Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 8 · Hermanas
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Capítulo 8 · Hermanas

Hermanas

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—La cadete no estuvo aquí.

El Verdugo lo dice sin levantar la voz, sin mirar a los soldados, sin mirarme a mí. Lo dice como quien corrige un error en un registro.

El sargento de la barba gris abre la boca. La cierra.

—No, señor. No la vimos.

—Diez hombres y un carro. —El Verdugo se da vuelta hacia la puerta—. Y Holt. La próxima vez que quiera opinar sobre el sentido del humor de la Madre, hágalo en un lugar sin muebles.

El sargento palidece hasta las orejas.

Theron Vask sale a la llovizna sin decirme nada. Ni una palabra, ni una mirada. Pero cuando paso junto a la puerta para irme, con los brazos vacíos y las piernas temblando, lo veo de pie bajo el alero, esperando al carro, y su voz me alcanza bajita, sin que mueva la cabeza:

—Vuelve a tu torre, Veyl. No hagas preguntas hoy.

No le contesto.

Y no vuelvo a mi torre.

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Los barracones de primer año están en el ala norte, en una nave larga con dos filas de camas y un pasillo de piedra en el medio. A esta hora, antes de la cena, los cadetes se lavan, se cambian, se tiran sobre las camas a quejarse del día. Huele a jabón de ceniza y a botas mojadas.

Cuando entro, se hace el silencio de siempre. Ya ni lo noto.

Seren está al fondo, sentada en su cama, trenzándose el pelo mojado frente a un espejo de mano. Las tres chicas que siguen a Dalia como pájaros están en la cama de al lado, y Dalia en persona está apoyada en la pared, puliendo el broche del cuervo con la manga.

Camino por el pasillo entre las camas. Siento los ojos de todos clavados en la espalda. No me importa.

Me detengo frente a mi hermana.

—Necesito hablar contigo.

Seren no levanta la vista del espejo. Sigue trenzándose el pelo, mechón sobre mechón, con los dedos firmes.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Encontraron a la ofrenda.

Los dedos se detienen. Medio segundo. Después siguen.

—¿Y?

—La encontraron muerta. Degollada. En la acequia de la calle de las Lámparas. —Bajo la voz, aunque sé que no sirve de nada, aunque sé que toda la nave está escuchando—. Debajo del puente, Seren. Debajo de nuestra cocina.

Ahora sí levanta la vista.

Mi hermana tiene los ojos grises de mi padre, el que murió cuando teníamos tres años y del que no me acuerdo. Siempre pensé que eran los ojos más fríos del mundo. Ahora, por un segundo, veo algo moverse en el fondo de ellos, como un pez bajo el hielo.

Después el hielo se cierra.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes. —Me agacho para quedar a su altura. Ella no se mueve—. La noche antes del Descenso. La noche en que tú no dormiste. Te vi a la mañana, Seren, tenías ojeras, no comiste, me miraste como si…

—Como si qué.

—Como si supieras lo que ibas a hacer.

Alrededor nuestro, la nave entera contiene el aliento. Dalia ha dejado de pulir el broche.

Saco la página del bolsillo de la chaqueta. La despliego entre las dos, con la letra de mi abuela hacia ella.

—Y esto. Alguien me lo puso en el bolsillo el día que me empujaste. Solo me tocó una persona ese día.

Seren mira el papel.

Y por un instante, uno solo, la cara de mi hermana se rompe. Lo veo. La boca le tiembla, se le humedecen los ojos, la mano que sostiene el espejo se le afloja como si fuera a soltarlo.

Después, sin apuro, deja el espejo sobre la cama, se pone de pie, y me da una bofetada.

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El ruido es enorme en la nave silenciosa.

No me duele. O sí, pero lejos, como si le hubiera pasado a otra persona. Lo que siento es el calor en la mejilla, y el sabor a hierro donde me mordí la lengua, y la mirada de toda la nave, y algo debajo de la piel que se levanta como un perro que escucha un ruido en la puerta.

No, pienso, desesperada. No. Quieta. Por favor.

Algo gruñe, muy lejos, y se acuesta de nuevo.

Seren me mira desde arriba. Tiene la mano todavía levantada.

—No vuelvas a acusarme de nada frente a otros —dice, con una voz que no le conozco, clara y helada, una voz para que la escuche toda la nave—.

No vuelvas a hablarme como si fuéramos iguales.

Lo que tienes, lo tienes porque te empujé.

Y lo que yo soy, lo soy a pesar de ti. No te equivoques, Mara. Esto no es una familia. Nunca lo fue.

Alguien, en alguna cama, suelta un silbido bajo.

Me pongo de pie. Doblo la página de mi abuela despacio, con las manos temblando, y me la guardo en el bolsillo.

No le contesto. No porque no tenga qué decirle. Porque si abro la boca, lo que salga va a ser un grito, y si grito, no sé qué va a gritar conmigo.

Me doy vuelta y salgo de la nave.

Al pasar junto a la cama de Dalia Morn, ella me mira. No sonríe. No hace ningún comentario. Solo me mira, con esos ojos de hielo, y después mira hacia el fondo de la nave, hacia mi hermana, y frunce el ceño muy levemente.

Vuelve a hacer una cuenta que no le cuadra.

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No voy a la cena.

Voy a los baños.

Los baños de la Ciudadela están en el sótano del ala este, tallados en la roca: una caverna baja llena de vapor, con piletas de agua caliente que sube de algún lugar debajo de la tierra y huele a hierro y a piedra.

A esta hora, con todos en el comedor, están vacíos.

Las antorchas tiemblan detrás del vapor, y las sombras en las paredes se doblan y se estiran como si estuvieran vivas.

Me saco la chaqueta y las botas. Me siento en el borde de una pileta, con los pies en el agua caliente, y por fin, por fin, lloro.

No como en la Fosa. No por un valle que no conozco. Lloro por la cosa más estúpida del mundo: porque durante un segundo, en la nave, vi la cara de mi hermana romperse, y pensé que iba a abrazarme otra vez.

Y en lugar de eso me pegó.

Lo que tienes, lo tienes porque te empujé.

Me tapo la cara con las manos.

—No llores con la boca abierta. El vapor te va a hacer toser y te van a escuchar desde la escalera.

Me doy vuelta tan rápido que casi me caigo al agua.

Seren está de pie en la entrada de los baños, medio escondida detrás de una columna, todavía con el pelo mojado y la trenza a medio hacer. No sé cuánto rato lleva ahí. No escuché sus pasos.

Su sombra, en la pared, es más larga de lo que debería. Y en la punta, donde estaría la cabeza, dos antenas finísimas se mueven en el aire caliente.

—¿Viniste a pegarme otra vez? —Mi voz sale ronca—. Aquí no hay público.

Seren no se mueve de la columna. Mira hacia atrás, hacia la escalera, una vez. Después hacia los rincones de la caverna, uno por uno, hacia las sombras de las antorchas. Como si buscara algo. Como si alguien pudiera estar escondido en ellas.

Y entonces cruza los baños en cuatro pasos rápidos, se agacha a mi lado en el borde de la pileta, y me toma la cara con las dos manos.

Me congelo.

Tiene las manos tibias. Me pasa el pulgar por la mejilla, justo donde me pegó, con tanto cuidado que duele más que la bofetada.

—Escúchame bien, porque no voy a poder decirlo dos veces —susurra.

Tan bajo que apenas la oigo sobre el burbujeo del agua—.

Deja de hacer preguntas. Sobre la chica del puente, sobre mamá, sobre la abuela.

Sobre mí. Cada pregunta que haces en voz alta, alguien la escucha.

Y cada cosa que alguien escucha, alguien la vende.

—Seren, ¿qué…?

—Sé que me odias. Está bien. Ódiame. —Le tiembla la voz—. Ódiame frente a todos, todo lo que quieras. Pero no confíes en nadie que te mire como él.

Me quedo mirándola.

—¿Como quién?

Algo cruje en la escalera. Pasos. Voces. Cadetes bajando de la cena.

Seren me suelta la cara como si le quemara. Se pone de pie. En un segundo, el hielo vuelve a su cara, tan completo que me pregunto si no lo soñé. Se da vuelta hacia la escalera justo cuando aparecen las tres chicas de Dalia, riéndose, con toallas en los brazos.

Se detienen al vernos.

Seren me mira desde arriba, con desprecio, como se mira algo que se pegó en la suela.

—Y lávate la cara —dice, en voz alta—. Das vergüenza.

Y se va.

Me quedo sentada en el borde de la pileta, con los pies en el agua y la cara ardiendo donde me tocaron sus manos. Las tres chicas pasan a mi lado cuchicheando. No las escucho.

Estoy pensando en ojos que me miran.

En unos ojos verdes, en la biblioteca, que se quedaron en los míos un segundo más de lo necesario, mientras preguntaban por mi abuela.

En unos ojos grises, en la oscuridad de mi cuarto, que bajaron a mi boca y volvieron a subir, mientras prometían matarme.

No confíes en nadie que te mire como él.

No me dijo cuál.