Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 7 · La ofrenda
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Capítulo 7 · La ofrenda

La ofrenda

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No le cuento a nadie lo de mi sombra.

¿A quién se lo voy a contar? ¿A Kip, que me consiguió dos cuencos de sopa y una carcajada, y que no merece que lo arrastre conmigo a lo que sea esto? ¿A Hesk, que tiene que reportarle al Consejo? ¿A Seren?

¿Al Verdugo, que prometió matarme si se notaba?

Así que hago lo único que se me ocurre: vigilarla.

Me paso la noche sentada en la cama con el candelabro encendido, mirando mi sombra en la pared del cuarto.

Ella se queda quieta. Perfectamente quieta, como cualquier sombra decente.

Cada vez que parpadeo, siento que me está mirando de vuelta, esperando que me duerma.

Cuando por fin me duermo, sueño con un lago.

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—Te ves terrible.

Levanto la cabeza del libro. Estoy en la biblioteca de la Ciudadela, una sala alta y helada llena de estanterías que suben hasta el techo, donde el Velado de Historia nos mandó a copiar la genealogía de las once Casas fundadoras antes de la clase de mañana.

Es la hora corta. Llevo media hora mirando la misma página sin leer una línea.

El chico que me habló se sienta frente a mí sin pedir permiso.

Es de mi edad, quizás un año mayor. Pelo castaño claro, ondulado, que le cae sobre la frente de una manera que parece descuidada y seguramente le toma una hora cada mañana.

Ojos verdes, muy claros. Una sonrisa que llega antes que él a todas partes.

En el cuello de la chaqueta lleva el ribete verde veneno y oro de la Casa Thal.

—Gracias —digo—. Es el efecto que buscaba.

La sonrisa se le ensancha.

—Ezra Thal. Segundo año. —Me tiende la mano por encima de la mesa—. Y tú eres la chica que le dijo a Hesk que su umbría estaba durmiendo la siesta.

—Las noticias vuelan.

—En la Ciudadela no hay otra cosa que hacer. Además, hacer reír a Hesk es una hazaña. Hay cadetes de tercero que no lo han logrado en tres años. Hay un rumor de que una vez sonrió en un funeral, pero nadie lo ha confirmado.

Le doy la mano porque no sé qué otra cosa hacer. Tiene la mano tibia y seca, y la retiene apenas un segundo más de lo necesario, lo justo para que lo note, no tanto como para que me moleste.

Es encantador. Es tan encantador que parece hecho a propósito.

—¿Qué estás leyendo? —Gira el libro hacia él—. Ah. Las once Casas. La parte más aburrida de la historia de Vhal, y eso que compite con los impuestos al grano.

—No la estoy leyendo. La estoy mirando con odio.

—Un método válido. —Pasa las páginas con un dedo—. Te ahorro trabajo: el Velado siempre pregunta por las seis Casas que cayeron. Nadie se acuerda de esas. Varn, Oslet, Kael, Morrow, Teague y… —Se detiene en una página. Levanta la vista—. Y Veyl. Qué casualidad.

Lo dice con tanta naturalidad que casi no me doy cuenta.

—Veyl no cayó —digo—. Seguimos existiendo.

—Perdón. Quise decir que salió del Consejo. —Me sostiene la mirada con sus ojos verdes—. Hace sesenta años, ¿no? ¿Por algo de tu abuela?

Algo se me eriza en la nuca.

No sé por qué. Es una pregunta normal. Cualquiera en Valcarne sabe que la Casa Veyl perdió su asiento en el Consejo hace sesenta años. Pero muy poca gente sabe que tuvo algo que ver mi abuela. En mi casa ni siquiera se dice en voz alta.

—No sé —miento—. Nadie me cuenta nada. Soy la hija que sirve el vino.

—Servías —corrige él, sonriendo—. Ahora eres cadete. En la torre este, además. Último piso. Toda una vista.

—¿Cómo sabes dónde duermo?

—Es la torre más alta de la Ciudadela, y nadie ha dormido ahí en años. Cuando alguien sube, se nota. —Se encoge de hombros, como si fuera obvio—. Además, mi dormitorio da a ese patio. Anoche tenías la vela encendida hasta tarde.

—No podía dormir.

—Me imagino. —Se inclina un poco hacia mí, baja la voz, como quien comparte un secreto—. Si alguna vez necesitas a alguien con quien no dormir, mi ventana es la tercera desde la izquierda.

Lo miro.

Él me mira.

Y no siento nada. No el calor en las mejillas que se supone que debería sentir cuando un chico guapo de una Casa poderosa me ofrece algo así. Ni siquiera el pánico de anoche, en mi cuarto, cuando otro hombre se inclinó hacia mí en la oscuridad y me miró la boca mientras me amenazaba de muerte.

Nada. Es como cuando alguien toca una melodía perfecta en un instrumento afinado: suena bien, pero no te dice nada.

—Lo voy a tener en cuenta —digo.

Ezra se ríe, como si le hubiera contestado algo ingenioso, y se pone de pie.

—Página ochenta y siete —dice, golpeando el libro con un dedo—. Las fechas de caída de las seis Casas. El Velado siempre pregunta. De nada, Mara Veyl.

Y se va.

Me quedo mirando la página ochenta y siete. Al lado del nombre Veyl, en la columna de la fecha, alguien rayó la tinta hace mucho tiempo, con tanta fuerza que rompió el papel.

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Por llegar última en la carrera de ayer, me toca castigo.

El sargento que me gritó lo de los tobillos de los Veyl me manda a llevar dos baldes de aceite de lámpara desde el almacén hasta la casa de guardia de la Legión, en el portón sur.

Son cuatrocientos pasos de patio con un tobillo vendado.

Para el tercer viaje tengo los brazos temblando y una opinión muy clara sobre la Legión, el aceite de lámpara y el sargento, en ese orden inverso.

La casa de guardia es un edificio bajo de piedra pegado a la muralla, con una sala llena de armas en las paredes y una mesa larga donde comen los soldados de turno.

Cuando entro con el cuarto balde, hay dos sentados a la mesa, con una jarra de vino entre ellos.

No me ven. Estoy detrás de una pila de escudos, agachada, dejando el balde con cuidado para no derramarlo, y ellos están hablando bajo, en el tono que usa la gente cuando habla de algo que no debería.

No me muevo. Diecinueve años de servir vino en salones me enseñaron que la gente dice las cosas más importantes delante de los muebles.

—…nunca llegó al borde —dice uno, un hombre ancho con barba gris—. El carro salió de las celdas de la Orden a medianoche, como siempre. Dos guardias, la ofrenda atada atrás. Llegaron al borde al amanecer con el carro vacío.

—¿Y los guardias?

—Dicen que no se acuerdan de nada. Que se quedaron dormidos en el camino, los dos. Los encontraron roncando en el pescante, con el caballo comiendo pasto en una esquina del tercer anillo.

—Drogados.

—Drogados. O eso, o el Sumo Velado los va a colgar por borrachos, y prefieren lo otro.

Un silencio. El ruido de la jarra contra la madera.

—¿Y la chica?

—Nadie sabe. La Orden dice que se escapó.

Que los sin sombra son tramposos y que la Madre se la va a cobrar igual, tarde o temprano.

—El de la barba gris escupe en el suelo—.

Una muchacha de las Tierras Grises, atada de pies y manos, que no había comido en dos días.

Se escapó, dicen. Y justo ese año, la ciudad se queda sin ofrenda para el Descenso, y una Veyl se cae al abismo enfrente de todo el mundo.

—Bueno, eso fue un accidente. La empujó su hermana.

—Un accidente muy conveniente.

Algo frío me baja por la espalda.

El otro soldado baja todavía más la voz.

—Cuidado. El Verdugo la protegió. Si te escucha decir…

—El Verdugo protege a quien le dicen que proteja.

Igual que mata a quien le dicen que mate.

—Otro trago—. Yo solo digo que en treinta años de servicio nunca he visto una ofrenda perderse.

Y la primera vez que pasa, una vacía cae en su lugar y sale con sombra.

Si eso es la voluntad de la Madre, la Madre tiene un sentido del humor que no me gusta.

Me tapo la boca con la mano.

Pienso en mi madre en la puerta de la cocina, al amanecer. Hoy nos sentamos en el segundo anillo. Hoy cambian muchas cosas para esta familia.

Pienso en su cara en la Sala de la Medida. No era la cara de una madre que acaba de ver a su hija volver de la muerte.

Era la cara de alguien que tenía un plan, y el plan se le había roto.

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La puerta se abre de golpe.

Los dos soldados se ponen de pie tan rápido que el banco se cae hacia atrás. Yo me encojo detrás de los escudos y contengo la respiración.

No necesito verlo. Siento el cambio en el aire. El ruido del patio se apaga al otro lado de la puerta, como si alguien hubiera cerrado una ventana.

—Señor —dicen los dos soldados a la vez.

Theron Vask entra a la casa de guardia con el pelo mojado por la llovizna y la capa negra goteando sobre la piedra. Detrás de él viene un mensajero de la ciudad, un chico pálido con el uniforme de la guardia de Valcarne manchado de barro hasta las rodillas.

El Verdugo no mira la jarra de vino ni el banco caído. Mira a los dos soldados con esos ojos grises que no parpadean, y ellos se encogen.

—Sargento Holt. Necesito diez hombres y un carro. Ahora.

—Sí, señor. ¿Para qué, señor?

El Verdugo hace una pausa. Por primera vez desde que lo conozco, parece elegir las palabras.

—Encontraron a la ofrenda.

El sargento de la barba gris se queda quieto.

—¿Viva?

—No.

El mensajero, detrás de él, tiene los ojos rojos. Habla sin que nadie le pregunte, con la voz temblorosa de alguien que acaba de ver algo que no va a poder dejar de ver.

—La encontraron en la acequia del cuarto anillo, flotando bajo el puente. Tenía todavía las cuerdas en las muñecas. La degollaron, señor. El médico dice que lleva tres días muerta. —Traga saliva—. Desde la noche antes del Descenso.

Ninguno dice nada.

—¿Dónde en el cuarto anillo? —pregunta el sargento.

—Calle de las Lámparas. Detrás de las casas viejas.

No me doy cuenta de que me puse de pie hasta que todos se dan vuelta hacia mí.

La calle de las Lámparas es una calle corta y empinada del cuarto anillo, con un puente de piedra sobre la acequia y cinco casas viejas que dan a ella por la parte de atrás. En una de esas casas, la cocina tiene una ventana que mira directo al puente.

Es la ventana por la que me asomo cada mañana, antes del amanecer, para ver si va a llover.

Los dos soldados me miran como si hubiera salido de la pared. El mensajero me mira sin entender.

Y el Verdugo, desde la puerta, me mira con algo en los ojos que no había visto antes.

No es sospecha. No es sorpresa.

Es lástima.

Porque él también sabe a quién pertenece la casa que da a ese puente.