Vega.

La reunión siguió. Se habló de piezas, de medios, de tiempos, de Rodrigo, de Altamar+, de fraseos, de qué significaba exactamente «retirada preventiva» cuando un cliente quería que todo pareciera decisión voluntaria y no consecuencia de que le hubieran pillado con las manos dentro del relato ajeno.

Vega intervino poco. Cada vez que lo hizo, Claudia respondió con una precisión quirúrgica y pública. Ni un gesto de complicidad. Ni una concesión de más. Ni siquiera una pausa que pudiera ser leída.

Era lo correcto, pensó Vega.

Y aun así dolía como una cobardía.

Cuando la reunión terminó, el equipo salió con esa prisa lenta de quienes tienen demasiado que hacer para caminar rápido. Paula se quedó a su lado mientras recogía el portátil.

—No sé qué ha pasado —murmuró—, y no quiero saberlo si implica declarar luego ante Recursos Humanos, pero estás apretando la mandíbula como si planearas morder una institución.

—Me encantan las instituciones. Tienen buen sabor con sal.

—Ajá.

Vega se colgó el bolso.

Al otro lado del cristal, Claudia hablaba con Nerea. No la miraba. Ni una vez.

Paula siguió su mirada y luego fingió no haberlo hecho.

—Café —dijo—. Antes de que hagas algo precioso y penalmente ambiguo.

Vega soltó aire por la nariz.

—No puedo. Tengo que preparar el borrador para su despacho.

—Qué frase más sexy.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado con subtítulos.

Paula alzó las manos.

—Mis pensamientos no están homologados por la agencia.

Vega salió al pasillo con el portátil contra el pecho. Al pasar junto al despacho de Claudia, vio la puerta abierta, la mesa ordenada, la lámpara encendida. Claudia estaba de espaldas, hablando con Nerea. El perfil era el mismo de Gran Vía, pero colocado otra vez en su vitrina de control.

Vega no se detuvo.

El beso seguía existiendo.

Lo que no sabía era qué iba a hacer Claudia con él: negarlo, archivarlo o convertirlo en un error tan limpio que no dejara mancha.