Capítulo 6 · El llamado
El llamado
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No duermo.
No sé cuánto rato me quedo sentada en la cama después de que el Verdugo se va, mirando la puerta sin llave, escuchando cómo el silencio que trajo se deshace de a poco: primero vuelve el viento, después el crujido de la torre, después, muy lejos, el aullido de alguna umbría en las plataformas de vuelo.
Te mato yo.
Lo dijo como quien da la hora. Y después me miró la boca.
No sé qué de las dos cosas me mantiene despierta.
A la hora larga suenan las campanas. Alguien ha dejado un uniforme doblado frente a mi puerta: pantalón y chaqueta negros de la Ciudadela, botas de cuero que me quedan medio número grandes, y en el cuello, bordado en hilo color ceniza, el ribete violeta oscuro de la Casa Veyl.
Me quedo mirándolo un rato largo. Es la primera vez en mi vida que tengo ropa con el color de mi familia.
Me la pongo. Me miro en la palangana de agua. La sombra que proyecta la ventana sobre el piso tiene mi forma exacta, con la chaqueta y todo.
—Buenos días —le digo.
No contesta. Por supuesto que no contesta. Es una sombra.
Todavía.
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El Foso de prácticas es un círculo de arena negra hundido en el patio central, con gradas de piedra alrededor y un solo árbol muerto en el centro, blanco como un hueso. A esta hora el sol entra bajo y de costado, y todas las sombras se estiran sobre la arena, larguísimas.
Por eso estamos aquí, entiendo. A la hora larga, las umbrías son más fuertes.
Somos quince cadetes de primer año, en fila sobre la arena. Kip a mi izquierda, con el pelo todavía más desastroso que anoche. A mi derecha, después de un espacio vacío que nadie quiso llenar, Seren.
Mi hermana no me mira. Tiene el uniforme impecable, el ribete violeta perfecto, el pelo recogido en una trenza tan apretada que parece de metal. Huele a lavanda. No sé cuándo se bañó ni cuándo durmió. No sé nada de ella. Desde que nos separaron, a los doce, no sé nada de ella.
Me abrazó, me metió la letra de mi abuela en el bolsillo y me empujó. En ese orden. Con las mismas manos.
La miro de reojo con tanta fuerza que es un milagro que no le haga un agujero en la cara. Ella mira al frente.
—Cadetes.
La profesora Hesk baja las gradas de dos en dos, con la manga vacía balanceándose al costado.
A la luz del día tiene más arrugas de las que pensé, y una cicatriz que le baja desde el hombro izquierdo hasta desaparecer bajo el cuello.
Se detiene frente a la fila y nos mira uno a uno, como un carnicero que evalúa la carne.
—Ayer bajaron a la Fosa y algo los eligió —dice—. Felicitaciones. Es lo último fácil que les va a pasar este año.
Nadie se ríe.
—Lo que llevan en la sombra no es una mascota.
No es un caballo. No es un arma, aunque la Legión les va a enseñar a usarla como una.
Es una bestia salvaje que decidió quedarse con ustedes por razones que ustedes no entienden y que ella no les va a explicar.
—Camina despacio frente a la fila—. Las umbrías comen lo que ustedes sienten.
Miedo, rabia, alegría, deseo. Todo. Un jinete que no siente nada mata a su bestia de hambre.
Un jinete que siente demasiado la vuelve loca.
Su trabajo, durante el próximo año, es aprender a sentir la cantidad exacta.
Se detiene frente a Dalia Morn, en la punta de la fila.
—Hoy vamos a hacer una sola cosa: llamarlas. Digan su nombre. Siéntanla en la sombra. Denle algo de comer. Y dejen que salga. Morn.
Dalia da un paso al frente. Ni siquiera parece concentrarse. Mira su sombra larga sobre la arena negra y dice, con su voz lenta:
—Escarcha.
La sombra se hincha, hierve, y de ella brota un cuervo.
No uno normal. Un cuervo del tamaño de un carruaje, de plumas blancas como la escarcha que le da nombre, con los ojos negros y brillantes como el lomo de un escarabajo.
Despliega las alas, y por un momento tapan el sol.
Varios cadetes retroceden un paso. El cuervo inclina la cabeza, mira a la fila con desprecio, exactamente con la misma expresión de su dueña, y vuelve a plegarse.
—Bien —dice Hesk, sin entusiasmo—. Fácil, cuando tu familia lleva trescientos años haciendo esto. Siguiente.
Uno por uno, los cadetes llaman.
Un chico Ardane hace salir algo parecido a un jabalí con cuernos de carnero.
La chica de pelo rojo de la Casa Thal, la que me esquivó en la escalera, llama a una cosa de muchas patas que me pone la piel de gallina.
A algunos les cuesta: un chico de pecas tiene que intentarlo cuatro veces, sudando, hasta que una cabeza de lagarto asoma apenas de su sombra y se esconde de nuevo, y Hesk dice suficiente por hoy.
Le toca a Seren.
Mi hermana no da un paso al frente. No cierra los ojos. Solo baja la vista hacia su sombra y susurra algo tan bajo que no alcanzo a oírlo.
La serpiente blanca sale despacio, enroscándose, del largo de tres hombres, pálida como la leche, con dos antenas de polilla que tiemblan en el aire. Se desliza alrededor de los tobillos de Seren, una vez, dos veces. Y después levanta la cabeza y se queda mirando hacia mí.
Solo un segundo. Seren chasquea los dedos y la serpiente se hunde de vuelta en su sombra.
—Veyl, Seren —dice Hesk, anotando algo en un cuaderno—. Umbría: Lirio. Bien. Muy controlada.
Seren vuelve a la fila sin mirarme. Pero cuando pasa a mi lado, veo que le tiembla la mano.
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Kip llama a Migaja, y Migaja no sale.
Kip lo llama otra vez, en voz alta. Después, más bajito, con voz de pedir favores:
—Migaja. Por favor. Te doy la mitad de mi pan.
Migaja asoma la cabeza de la sombra de Kip, ve a Hesk, ve el árbol muerto, ve la fila de cadetes, me ve a mí, y se vuelve a meter tan rápido que se le queda una oreja afuera, doblada.
Alguien se ríe. Después otro. Kip se pone rojo hasta las pecas de las orejas.
—Arden —dice Hesk—, tu umbría es del tamaño de un pan y tiene más sentido común que la mitad de esta fila. Sigue intentándolo mañana. Siguiente.
Siguiente soy yo.
Doy un paso al frente sobre la arena negra.
Siento quince pares de ojos en la nuca. Siento, sobre todo, un par que no está en la fila: en lo alto, en uno de los puentes de piedra que cruzan el patio, hay una figura de negro apoyada en la baranda inexistente, como si el vacío bajo sus pies fuera una alfombra.
No necesito verle la cara para saber quién es.
Miro mi sombra. Larga, negra, perfecta sobre la arena.
Digan su nombre, dijo Hesk.
No sé su nombre.
Siéntanla en la sombra.
La siento. No en la sombra; en el pecho, detrás del esternón, enroscada, despierta. Atenta. Siento que me escucha, que espera, que si la llamo va a venir. Siento lo grande que es.
Y siento, al mismo tiempo, la voz del Verdugo en mi cuarto anoche. Escóndelo de todos.
Si la llamo aquí, en el Foso, frente a quince cadetes, frente a Hesk, frente a él, ¿qué va a salir?
¿Una bestia del tamaño de un carruaje, como la de Dalia?
¿O lo que vi en el fondo de la Fosa, esos miles de ojos encendiéndose en la oscuridad, esa cosa tan grande que la caverna estaba dentro de ella?
¿Y qué van a hacer las otras umbrías cuando la vean? ¿Lo mismo que hizo el lobo del Verdugo? ¿Arrodillarse?
Aprieto los puños.
No, pienso, hacia adentro. Hoy no. Por favor.
La cosa de adentro se queda quieta. Muy quieta. Como un animal que entiende una orden que no le gusta.
Levanto la vista.
—Hola —le digo a mi sombra, en voz alta, para que todos escuchen—. Te llamo.
Nada.
—Sal, por favor.
Nada.
La arena no hierve. La sombra no se hincha. No pasa absolutamente nada, y el silencio en el Foso se alarga, y alguien en la fila suelta una risita, y otro le contesta, y siento cómo la vergüenza me sube por el cuello como agua caliente.
Diecinueve años de esto. Diecinueve años de estar de pie frente a gente que espera que yo no sea nada.
Y de pronto, en lugar de llorar, algo en mí se pone de lado y se ríe.
Me vuelvo hacia Hesk con la cara más seria que tengo.
—Profesora, creo que está dormida.
Hesk levanta una ceja.
—¿Dormida?
—Ayer tuvo un día muy difícil —explico—. Se cayó a un abismo.
Hay un segundo de silencio absoluto.
Después Kip suelta una carcajada que le sale por la nariz, y eso desata algo, y de pronto media fila se está riendo. No de mí. Conmigo. Es una risa distinta, la conozco, aunque haya oído muy poca: la risa de la gente cuando alguien dice en voz alta lo que todos están pensando.
Y la profesora Hesk, la mujer de un solo brazo con cara de carnicero, echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Una sola vez, corta, como un ladrido.
—Bueno —dice, cuando se recompone—. Veyl, Mara. Umbría: dormida. —Anota algo en el cuaderno—. Mañana la despiertas. Si no la despiertas en una semana, empezamos a preocuparnos. Si no la despiertas en un mes, empieza a preocuparte tú.
—Sí, profesora.
Vuelvo a la fila. Kip me da un codazo, todavía riéndose. Seren mira al frente, pero tiene la mandíbula apretada, y no sé si es rabia o es otra cosa.
Dalia Morn, en la punta, no se ríe. Me está mirando a mí. A mi sombra. Con los ojos entrecerrados. Haciendo una cuenta que no le cuadra.
Y cuando levanto la vista hacia el puente de piedra, la figura de negro ya no está. Pero alcanzo a verlo un segundo antes de que desaparezca entre las torres, y hay algo en la forma en que tiene los hombros, menos rígidos que anoche, que se parece mucho al alivio.
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El resto del día es una mancha.
Clase de historia del reino con un Velado que nos hace recitar los nombres de las once Casas fundadoras hasta que nos sangran los oídos.
Almuerzo con Kip, que me cuenta en voz baja todos los chismes de la cocina que sabe de cada profesor.
Una hora de carrera alrededor de los patios, que hago cojeando, última, mientras un sargento me grita algo sobre los tobillos de los Veyl. Cena. Sopa de ceniza otra vez.
Cuando subo a mi torre, ya es de noche. Las antorchas del pasillo están encendidas, una cada diez pasos, para que todos vean la sombra de todos.
Subo la escalera de caracol despacio, contando los escalones, con la mano apoyada en la pared. Estoy tan cansada que me arden los ojos. Me detengo en el descanso del piso cien para recuperar el aliento, y me apoyo contra la piedra fría, y cierro los ojos un segundo.
Cuando los abro, mi sombra está en la pared de enfrente, proyectada por la antorcha.
Está apoyada contra la piedra, igual que yo. Con los ojos cerrados, supongo, aunque las sombras no tienen ojos. Con la cabeza hacia atrás, igual que yo.
Me enderezo. La sombra se endereza.
Sigo subiendo.
En el escalón ciento uno, algo me hace mirar hacia atrás. No sé qué. Un cambio en la luz. Un roce en el borde del ojo.
Mi sombra sigue en la pared del descanso.
No me ha seguido. Está ahí, donde yo estaba hace un segundo, de pie contra la piedra. Y mientras la miro, sin que yo mueva un músculo, gira la cabeza despacio hacia la ventana, como si hubiera escuchado algo afuera.
Después gira la cabeza hacia mí.
Y de golpe, como un animal sorprendido, salta por la pared, cruza el piso y se pega a mis talones, quieta, perfecta, igual a la de cualquiera.
Me quedo de pie en el escalón ciento uno sin respirar.
Mi sombra se mueve sola cuando no la miro.