CAPÍTULO 4. NUEVA FILTRACIÓN
Vega había aprendido que las salas de crisis tenían siempre el mismo olor: café recalentado, plástico de portátil, ansiedad contenida y gente intentando llamar estrategia a no entrar en pánico delante del cliente.
La de Valcárcel estaba haciendo algo mucho más útil: estaba construyendo un camino para que aquella sensibilidad no muriera atropellada por los plazos.
—Necesito costes —dijo Rodrigo—. Necesito riesgos. Necesito saber qué impacto tiene esto en medios, en inversión y en estreno.
—Los tendrás esta noche —respondió Claudia.
Vega giró hacia ella.
—Esta noche.
—Sí.
—Eso implica que alguien tendrá que vivir aquí.
—Qué tragedia —dijo Claudia—. Una agencia de crisis trabajando durante una crisis.
Paula murmuró:
—Siempre quise morir bajo un Excel.
Nerea la señaló con el bolígrafo sin levantar la vista.
—No tientes a la épica. No está presupuestada.
Rodrigo no sonrió.
—No puedo comprometer a Altamar+ con compensaciones sin aprobación.
—No te estamos pidiendo compromiso inmediato —dijo Claudia—. Te estamos explicando el precio de no comprometerte.
La reunión siguió durante una hora más. Vega detalló cada pieza conflictiva, cada testimonio reutilizado, cada hueco en la documentación.
Claudia la obligó a traducir intuiciones en acciones: quién, cuándo, cuánto, con qué riesgo, con qué alternativa.
Al principio, Vega sintió la exigencia como una pinza.
Después entendió que era otra cosa. Claudia estaba afilando la propuesta para que Rodrigo no pudiera reducirla a idealismo.
Eso no la hacía encantadora. La hacía eficaz.
Y Vega, por desgracia para su paz mental, encontraba la eficacia en mujeres frías un problema bastante serio.
Cuando la videollamada terminó, Rodrigo había aceptado enviar documentación adicional, bloquear nuevas publicaciones durante seis horas y elevar internamente la propuesta de reunión privada. No era una victoria. Era una rendija.
Vega apagó el mando y apoyó las manos en el borde de la mesa. Se sentía agotada, pero extrañamente despierta.
Claudia cerró el cuaderno.
—La propuesta tiene base.
Vega giró la cabeza.
—¿Eso era un cumplido?
—Era una evaluación.
—Claro. Perdona. Se me ha subido la emoción a la cabeza.
Claudia la miró con esa paciencia seca que parecía entrenada contra incendios y personas.
—No celebres todavía. Rodrigo va a intentar reducirlo a dos gestos simbólicos y una frase más amable.
—Lo sé.
—Entonces prepara argumentos para impedirlo.
—Ya los tengo.
—Mejores.
Vega sostuvo su mirada. Había algo irritante en Claudia cuando pedía más. No más pasión, no más razón, no más presencia. Más precisión. Como si supiera que la rabia de Vega valía, pero que valdría más si la obligaba a ponerse armadura.
—Los tendrás —dijo Vega.
—Antes de las nueve.
—A este paso, también te traeré mi primer diente de leche y una muestra de sangre.
—Solo si afecta al presupuesto.
Vega parpadeó. Luego se rio, breve, sorprendida. Claudia no sonrió, pero sus ojos cambiaron apenas. Un destello mínimo. Una grieta de medio segundo. Tan pequeña que casi parecía una falta de control.
Vega decidió que no iba a pensar en eso.
La decisión le duró once minutos.
A las nueve y treinta y seis de la noche, la agencia seguía encendida.