Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 9 · Nadie
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Capítulo 9 · Nadie

Nadie

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La semana que me dio Dalia Morn pasa sin que nadie me mate.

Lo considero un logro.

Los días en la Ciudadela tienen una forma, y en siete días aprendo a vivir dentro de ella como se aprende a caminar con botas nuevas: doliendo, hasta que deja de doler.

Campanas a la hora larga. Carrera alrededor de los patios, donde ya no llego última, porque el tobillo se deshinchó y porque descubrí que si me imagino al sargento de los gritos cayendo a la Fosa, corro más rápido.

Clase de historia con el Velado, que nos hace recitar las once Casas, las seis caídas, las fechas, los nombres, hasta que los soñamos.

Almuerzo. Clase de armas con un instructor de tercero que me tira al suelo catorce veces el primer día y once el segundo.

Llamado de las umbrías en el Foso, con Hesk.

Todos los días, en el Foso, mi umbría duerme.

Así lo dice Hesk ahora, delante de todos, y ya nadie se ríe. Se volvió un chiste viejo. Veyl: dormida. Lo anota en el cuaderno sin levantar la vista, y algo en la forma en que lo hace, un segundo de pausa sobre la tinta, me dice que el chiste ya no le hace tanta gracia a ella tampoco.

Y todos los días, Dalia Morn me mira.

No dice nada. No vuelve a pisarme la sombra. Solo me mira, desde la punta de la fila, desde la mesa de los Morn en el comedor, desde el otro lado del patio. Como un halcón que mira a un ratón y no tiene apuro, porque sabe que el ratón no tiene adónde ir.

Theron Vask no aparece.

Lo veo una sola vez en toda la semana, de lejos, cruzando el patio de las plataformas de vuelo con dos oficiales de la Legión, sin mirar en mi dirección.

Y una noche me despierto convencida de que hay alguien en mi cuarto, y el silencio es tan completo que escucho mi propia sangre, pero cuando enciendo la vela, no hay nadie.

Solo la ventana abierta. Y estoy segura de que la cerré.

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—El secreto —dice Kip, con la boca llena de pan— es caerse primero.

Es el quinto día. Estamos sentados en las gradas del Foso después de la clase de armas, yo con un moretón nuevo en la cadera del tamaño de una manzana y él con la nariz hinchada.

—¿Caerse primero?

—Cuando trabajas en una cocina, te caes todo el tiempo.

El piso está mojado, llevas una bandeja con veinte copas, alguien te empuja.

Y aprendes que hay dos formas de caerse.

—Levanta un dedo—. Una: te caes porque te tiraron.

Te golpeas en cualquier parte, rompes todas las copas y el jefe de cocina te deja sin comer.

—Levanta otro dedo—. Dos: sientes que te vas a caer, y en lugar de pelear, te caes tú.

A tu manera. Doblas las rodillas, giras, proteges la bandeja con el cuerpo, ruedas. Y te levantas con diecinueve copas.

—¿Diecinueve?

—Una siempre se rompe. Es la ley de la cocina. —Se encoge de hombros—. Ese tipo de tercero te tira porque esperas a que te tire. Si sientes que te vas, cáete tú. Rueda. Levántate. Lo vuelves loco.

Lo miro. Kip Arden, con la nariz hinchada y las mangas que le tapan las manos y pan en el pelo, acaba de darme el mejor consejo de combate que he recibido en mi vida.

—¿Por qué no lo haces tú?

—Porque a mí me tira una chica de la Casa Ardane que pesa el doble que yo, y prefiero no rodar debajo de ella. —Le da otro mordisco al pan—. Tengo mi orgullo.

Me río. Él sonríe, satisfecho, como siempre que me hace reír, como si llevara la cuenta.

Desde su sombra, en el escalón de piedra, asoma Migaja. Me mira con sus ojos redondos. Ya no se esconde tan rápido como el primer día. Ahora se queda un rato, temblando un poco, con las orejas agachadas, y después se mete de nuevo.

Cada día se queda un poco más.

Al día siguiente, cuando el chico de tercero me empuja en la clase de armas, siento que me voy, y en lugar de pelear, me caigo yo. Doblo las rodillas, giro, ruedo sobre el hombro como si llevara una bandeja con veinte copas, y me levanto detrás de él.

Se da vuelta, confundido.

Le pateo la parte de atrás de la rodilla.

Se cae.

La clase entera se queda callada. El chico de tercero me mira desde el suelo como si le hubiera salido una segunda cabeza. Kip, desde el otro lado del Foso, levanta diecinueve dedos imaginarios.

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Esa noche, en mi torre, hablo con ella.

No lo planeo. Estoy sentada en la cama con la vela encendida, como todas las noches, mirando mi sombra en la pared. Y por primera vez desde que salí de la Fosa no tengo miedo. Tengo un moretón en la cadera, una victoria pequeña en el cuerpo y la cabeza llena del ruido de la risa de Kip.

Así que le hablo.

—Sé que estás ahí.

La sombra en la pared no se mueve.

—Sé que me escuchas. Te sentí en el Foso, cuando te pedí que no salieras. Te sentí en los barracones, cuando Seren me pegó. —Trago saliva—. Y te vi en la escalera. Moviéndote cuando yo no miraba.

Nada.

Levanto una mano despacio. La sombra levanta la suya. Muevo los dedos. Ella mueve los suyos.

Y después, cuando bajo la mano, ella no la baja.

Se queda ahí, en la pared, con la mano levantada, un segundo, dos, tres. Como esperando a ver qué hago.

El corazón me late tan fuerte que lo escucho en los oídos.

—Hola —susurro.

La mano de la sombra se mueve. Despacio, torpe, como alguien que aprende un gesto ajeno. Se abre. Se cierra. Se abre otra vez.

Me está saludando.

Me tapo la boca con las dos manos. Algo me sube por la garganta, y no sé si es una risa o un sollozo, y termina siendo las dos cosas.

—Hesk dice que todas las umbrías tienen nombre —le digo, cuando puedo hablar—. Que hay que llamarlas por su nombre. Pero tú no me lo dijiste. Me dijiste el mío. —Hago una pausa—. Bueno, uno que no es el mío.

Bajo mis costillas, algo se remueve.

—No me gusta que me digas así. Corazón. No sé lo que significa y me da miedo.

Silencio. La sombra en la pared baja la mano, despacio. Como avergonzada.

Y entonces me acuerdo de algo.

Cuando era chica, antes de que nos separaran, había un juego que Seren y yo jugábamos en la cocina.

Cuando algo se rompía, un plato, una taza, un frasco de especias, la cocinera preguntaba quién había sido, y nosotras contestábamos a la vez: Nadie.

Y nos tapábamos la boca para no reírnos.

Era nuestro chiste. Nadie rompía todo en esa casa.

Después nos separaron, y el juego se acabó. Pero la palabra se quedó.

La escuché en la boca de mi madre cuando hablaba con las visitas. ¿Su segunda hija? Ah. Nadie, en realidad. La escuché en la boca de los sirvientes. ¿Quién está en la cocina? Nadie. Solo la vacía. La escuché tantas veces que dejé de escucharla. Se volvió mi nombre de verdad. El de adentro.

Miro la sombra en la pared.

—Nadie —digo.

La sombra se queda muy quieta.

—Así me llamaban. Así me llamaba todo el mundo. Nadie. —Me tiembla la voz—. Y tú estabas sola en el fondo de un abismo, y te llamaban monstruo, o no te llamaban nada, porque nadie sabía que existías. Así que creo que te queda bien. A las dos nos queda bien.

Me limpio la cara con la manga.

—¿Te gusta? ¿Nadie?

Al principio no pasa nada.

Después, detrás de mi esternón, siento algo que no había sentido nunca.

No es la marea enorme de la Fosa, ni el gruñido bajo del comedor, ni la quietud tensa del Foso.

Es calor. Un calor pequeño y suave, que se extiende desde el centro de mi pecho hacia los brazos, hacia las manos, hacia la punta de los dedos, como cuando te metes en una cama tibia en invierno.

Y la sombra en la pared hace algo que me rompe en dos.

Se acerca a la mía. A la sombra de mi cuerpo, quiero decir, a la forma de mí que proyecta la vela. Se despega de la pared, se pega a mi silueta, y se queda ahí, apretada contra ella, como un animal que se acurruca contra alguien en el frío.

Como un abrazo.

—Nadie —repito, y esta vez es un susurro.

El calor en mi pecho ronronea.

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A la mañana siguiente, la lista está clavada en la puerta del comedor.

Hay un grupo de cadetes de primero apiñados frente a ella, empujándose para leer. Kip me ve llegar y se abre paso hasta mí con la cara blanca.

—Mara.

—¿Qué pasa?

—La segunda prueba. —Me agarra de la manga—. El Puente de Ceniza. Es pasado mañana.

Me abro paso hasta la puerta. Los cadetes se apartan para dejarme pasar, como siempre, pero esta vez es distinto. Esta vez no se apartan con asco. Se apartan con algo parecido a la lástima.

Leo la lista.

Segunda prueba de la Criba. El Puente de Ceniza.

Los cadetes de primer año cruzarán el Puente de Ceniza, desde la plataforma de la Ciudadela hasta la Aguja, y regresarán.

Durante el cruce, los jinetes de tercer año pondrán a prueba su equilibrio, su valor y su vínculo.

Los cadetes deberán llamar a su umbría para completar el cruce.

Quien no complete el cruce, no completará la Criba.

Debajo, los quince nombres. El orden de cruce.

El primero es el mío.

1. Veyl, Mara.

Y al lado, con otra tinta, una tinta más oscura y una letra más apretada, como si alguien la hubiera agregado después, dos palabras:

Comida de Fosa.

Al pie de la lista hay una firma. No es la de Hesk, ni la del comandante de la Ciudadela. Es una firma elegante, con un cuervo dibujado en el trazo final de la última letra.

Lord Cassian Morn, por mandato del Consejo del Borde.

Me doy vuelta. Al otro lado del comedor, en la mesa de los Morn, Dalia está desayunando.

No me mira. Por primera vez en siete días, Dalia Morn no me está mirando.

Y eso me asusta más que todo lo demás.