GITANA: Un amor prohibido Epílogo #2
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Epílogo #2

Aitana no se fue de Loíza —no se fue porque Loíza era donde nació y donde la verdad salió y donde el nombre que le robaron le fue devuelto—.

Pero Aitana ya no vivía en la finca —la finca era ceniza y el ceniza era la verdad y la verdad era que la finca ya no existía—.

Aitana vivía en una casa pequeña —una casa de coralina y techo de zinc y ventanas con persianas verdes como todas las casas de Loíza, una casa que era más pequeña que el cuarto del tercer piso pero que era, por primera vez, suya—.

Aitana vivía en la casa de Florina —la casa de la colina, la casa donde nació, la casa donde la partera la recibió y donde ahora la partera la recibía de nuevo, no como la Gitana sino como Aitana—.

Aitana bailaba —bailaba como bailaba antes de la marca, bailaba con los pies descalzos y las manos abiertas y la falda que giraba como gira lo que no tiene cadena, bailaba en las fiestas de Loíza y en la playa y en la casa de Florina cuando ponía la radio y la canción sonaba—.

Y Aitana bailaba la bomba —la bomba de Loíza, la bomba que era el ritmo de los esclavos y que ahora era el ritmo de la libre, la bomba que decía con el cuerpo lo que los labios no podían decir—.

Y cuando Aitana bailaba, la gente la miraba —la miraba como se mira al que fue marcado y que ahora es libre, la miraba como se mira la verdad cuando la verdad tiene cuerpo y pies y movimiento—.

Aitana y Mateo no vivían juntos —no vivían juntos porque la salida no fue la pareja sino la elección, porque la libertad de Aitana necesitaba espacio y el espacio era la distancia y la distancia era el leitmotiv—.

Aitana y Mateo se veían —se veían en la plaza los domingos, se veían en la playa al atardecer, se veían con la frecuencia de los que se aman sin poseerse, se veían con la distancia del leitmotiv que siempre fue la conexión sin la proximidad—.

Y cuando se veían, no hablaban de la marca —no hablaban de la marca porque la marca ya no existía, la marca era una cicatriz y las cicatrices no se hablan sino que se llevan—.

Hablaban de la música —hablaban de la plena y de la bomba y de la canción que seguía sonando, hablaban de lo que tocaban y de lo que bailaban y de lo que cocinaban y de lo que vivían—.

Y a veces —a veces— no hablaban. A veces se quedaban sentados en el banco del flamboyán con el sonido del mar y el sonido de la plaza y el sonido de la canción que no necesitaba tocarse porque ya estaba en el aire—.

Y la conexión era la misma —la conexión del leitmotiv, la conexión que no necesitaba proximidad, la conexión que era la esencia de lo que Mateo y Aitana fueron desde la primera nota en el salón de Don Jairo—:

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero

Y eso era amor —no el amor que posee sino el amor que permite, no el amor que marca sino el amor que libera, no el amor que encierra sino el amor que suelta—.

Y Mateo lo sabía —lo sabía con la sabiduría del que pagó el precio más alto y que descubrió que el precio no era la pérdida sino la entrega—.

Y Aitana lo sabía —lo sabía con la sabiduría del que fue marcada y que eligió caminar sola y que descubrió que caminar sola no era estar sola sino ser libre—.

Y ahora —ahora en la plaza del carnaval de Loíza, siete meses después— Mateo abrió el estuche.

Sacó el King 3B —el nuevo, el de la tienda de Santurce, el que no era el de Esteban pero que tenía el mismo sonido—.

Y Mateo armó el trombón —armó la vara, armó la boquilla, armó el instrumento con los gestos que conocía de memoria, los gestos que Esteban le enseñó y que Fermín le enseñó y que Mateo practicó diez mil veces—.

Y Mateo miró la plaza —la miró como se mira el lugar donde todo empezó y donde todo sigue, la miró como se mira lo que ya no es escenario sino vida—.

Y Mateo vio a Fermín —Fermín al otro lado de la plaza con su conga, Fermín que nunca se fue, Fermín que era la cadena que seguía sonando—.

Y Mateo vio a Kike —Kike con los timbales, Kike que estuvo en La Guasábara aquella primera noche y que ahora estaba en la plaza de Loíza porque la música viaja como viaja la verdad—.

Y Mateo vio a Darío —Darío con el micrófono de la radio comunitaria, Darío que iba a transmitir lo que Mateo tocara porque lo que Mateo tocara era la canción y la canción era la verdad y la verdad se transmitía—.

Y Mateo levantó el King 3B —lo levantó como se levanta lo que se ama, lo levantó como se levanta la voz cuando la voz es la única cosa que queda, lo levantó como se levanta la canción cuando la canción es la carta es la llave es la puerta es la salida—.

Y Mateo tocó.

Tocó la canción —la canción completa, la canción que Esteban empezó en 1963 y que Mateo terminó en 1985, la canción que era la carta y la llave y la puerta y la salida—.

Tocó la primera nota —la nota que fue «Por si un día me muero»— y la nota salió del King 3B y se metió en la plaza y la plaza la recibió como recibe lo que siempre esperó—.

Tocó la segunda nota —«Gitana, Gitana»— y la gente que estaba en la plaza reconoció la nota porque la nota era la canción y la canción era la verdad—.

Tocó la tercera nota —«Sé que nunca fuiste mía»— y la nota fue la confesión y la confesión fue la verdad y la verdad fue la cadena—.

Y la plaza cantó —cantó como cantó aquella tarde de agosto, cantó con la voz de los que no son profesionales sino pueblo, cantó con la voz de Loíza que era la voz de la bomba y la plena y la canción y la verdad—.

Y la canción subió —subió por encima de los flamboyanes y de la iglesia y de los techos de zinc, subió por encima de Loíza y de Puerto Rico y del Caribe, subió como sube lo que no se puede detener—.

Y Aitana estaba ahí.

Aitana estaba en la plaza —estaba de pie junto a Florina, con los pies descalzos y una falda de colores que no era la falda de la Gitana sino la falda de Aitana Martínez Vega, la falda que giraba cuando Aitana bailaba y que ahora giraba con el viento de la canción—.

Aitana escuchó la primera nota —y no se volteó, porque el leitmotiv no necesita que se volteen—.

Aitana escuchó la segunda nota —y sonrió, porque la canción era la carta y la carta era la llave y la llave era la puerta—.

Aitana escuchó la tercera nota —y bailó—.