Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 10 · El Puente de Ceniza
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Capítulo 10 · El Puente de Ceniza

El Puente de Ceniza

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El Puente de Ceniza no es un puente. Es una mentira que alguien talló en la roca.

Sale de la plataforma de la Ciudadela, en el borde mismo de la Fosa, y se lanza sobre el vacío como una lengua de piedra gris.

Mide un metro de ancho. No tiene baranda.

No tiene nada a los costados más que aire y, trescientos metros más abajo, la oscuridad.

Se arquea sobre el abismo durante doscientos pasos y termina en la Aguja: una columna de roca negra que sube sola desde el fondo de la Fosa, como un dedo que señala el cielo, con una pequeña plataforma en la punta y una campana de bronce colgada de un arco.

Hay que llegar a la Aguja. Tocar la campana. Volver.

Es la hora larga, y el sol bajo pinta la piedra de un color naranja sucio.

Las gradas que rodean la plataforma están llenas: cadetes de segundo y tercero, oficiales de la Legión, profesores, Velados con sus rostros cubiertos.

Y en un palco aparte, bajo un toldo negro con cuervos blancos bordados, un hombre alto de pelo plateado, con la misma cara de hielo que su hija, mirando el puente como quien mira un tablero de juego.

Lord Cassian Morn.

En el aire, sobre el abismo, vuelan las umbrías de tercer año.

Son seis. Bestias aladas enormes, de plumas, de membranas, de humo, que giran en círculos lentos sobre el puente con sus jinetes en el lomo, como buitres sobre algo que todavía no termina de morirse. Su trabajo es ponernos a prueba. Agitar el aire. Bajar en picada. Hacernos perder el equilibrio.

No hay red.

—Respira —dice Kip a mi lado, aunque está más pálido que yo—. Y si sientes que te vas…

—Me caigo yo. Ya sé.

—Bueno, aquí no tanto. Aquí mejor no te caigas.

Me río, una risa corta y nerviosa que se lleva el viento. Kip me aprieta la mano un segundo.

Más allá, en la fila, Seren está de pie, derecha, mirando hacia la Aguja. No me mira. Tiene los puños apretados a los costados.

Y en la Aguja, al final del puente, junto a la campana de bronce, hay una figura de negro.

No necesito ver su cara.

—Veyl, Mara —dice Hesk, con el cuaderno en la mano y una voz más seca que de costumbre—. Al puente.

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El primer paso es el peor.

Pongo un pie en la piedra gris y siento cómo se me afloja todo el cuerpo, desde las rodillas hasta el estómago, como si los huesos se me hubieran vuelto agua.

El viento sube desde la Fosa, frío, con olor a piedra mojada y a algo viejo, y me empuja hacia un lado, despacio, con suavidad, como una mano que tantea.

No mires abajo.

Miro abajo.

La oscuridad. Trescientos metros de nada, y al fondo, en algún lugar, una pendiente de huesos con el anillo del chico Ardane todavía escondido entre mis cosas. Y el aliento de la Madre subiendo, lento, desde el fondo.

En mi pecho, Nadie levanta la cabeza.

Shh, le digo hacia adentro. Todavía no.

Doy el segundo paso.

Y el tercero. Y el décimo. Los brazos abiertos a los costados, como Kip me enseñó a llevar las bandejas: el peso bajo, las rodillas blandas, los ojos en el siguiente paso y no en el vacío.

El puente no es tan angosto si no lo miras como un puente.

Es una calle. Una calle de un metro de ancho en el cuarto anillo, a la hora larga, con una botella de vino del Borde contra el pecho.

Veinte pasos. Treinta. Cuarenta.

La primera umbría baja a los cincuenta.

Es una bestia de alas membranosas, parecida a un murciélago gigante, que pasa en picada a diez metros sobre mi cabeza. El viento que levantan sus alas me golpea como una ola. Me agacho. Doblo las rodillas. Apoyo una mano en la piedra. El viento pasa.

Me levanto. Sigo.

Desde las gradas sube un murmullo. No sé si de decepción o de sorpresa.

La segunda baja a los ochenta. La tercera, a los cien, tan cerca que siento el calor de su cuerpo de humo. En cada una me agacho, me pego a la piedra, espero. En cada una me levanto y sigo.

Llego a la Aguja.

La plataforma de la punta es un círculo de roca de tres pasos de ancho. La campana cuelga de un arco de hierro oxidado. Y junto a ella, con los brazos cruzados, con el pelo negro movido por el viento, está Theron Vask.

No dice nada. Me mira con esos ojos grises, de arriba abajo, como si estuviera contando que tengo todos los dedos.

Toco la campana.

El sonido es enorme. Rebota en las paredes de la Fosa, sube, baja, se pierde en el fondo. Desde las gradas llega algo que podría ser un aplauso, si fueran personas que me quisieran aplaudir.

Me doy vuelta hacia el puente. Doscientos pasos de vuelta.

—Veyl.

Es la primera palabra que me dice en ocho días. Me detengo. No lo miro.

Su voz llega bajita, apenas por encima del viento:

—La vuelta es distinta. No mires al cielo. Mira el siguiente paso.

—¿Por qué la vuelta es distinta?

No me contesta.

Pero cuando miro hacia arriba, entiendo.

Las seis umbrías ya no vuelan en círculos lentos. Se han juntado. Están sobre la mitad del puente, todas, y en la punta del grupo hay un pájaro enorme de plumas blancas como la escarcha, con un jinete de pelo negro y liso en el lomo.

Un Morn.

No es Dalia. Es un chico de tercero, mayor, con la misma mandíbula. Un primo, un hermano, no sé. Me está mirando desde arriba con una sonrisa que no le llega a los ojos.

Y detrás de él, en el palco del toldo negro, Lord Cassian Morn levanta dos dedos, apenas, como quien pide la cuenta en una taberna.

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Empiezo a caminar.

Diez pasos. Veinte. Mira el siguiente paso.

La primera picada viene a los treinta. El pájaro blanco baja directo hacia mí, sin desviarse, con las garras abiertas.

No es para levantar viento. Es para golpear.

Me tiro al suelo, boca abajo sobre la piedra, con los brazos abiertos, y las garras pasan a un palmo de mi espalda. Escucho el chasquido del aire.

Las gradas se quedan calladas.

Me levanto. Sigo.

La segunda viene desde abajo. Una bestia de humo que sube por debajo del puente y sale por el costado, justo frente a mí, con un rugido. Retrocedo un paso. El talón queda al borde, en el aire. Me balanceo. Me tiro hacia adelante, me caigo de rodillas sobre la piedra, me raspo las manos.

Sigo.

Ochenta pasos. Cien.

Ya no son picadas de prueba. Ya no es un examen.

Las bestias vienen una detrás de otra, desde arriba, desde los costados, desde abajo, y cada vez más cerca, y cada vez el viento es más fuerte, y cada vez me cuesta más levantarme.

Tengo las rodillas sangrando. Tengo las manos llenas de cortes.

Tengo el pelo pegado a la cara de sudor.

Y cada vez que me levanto, sigo.

Te doy una semana. Para que te des cuenta de que no perteneces aquí. O para que alguien se dé cuenta por ti.

Ciento veinte pasos. Ochenta para la plataforma. Veo a Kip en el borde, con las dos manos en la boca. Veo a Hesk, de pie, gritándole algo a alguien en las gradas. Veo a Seren.

Seren ya no tiene los puños cerrados. Tiene las dos manos abiertas, extendidas hacia el puente, y su sombra en el suelo de la plataforma está hirviendo.

Y entonces el pájaro blanco baja por última vez.

No lo veo venir. Viene desde el sol, desde la luz baja de la hora larga, y lo único que veo es un destello blanco y después el golpe. No de las garras. Del ala. Un ala de plumas del tamaño de una vela de barco que me golpea de costado, en las costillas, en la cabeza.

Y el puente desaparece debajo de mis pies.

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No caigo.

No todavía.

Mis dedos encuentran el borde de la piedra. No sé cómo. Los diez dedos clavados en el canto del puente, los brazos estirados, todo mi peso colgando sobre trescientos metros de vacío. Las botas patean el aire. El viento de la Fosa me sube por las piernas, frío, paciente.

El aliento de la Madre sube desde el fondo.

Y me reconoce.

Lo siento. Lo siento como se siente a alguien que te mira desde el otro lado de una sala llena de gente. Allá abajo, en el fondo, en la pendiente de huesos, algo se da vuelta hacia mí.

Arriba, el pájaro blanco gira en el aire. Lo veo dar la vuelta, recortado contra el sol, y plegar las alas, y empezar a bajar.

Viene a terminar el trabajo.

Tengo los dedos resbalando. Siento cómo la piedra se me escapa, milímetro a milímetro. Escucho a Kip gritar mi nombre. Escucho a alguien más gritarlo, una voz que no reconozco, una voz de mujer, rota.

Escóndelo de todos.

El pájaro baja.

Si alguna vez lo muestras…

Se me resbala un dedo.

Y yo, que llevo ocho días escondiéndola, que la hice dormir en el Foso frente a todos, que le pedí quieta cuando mi hermana me pegó, que le pedí todavía no en el primer paso del puente, la llamo.

No como Hesk nos enseñó. No con calma, ni con orden, ni con la cantidad exacta de lo que siento. La llamo como se llama a alguien en la oscuridad cuando tienes miedo. Con todo.

—Nadie.

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Mi sombra sube por el puente.

Desde abajo, desde el costado de la piedra donde cuelgo, desde un lugar donde no debería haber ninguna sombra porque el sol está del otro lado. Sube como tinta derramada hacia arriba, negra, espesa, viva, y se enrosca alrededor de mis muñecas, de mis brazos, de mi cintura.

Y tira.

Me levanta como si no pesara nada. Me deja de rodillas sobre la piedra gris, jadeando, con las manos abiertas, y se extiende a mi alrededor sobre el puente en todas las direcciones: hacia la Aguja, hacia la Ciudadela, por los bordes, por debajo, una mancha negra que crece y crece y en la que, si miras bien, si miras muy bien, hay puntos de luz plateada. Como estrellas.

Como ojos.

El pájaro blanco no termina la picada.

Se detiene en el aire a diez metros de mí, con las alas abiertas, como si hubiera chocado contra una pared invisible. Su jinete grita. Tira de algo, de las plumas, del cuello. El pájaro no lo escucha.

Me está mirando.

Y entonces, despacio, pliega las alas y baja. No en picada. Planea, suave, hasta posarse en el puente, a cinco pasos de mí. Sus garras rasguñan la piedra. El chico Morn salta de su lomo, tropieza, casi se cae al vacío, retrocede gritando algo que no entiendo.

El pájaro no le hace caso.

Agacha la cabeza. Dobla las patas.

Y se arrodilla.

Detrás de él, las otras cinco bestias bajan del cielo.

Una por una. La de alas de murciélago. La de humo.

Las otras tres, cuyos nombres no sé. Se posan sobre el puente de ceniza, delante y detrás de mí, sobre la piedra de un metro de ancho, haciéndolo temblar, mientras sus jinetes gritan y tiran y saltan y se aferran a la roca.

Y todas, una por una, agachan la cabeza.

En las gradas no hay un solo sonido.

Diez mil latidos se detienen al mismo tiempo.

Y yo estoy de rodillas en el centro del Puente de Ceniza, sangrando, temblando, con mi sombra extendida como un cielo nocturno bajo mis pies, mientras seis umbrías de guerra de la Legión de la Fosa se arrodillan ante mí.