Capítulo 5 · La Ciudadela
La Ciudadela
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La Ciudadela del Borde no fue construida para que vivieran personas. Fue construida para que vivieran bestias, y las personas son un detalle.
Eso lo entiendo apenas el carruaje cruza el último portón.
Los patios son tan grandes que podría caber mi casa entera en cualquiera de ellos, con techo y todo.
Las puertas miden tres veces mi altura. Las torres se clavan en el cielo nocturno, negras y afiladas, unidas por puentes de piedra sin baranda, y en lo alto de cada una hay plataformas abiertas donde, de día, aterrizan las umbrías aladas.
Ahora es de noche, y la Ciudadela está iluminada con antorchas que proyectan sombras por todas partes. Sombras largas, sombras dobles, sombras que se cruzan y se tocan en los muros. Es lo primero que me enseñan sin palabras: aquí, la luz está puesta para que todos vean la sombra de todos.
Bajo del carruaje cojeando. Nadie me espera. Un soldado me señala un pasillo con la barbilla y dice:
—Comedor. Después, torre este. Último piso.
—¿Y la llave?
—Las puertas de los cadetes no tienen llave.
Se va antes de que pueda preguntar por qué. Supongo que la respuesta es la misma que lo de las antorchas.
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El comedor de la Ciudadela es una nave de piedra con mesas largas, vigas negras y un fuego tan grande al fondo que podría asar un caballo entero.
Huele a sopa de ceniza y a pan quemado. Hay unos doscientos cadetes repartidos por año: los de tercero junto al fuego, los de segundo en el medio, y los de primero, los catorce de hoy, apiñados en la mesa más cercana a la puerta, todavía de blanco, todavía con los ojos brillantes.
Cuando entro, se callan todos.
Estoy empezando a acostumbrarme.
No es como en el borde, ese silencio enorme de diez mil personas. Este es más chico y más feo. Es el silencio de doscientas personas que ya decidieron qué piensan de ti.
Seren no está. Busco su pelo, su espalda derecha, y no la encuentro. No sé si me alivia o me duele.
Tomo un cuenco de sopa del mostrador. La mujer que sirve evita tocarme los dedos al pasármelo. Miro la mesa de primer año: catorce personas y ningún lugar libre que no implique sentarse pegada a alguien que me va a odiar por eso.
Así que me siento sola, en la punta de una mesa vacía, junto a la puerta, donde entra el frío.
Duro diez segundos sola.
—¿Está ocupado?
Levanto la vista. Es un chico de mi edad, flaco, con el pelo color paja revuelto como si alguien lo hubiera secado con un rastrillo, pecas hasta en las orejas y un uniforme de cadete que le queda tan grande que las mangas le tapan las manos. Tiene un cuenco de sopa en cada mano.
—Hay como cuarenta asientos libres —digo.
—Sí, pero este tiene vista a la puerta. Si alguien viene a matarnos, lo vemos primero. —Se sienta frente a mí sin esperar respuesta y empuja uno de los cuencos hacia mí—. Traje dos porque pensé que tú no ibas a querer hacer la fila otra vez. Con el tobillo y todo.
Me le quedo mirando.
—¿Quién eres?
—Kip. Kip Arden. Hasta esta mañana fregaba las ollas de esta cocina. —Sonríe, y le faltan dos dientes de atrás—. Ahora soy cadete. La vida es rara.
—¿Cómo…?
—Me mandaron a llevar agua a los soldados de la base de la escalera, durante el Descenso. —Se encoge de hombros—. Estaba ahí, con mis baldes, cuando la gente empezó a gritar porque alguien había caído. Tú, supongo.
—Supongo.
—Y en ese momento, algo salió de la grieta de la pared, chiquito, así —junta las manos como si sostuviera un pájaro—, y se me metió en la sombra. Así nomás. Sin pedir permiso.
Me tenso. Adentro, algo levanta la cabeza.
—¿Una umbría?
—Eso dijeron. Yo pensé que era una rata. —Mira hacia abajo, hacia su sombra en el piso de piedra, que tiembla un poco a la luz del fuego—. Migaja. Sal a saludar.
De la sombra de Kip asoma algo del tamaño de un gato. Negro, de orejas enormes y ojos redondos, con una cola demasiado larga y unas alitas ridículas, como de murciélago recién nacido, que no podrían levantar ni una hoja seca. Me mira. Parpadea.
Y después hace lo mismo que hizo el lobo del Verdugo. Agacha las orejas, retrocede, y se esconde de vuelta en la sombra de Kip.
Kip frunce el ceño.
—Qué raro. Con todo el mundo es muy sociable. Le robó una salchicha a un sargento hace dos horas.
—Debe estar cansado —digo, demasiado rápido.
Kip me mira un segundo más de la cuenta. Tiene ojos castaños, amables, y algo detrás de la amabilidad que no es tonto para nada. Pero no pregunta.
En cambio, dice:
—Mira, lo que pasó hoy en el borde fue lo más increíble que he visto en mi vida.
Te vi subir. Toda la ciudad te vio subir.
Y nadie en esta sala va a ser amable contigo, porque eres la sin sombra que volvió con sombra, y eso los asusta más que si hubieras vuelto con tres cabezas.
—Se mete una cucharada de sopa a la boca—.
Pero yo soy el sirviente que volvió con una rata con alas.
Así que pensé que podíamos ser raros juntos. Así nos asustan menos.
No sé qué decir. Nadie me ha ofrecido nunca nada sin pedir algo a cambio. Ni una vez.
Así que digo lo único que se me ocurre:
—Tu umbría se llama Migaja.
—Le queda bien.
—Es el nombre más triste que he escuchado.
—Eso es porque no has escuchado el mío completo. —Se inclina hacia mí, conspirativo—. Kipling Bartholomew Arden.
Y me río.
Me río de verdad, con la boca llena de sopa, tanto que me tengo que tapar la cara. Es el peor día de mi vida, me empujaron a un abismo, caí sobre una montaña de muertos, algo vive dentro de mí, mi madre me tiene miedo, y me estoy riendo con un chico desdentado por culpa de su segundo nombre.
Kip sonríe satisfecho, como si hubiera ganado una apuesta.
Desde la mesa de primer año, alguien nos está mirando.
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Se llama Dalia Morn, y entra al comedor como si fuera suyo.
Tal vez lo es. Los Morn son la Casa más poderosa del Consejo después de la Corona, y ella es su heredera.
Lo sé porque en Valcarne todo el mundo lo sabe, igual que todo el mundo sabe que esta mañana bajó la Escalera del Borde como la favorita de las apuestas y subió con una umbría alada, como predijeron los apostadores.
Es alta, de pelo negro y liso cortado a la altura de la mandíbula, piel pálida, ojos tan claros que parecen de hielo.
Ya no lleva el blanco ceremonial: viste el negro de la Ciudadela con un broche de plata en forma de cuervo y bordes plateados en las mangas.
Detrás de ella vienen tres chicas de primer año, como los pájaros chicos que siguen al grande.
Camina directo hacia nuestra mesa.
Kip deja la cuchara.
—Oh, no —murmura.
Dalia se detiene a un paso de mí. No me mira a la cara. Me mira entera, de arriba abajo, como mi madre miraba los géneros en el mercado antes de decidir que no valían el precio.
No dice nada.
No necesita.
Da un paso al costado y, con toda la calma del mundo, con todo el comedor mirando, apoya la bota sobre mi sombra.
El comedor contiene el aliento.
Pisar la sombra de alguien es el peor insulto que existe en Vhal. Peor que escupirle. Peor que una bofetada. Es decirle tú no existes, con el cuerpo, frente a todos. A los jinetes los han retado a duelo por menos. A los tenues los han colgado.
Yo no he tenido una sombra que me pisaran en diecinueve años. No sabía que se sentía.
Se siente como una mano en la garganta.
Y lo que llevo en el pecho despierta.
No sale. Esta vez no hay venas negras. Pero algo, debajo de mi piel, gruñe. Un sonido bajo, grave, que no sale de mi boca. Sale de abajo. Del suelo. De la sombra que Dalia está pisando.
Dalia lo escucha. Lo veo en sus ojos de hielo, que por un segundo se abren demasiado.
Y su propia sombra, la sombra perfecta de la heredera de los Morn, se encoge sobre el piso. Algo blanco asoma de ella apenas: la punta de un ala de plumas pálidas, que tiembla y se esconde de nuevo.
Dalia levanta la bota.
Lo hace despacio, como si hubiera sido su idea. Su cara vuelve a ser perfecta. Pero yo la estoy mirando fijo, y veo cómo se le mueve la garganta al tragar.
—Bienvenida a la Ciudadela, Veyl —dice. Tiene una voz grave y lenta, de esas que nunca tuvieron que levantarse para que alguien las obedeciera—. Te doy una semana.
—¿Para qué?
—Para que te des cuenta de que no perteneces aquí. —Inclina la cabeza—. O para que alguien se dé cuenta por ti.
Se va. Sus tres pájaros la siguen.
El comedor vuelve a respirar, de a poco, como si alguien hubiera abierto una ventana.
Kip suelta el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Bueno —dice—. Eso fue un desastre. —Me mira—. ¿Qué fue ese ruido?
—¿Qué ruido?
Me mira otro segundo más.
Y de nuevo, no pregunta.
Empiezo a sospechar que Kip Arden es la persona más inteligente de este comedor.
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La torre este tiene ciento ochenta escalones, y el último piso es un cuarto.
Uno solo. Al final de una escalera de caracol tan angosta que tengo que subir de lado, con el tobillo protestando en cada peldaño. Los demás cadetes de primero duermen en los barracones del ala norte, en filas de camas, juntos. A mí me pusieron aquí, sola, en lo alto de una torre, lejos de todo.
No sé si es para protegerme a mí o para proteger a los demás de mí.
La puerta no tiene llave, como prometió el soldado. Tampoco tiene cerrojo. La empujo y entra la luz de la luna por una ventana estrecha: una cama angosta, un baúl, una palangana, un candelabro sin vela. Huele a polvo y a piedra fría. Es más grande que mi cuarto en la despensa.
Me siento en la cama. Me saco el anillo del chico Ardane del corsé y lo dejo sobre el baúl. Saco la página de mi abuela del bolsillo y la aliso sobre mi rodilla, aunque ya no hay luz para leerla. No me hace falta. La sé de memoria.
Tenle miedo a la que lo despedazó.
Cierro los ojos.
Y es entonces cuando me doy cuenta de que en el cuarto hay alguien más.
No lo escucho. Ese es el problema. No escucho nada: ni el viento contra la ventana, ni el crujido de la torre, ni las voces lejanas de los patios. El silencio es tan completo que mi propio corazón suena como un tambor.
Conozco este silencio.
Abro los ojos.
Está de pie junto a la ventana, en el único rincón donde no llega la luna, tan quieto que lo confundí con la pared. Lleva el mismo negro de esta mañana, sin capa. Tiene los brazos cruzados. Y su sombra no existe, porque él está hecho de sombra.
—¿Cuánto rato llevas ahí? —pregunto, y me sale casi firme.
Theron Vask da un paso hacia la luz. La luna le cae sobre la mitad de la cara, sobre la cicatriz doble de la ceja, sobre los ojos grises que me miraron esta mañana como si fuera algo que ya estaba muerto.
Ahora me miran distinto. No sé cómo. Peor, creo.
—Lo suficiente para ver que no lloras cuando estás sola —dice—. Eso es bueno. Aquí, todos escuchan.
—Las puertas no tienen llave.
—No. —Hace una pausa—. Tampoco tienen sentido las llaves cuando la mitad de la gente que vive aquí puede caminar a través de las sombras.
Me obligo a no mirar hacia la mía, en el piso.
—¿Viniste a terminar lo de esta mañana?
—Si hubiera venido a eso, no estarías haciendo preguntas.
Lo dice sin amenaza. Como quien dice que llueve. Y eso es peor que si me hubiera amenazado.
Se acerca otro paso. Me pongo de pie, aunque el tobillo me grita. No sé por qué. Supongo que no quiero que me mire desde arriba.
Ahora estamos a un brazo de distancia, y él tiene que bajar un poco la cabeza para mirarme a los ojos, y yo tengo que subirla, y ninguno de los dos aparta la vista.
—Escúchame bien, Mara Veyl —dice, y es la primera vez que dice mi nombre, y lo dice como si lo estuviera aprendiendo—. Hoy mentí por ti frente a toda la ciudad. No sé lo que eres. No sé lo que trajiste de abajo. Pero sé lo que le hizo a mi umbría, y sé lo que pasaría si alguien más lo viera.
—¿Qué pasaría?
—Morirías. —Sin pausa. Sin adorno—. Y no rápido.
Trago saliva.
—¿Por qué mentiste?
Algo se mueve en su cara. Lo mismo de esta mañana: rápido, y desaparece antes de que pueda nombrarlo.
No me contesta. Se inclina un poco más, tan cerca que siento el frío que trae consigo, ese frío de piedra y de lluvia, y cuando vuelve a hablar es casi un susurro, como si temiera que hasta la torre lo escuchara.
—Escóndelo. Lo que sea que llevas adentro, escóndelo de todos. De tus amigos, de tus profesores, de tu hermana. Del Consejo. De la Reina. —Sus ojos plateados bajan un segundo a mi boca y vuelven a subir—. Porque si lo muestras, Mara Veyl, si alguna vez lo muestras…
El silencio a nuestro alrededor se vuelve tan espeso que podría tocarlo.
—Te mato yo.