ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 4. NUEVA FILTRACIÓN #2
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CAPÍTULO 4. NUEVA FILTRACIÓN #2

Desde su despacho, Claudia veía la planta abierta como un tablero de vigilancia: pantallas azules, vasos de café, chaquetas abandonadas en respaldos, personas hablando en voz baja para no admitir que la jornada normal había muerto hacía horas.

Las crisis tenían esa crueldad logística: convertían el tiempo personal en una sugerencia.

Claudia revisaba el plan de contención cuando el móvil vibró sobre la mesa.

Paula.

No llamaba nunca si podía escribir. Mala señal.

—Dime.

—Ha salido algo.

Claudia se puso en pie antes de preguntar.

—Dónde.

—Cuenta cultural grande. Twitter, Instagram y canal de Telegram. Están publicando fragmentos internos.

Claudia salió del despacho.

—Sala de crisis. Ahora.

En el camino, la agencia cambió de estado.

No hubo gritos. No hizo falta. Paula apareció desde documentación con el portátil abierto.

Teresa salió de un despacho ajustándose las gafas.

Nerea llegó desde la cocina con una taza en la mano y la dejó sobre una mesa sin beber. Vega levantó la vista desde su puesto.

Claudia no quiso mirarla primero.

La miró igual.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Vega.

—Filtración.

La palabra borró cualquier resto de cansancio en su cara.

En la sala de crisis, Paula conectó el portátil a la pantalla. La publicación ya tenía miles de interacciones. El usuario, una cuenta cultural con mucha audiencia en cine, series y comunidad queer, había lanzado un hilo con capturas borrosas pero legibles.

«Altamar+ vendió Todas las Luces como representación sáfica hecha con cuidado. Documentos internos muestran otra cosa: testimonios queer reutilizados sin permiso claro, asesoras invisibilizadas y frases convertidas en campaña.»

Debajo, una imagen: fragmentos de entrevistas internas. Otra: comparativa con piezas promocionales. Otra: una hoja de cálculo parcialmente tapada.

Claudia sintió cómo el mundo se estrechaba hasta convertirse en procedimiento.

—Paula, captura todo. URLs, hora, métricas, republicaciones. Teresa, identifica si hay datos personales expuestos. Nerea, llama a Rodrigo. Vega, conmigo: necesitamos leer el hilo completo y separar acusaciones probadas, probables y no verificables.

Vega ya estaba sentada, abriendo ventanas.

—Aquí hay material que no estaba en nuestra carpeta.

Claudia se inclinó sobre la mesa.

—¿Seguro?

—Sí. Esta nota no la he visto. «Evitar reparación, abre marco de culpa.» La frase coincide con una referencia que encontré, pero esta captura es de otro documento.

Teresa maldijo en voz baja.

—Si han filtrado documentos internos del cliente, tenemos que saber si contienen información identificable.

—Y si la filtración viene de Altamar+ —dijo Nerea desde la puerta—, Rodrigo va a decirnos que no.

Vega agrandó otra captura.

—Hay nombres tapados, pero mal tapados.

Claudia sintió una punzada de ira fría.

—Entonces la prioridad no es Altamar+. Son las personas expuestas.

Rodrigo llamó antes de que Nerea pudiera hacerlo. Claudia activó el manos libres.

—Claudia, dime que no habéis filtrado nada.

La sala se quedó inmóvil.

Claudia miró la pantalla.

—Buenas noches, Rodrigo.

—No estoy de humor.

—Yo tampoco. La diferencia es que yo aún conservo la educación.

Al otro lado hubo una pausa.

—Necesitamos negar.

—No.

—¿Cómo que no?

—Necesitamos verificar primero.

—Claudia, están acusándonos de apropiación de testimonios, explotación de asesoras y manipulación interna. Si no salimos ya, el relato se consolida.

—Si salís ya con una mentira, el relato os entierra.

Vega no levantó la vista, pero Claudia notó su atención desplazarse hacia ella. Esa clase de atención tenía peso.

Rodrigo bajó la voz.

—La plataforma no puede admitir esto.

—La plataforma no sabe aún qué está admitiendo.

—Necesito una respuesta en veinte minutos.

—Tendrás una recomendación en treinta.

—He dicho veinte.

—Y yo he dicho treinta porque en veinte solo puedo ofrecerte una temeridad con membrete.

Nerea se cruzó de brazos. Teresa seguía revisando las capturas. Paula había abierto un documento compartido y clasificaba publicaciones a una velocidad de vértigo.

Rodrigo respiró con fuerza.

—La dirección está nerviosa.

—Eso no es un criterio estratégico.

—Es un hecho.

—Entonces que hagan algo útil con él y nos manden todos los documentos que no han enviado.

La llamada terminó con una promesa tensa y ninguna despedida memorable.

Claudia dejó el móvil sobre la mesa.

—Protocolo nocturno. Paula, monitorización cada diez minutos. Nerea, escenario cliente: negar, admitir parcialmente, congelar campaña. Teresa, riesgo legal de cada verbo. Vega, tú y yo trabajamos el primer borrador.

Vega la miró.

—No podemos decir «estamos escuchando».

—No lo diremos.

—Ni «lamentamos si alguien se ha sentido...».

—Antes quemo la agencia.

Paula levantó una mano.

—¿Eso también lo documento?

—Solo si lo conviertes en fase, coste y riesgo —dijo Vega.

Durante un segundo, incluso Teresa sonrió.

Después, el incendio volvió a ocuparlo todo.

La noche cayó por completo sobre Las Salesas. La lluvia golpeaba los cristales con una insistencia fina, casi administrativa. Madrid brillaba al otro lado como una ciudad que sabía demasiado y no pensaba guardar silencio gratis.

En la sala de crisis, las pantallas se llenaron de números.

Las publicaciones crecían. Periodistas pedían confirmación.

Cuentas comunitarias añadían testimonios.

Algunos usuarios defendían la serie. Otros pedían boicot.

La palabra pinkwashing subía, se multiplicaba, encontraba compañía en explotación, testimonios, Altamar, luces.

Claudia se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla. Era un gesto mínimo, pero en ella parecía una declaración de guerra.

Vega se sentó a su lado, no enfrente. Abrió un documento en blanco.

—Primera frase —dijo—. Breve. Sin teatro.

Claudia apoyó las manos en la mesa.

—«Altamar+ y Valcárcel & Montalvo han tenido conocimiento esta noche de la publicación de materiales internos relacionados con la campaña de Todas las Luces.»

Vega hizo una mueca.

—Suena a puerta blindada.

—Lo es.

—Necesitamos una rendija humana.

—Propón.

Vega escribió.

—«La prioridad inmediata es proteger a las personas cuyos testimonios puedan haberse visto expuestos o utilizados sin el contexto adecuado.»

Claudia leyó la frase.

—Bien.

Vega la miró de reojo.

—¿Bien evaluación o bien cumplido?

—No abuses de la noche.

Vega bajó la vista al teclado, pero la comisura de su boca se movió apenas.

Claudia lo vio. Lo registró. Lo apartó.

No había margen para nada que no fuera el incendio.

Aun así, cuando sus dedos rozaron los de Vega al señalar una línea del documento, ambas se quedaron quietas medio segundo más de lo necesario.

Fuera, Madrid seguía lloviendo.

Dentro, la crisis acababa de empezar.