GITANA: Un amor prohibido Epílogo
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Epílogo

La Canción que Queda

El carnaval de Loíza empezó como empiezan todas las cosas en el Caribe: con el sonido.

No con el sonido organizado de la plena ni con el sonido ensayado de la orquesta —con el sonido disperso, múltiple, anárquico de los tambores que se despiertan solos cuando febrero llega y el calor cambia y el aire sabe a algo que no es verano ni invierno sino carnaval—.

Los tambores de Loíza no necesitan permiso —necesitan febrero, y febrero llegó—.

La diferencia era la canción.

La canción de Esteban —«Gitana»— ya no era una canción.

Era la canción. La canción que la gente de Loíza cantaba en las fiestas y en los velorios y en las mañanas cuando el café espesaba el aire de las cocinas.

La canción que los niños aprendieron antes de aprender el abecedario —porque la canción era el abecedario de Loíza, la letra con la que se deletreaba la verdad—.

La canción que los viejos tarareaban en las mecedoras mientras mecedían y recordaban y no sabían si lo que recordaban era la canción o la tarde en que la canción sonó por primera vez en la plaza—.

La canción era la carta. Y la carta era la llave. Y la llave abrió la puerta. Y la puerta fue la salida. Y la salida dejó algo —dejó la canción—.

Mateo llegó a la plaza a las seis de la tarde —seis de la tarde de un sábado de carnaval, seis de la tarde con el sol que bajaba y pintaba las nubes del color del cobre viejo y el aire que olía a templé y a chicharrón y a ron y a la lluvia que no había llegado pero que se sentía en la humedad—.

Mateo llegó con el estuche del King 3B en la mano derecha —el mismo estuche de cuero marrón, desgastado, con las vetas del color de una herida cicatrizada que ya no era herida sino cicatriz—.

Pero el trombón dentro del estuche no era el King 3B de Esteban —el King 3B de Esteban estaba en una caja de evidencia federal en San Juan, sellado con el número del caso 85-0817-SJ, esperando el juicio que iba a empezar en marzo—.

El trombón dentro del estuche era otro —un King 3B que Mateo encontró en una tienda de instrumentos usados en Santurce, un King 3B que no era el de Esteban pero que tenía el mismo sonido, el mismo latón, la misma resonancia que viajaba por el aire y que encontraba la verdad—.

Mateo caminó por la plaza —caminó con los pasos que conocían el camino, los pasos que recorrieron esta plaza cientos de veces, los pasos que sabían dónde estaba la tabla suelta del banco del flamboyán y dónde estaba la sombra a las seis de la tarde—.

Y Mateo se sentó en el banco —el banco bajo el flamboyán, el banco donde Fermín se sentó aquella tarde, el banco donde Mateo esperó mientras la plaza cantaba—.

Mateo no abrió el estuche —no todavía—. Mateo se sentó y miró la plaza —la miró como se mira lo que cambió y que sigue cambiando, la miró como se mira el lugar donde la vida dio un giro y que ahora gira con la resonancia del giro—.

Y Mateo pensó en lo que pasó después de aquella noche —pensó en los siete meses que transcurrieron desde que la finca ardió y Don Jairo fue arrestado y Aitana caminó sola por la carretera 187—.

Lo que pasó después fue lo que pasa cuando la verdad sale: la consecuencia.

Don Jairo Heredia Caló estaba en la prisión federal de Guaynabo —en una celda que era más pequeña que el salón de la finca pero que era, por primera vez, el tamaño correcto para un hombre solo—.

El juicio estaba programado para marzo. Los cargos eran firmes —Florina declaró, Lorena certificó, Mercedes testificó, la carta de Esteban fue admitida como evidencia, el acta de nacimiento fue verificada por el Registro Demográfico, la Browning de Yago fue rastreada hasta tres disparos no reportados—.

Y los abogados de Don Jairo —los abogados que no eran los de Cádiz sino los de San Juan, los de la isla, los que cobraban por hora y no por lealtad— le dijeron lo que Don Jairo ya sabía: los cargos no se pueden desestimar.

La cadena no se puede romper. La verdad no se puede borrar.

Don Jairo no apeló —no apeló porque apelar era negar y Don Jairo ya no negaba, Don Jairo reconocía—.

Don Jairo reconocía con la calma del que entiende que la prisión no es la celda sino la mentira y que la libertad no es la calle sino la verdad.

Y Don Jairo en la celda era más libre que Don Jairo en la finca —porque en la celda no había marca, no había ojos, no había sistema—.

Solo había Don Jairo y la verdad y el silencio de la noche que era, por primera vez, silencio y no vigilancia—.

Yago Montalvo no fue procesado —Salazar lo interrogó durante catorce horas y Yago confesó todo: los veintidós años como ojos principales, las visitas al tercer piso, el conocimiento del encierro, la Browning, la llave—.

Pero Yago también entregó la cadena —la cadena de los ojos, la red de vigilancia, los nombres de los doce y los que no contestaron y los que estaban bajo observación—.

Y Salazar, con la información de Yago, desmanteló los últimos hilos de la red.

Yago recibió inmunidad parcial —no por la justicia de la ley sino por la justicia de la cadena: Yago fue el eslabón que entregó la llave, y la llave era la salida—.

Yago se fue —se fue de Puerto Rico, se fue en un avión que tomó en el aeropuerto Isla Verde un jueves de septiembre, se fue con una maleta que pesaba menos que la Browning y un boleto que no tenía regreso—.

Yago se fue como se va el que eligió y que la elección le costó todo —la red, la posición, la identidad— pero que le dio lo único que Yago nunca tuvo: la certeza de que la elección fue propia—.

Yago se fue a Barcelona —a Barcelona porque Barcelona era la ciudad donde la abuela Heredia nació antes de cruzar el Atlántico, y Yago quería ver el lugar donde empezó la mentira, para entender que las mentiras también tienen cuna—.

Mercedes Colón quedó en Loíza —se quedó porque Loíza era su pueblo y la cocina era lo que sabía hacer y la verdad era lo que dijo—.

Mercedes abrió una fritura en la calle principal —una fritura pequeña, con tres mesas y una cocina de gas y el olor del ocotillo que era el olor de Mercedes y que ahora era el olor de la comida que Mercedes cocinaba sin esconder nada, sin guardar cuadernos, sin escribir versos en las paredes—.

Y la fritura se llamaba «La Cocina de la Verdad» —no porque Mercedes eligiera el nombre sino porque la gente de Loíza empezó a llamarla así y los nombres que la gente elige son los nombres que duran—.

Florina Pacheco siguió en su casa —la casa de la colina donde trajó a Aitana al mundo veintidós años atrás, la casa donde el papel de estraza con la mancha de ocotillo esperó en la pared veintidós años para ser lo que siempre fue: la verdad—.

Florina siguió siendo la partera —la partera de los cuerpos y la partera de la verdad—.

Y Florina decía, cuando las embarazadas le preguntaban si el niño iba a ser sano: «El niño va a ser lo que Dios quiera.

Pero la verdad —la verdad siempre sale.»

Lorena Segarra siguió siendo abogada —pero Lorena ya no era la abogada que luchaba contra el viento sino la abogada que demostró que el viento tiene dirección—.

El caso 85-0817-SJ la hizo conocida —la conocieron en los tribunales de San Juan, la conocieron en la escuela de derecho, la conocieron las mujeres que necesitaban a alguien que no se rindiera—.

Y Lorena aceptó los casos que otros rechazaban —los casos de las mujeres marcadas, los casos de los nombres robados, los casos de las identidades que alguien decidió cambiar sin permiso—.

Porque Lorena sabía lo que costaba una marca —y Lorena no iba a dejar que otra marca quedara sin certificación—.

Fermín Torres seguía en Loíza —se quedó porque Loíza era donde estaba el King 3B de Esteban y el King 3B de Esteban era la cadena y Fermín era la cadena y la cadena era la verdad—.

Fermín recuperó el trombón —no el trombón original, que estaba en evidencia federal, sino la copia que el FBI devolvió después de procesarla: el mismo latón, la misma campana, la misma vara, pero con las etiquetas de evidencia que Fermín no quitó porque las etiquetas eran parte de la historia—.

Y Fermín tocaba —tocaba en la plaza los domingos, tocaba en las fiestas de Loíza, tocaba con la reverencia del que toca algo que no es suyo sino de todos—.

Y la gente de Loíza escuchaba —escuchaba como se escucha la canción que ya no es canción sino verdad—.

Darío Quiñones siguió en la radio —la radio comunitaria de Loíza, la radio que transmitía la plena y la bomba y la noticia y el chisme y la canción—.

Y Darío leyó la carta de Esteban en la radio —la leyó una vez, y la gente grabó la lectura con casetes que se copiaron y se pasaron de mano en mano hasta que la carta de Esteban fue más conocida que cualquier canción en la radio—.

Y Darío decía, cada vez que alguien le preguntaba por la carta: «Yo no leí la carta. La carta se leyó sola.»

Y Aitana.

Aitana Martínez Vega.

Aitana caminó sola —caminó sola la noche de la finca, caminó sola por la carretera 187, caminó sola hasta la playa de Loíza donde el mar era negro y las olas rompían con la paciencia del que siempre vuelve—.

Y Aitana se sentó en la arena —se sentó con los pies descalzos y el vestido blanco y el acta en una mano y la carta de Mateo en la otra—.

Y Aitana leyó la carta otra vez —leyó las cuatro líneas que Mateo escribió en la noche del encierro, las cuatro líneas que eran la canción convertida en confesión—:

Por si un día me muero

Y tú lees este papel

Que sepas lo mucho que te quiero

Aunque no te vuelva a ver

Y Aitana dobló la carta —la dobló con la reverencia del que guarda lo que vale, la dobló como se dobla lo que se lleva en el pecho—. Y Aitana miró el mar —miró el mar como se mira lo que no tiene dueño, como se mira lo que es de todos y de nadie, como se mira la libertad—.