CAPÍTULO 5. NOCHE DE GUERRA DIGITAL
Noche de guerra digital
A las dos y diecisiete de la madrugada, Madrid seguía encendido al otro lado de los ventanales de Valcárcel de hecho, ese es parte del problema.
«Espacios seguros para todas las sensibilidades».
Peor. Convierte una acusación de apropiación de testimonios en una cuestión de sensibilidad, como si las asesoras se hubieran emocionado demasiado viendo el tráiler.
Paula murmuró algo que sonó peligrosamente parecido a «amén».
Vega continuó:
—«Interpretada de forma distinta a nuestra intención original».
Eso es una defensa, no una disculpa. «Todas las voces se sientan representadas».
No necesitan sentirse representadas. Necesitan saber quién cobró, quién decidió, quién firmó cesiones, quién fue usado como textura de autenticidad y quién no apareció en ningún crédito.
La sala había dejado de fingir que no escuchaba.
Claudia observaba el borrador con el rostro inmóvil. Si la frase de Vega le había afectado, no lo mostró. Solo hizo un gesto con el rotulador hacia el documento.
—¿Qué propones?
Rodrigo Cifuentes apareció en la pantalla de videollamada con un retraso de dos segundos y el fondo borroso de un despacho demasiado caro para ser usado a esas horas. Tenía el gesto terso de quien aún cree que una crisis puede sentarse correctamente si alguien le ofrece la silla adecuada.
—Lo que proponemos —dijo él— es no sobrerreaccionar. El comunicado tiene que cerrar la puerta, no abrir una auditoría pública.
—La puerta ya está abierta —respondió Vega—. Y ardiendo un poco, por si no se aprecia desde el despacho.
Rodrigo parpadeó.
—Vega, entiendo tu preocupación, pero necesitamos bajar la intensidad emocional.
Claudia alzó la vista.
—Rodrigo.
Una sola palabra. Ni alta ni brusca. Bastó.
Él apretó la mandíbula.
—Adelante.
Vega notó algo extraño en el pecho. No era gratitud. No quería que fuera gratitud. Pero Claudia acababa de impedir que él la convirtiera en una mujer demasiado emocional antes incluso de que la frase terminara de respirar.
Qué molesto era que alguien con ese abrigo invisible de hielo supiera cuándo ponerse delante.
—Hay tres cosas que no podemos hacer —dijo Vega—. Una: no podemos decir que escuchamos si todavía no hemos escuchado a nadie. Dos: no podemos hablar de compromiso si no anunciamos una acción verificable. Tres: no podemos fingir que la intención pesa más que el daño.
—Y tampoco podemos autoinculpar a la plataforma en una nota escrita a las tres de la madrugada —dijo Claudia.
—No he dicho eso.
—Lo has rozado.
—Porque la verdad suele rozar cosas.
Claudia la miró entonces. De verdad. No con irritación, no solo con cansancio. Con esa concentración peligrosa que hacía que Vega sintiera que cada palabra suya quedaba archivada en una carpeta demasiado cerca del cuerpo.
—Necesito una respuesta que no mienta —dijo Vega—. No una confesión penal. Hay diferencia.
Rodrigo se inclinó hacia la cámara.
—Necesitamos preservar el lanzamiento.
—Necesitáis preservar algo más difícil —dijo Vega—. La posibilidad de que alguien os crea mañana.
Paula dejó escapar un soplido muy discreto.
Claudia se volvió hacia el equipo.
—Borrad el comunicado actual de la línea principal. Lo dejamos como referencia de lo que no va a salir.
Rodrigo abrió la boca.
—Claudia—
—No va a salir —repitió ella.
El cansancio de la sala cambió de forma. No desapareció, pero dejó de ser parálisis. Durante unos segundos, todos entendieron que la noche no iba a resolverse con una frase de plástico enviada a prensa. Eso lo hacía más difícil. También más limpio.
Vega volvió a sentarse. Se dio cuenta de que tenía las manos frías.
Claudia caminó hacia la cabecera de la mesa y apoyó el rotulador sobre un cuaderno.
—Necesito una respuesta provisional en cuarenta minutos. Breve. Sin épica. Sin promesas que no podamos sostener. Vega, conmigo.
No fue una pregunta.
Vega debería haber odiado eso.
Lo hizo, un poco.
Pero se levantó.
Al cruzar la sala, sintió las miradas del equipo retirarse de ellas como si todo el mundo hubiera aprendido de pronto a no observar una combustión en fase temprana. Claudia abrió la puerta de su despacho y esperó a que Vega entrara primero.
El gesto fue mínimo.
Vega lo notó igual.