GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 24 #4
98%

CAPÍTULO 24 #4

La cuarta nota —Sin quererte yo te quiero—.

Y la nota era la contradicción que es la verdad del amor —que se quiere sin querer, que se ama sin poseer, que se suelta sin soltar—.

Y la nota se desvaneció —se desvaneció como se desvanecen las cosas que son verdad: lentamente, con la resonancia que queda después de que el sonido se fue, con el eco que habita el aire como habita la memoria—.

Y Mateo bajó el trombón —lo bajó con la reverencia del que terminó lo que empezó, lo bajó con la gratitud del que tocó la canción que era la carta que era la llave que era la puerta—.

Y Mateo guardó el King 3B en el estuche —lo guardó como se guarda lo que fue de otro y que se devuelve a la noche, lo guardó como se guarda el instrumento que fue la voz de Esteban y la voz de Fermín y la voz de Mateo—.

Y Aitana caminó —caminó por la carretera 187 con los pies descalzos y el vestido blanco y el acta de nacimiento en una mano y la carta de Mateo en la otra, caminó con la noche del Caribe que la recibía como recibe el mar a los que se tiran, caminó con la libertad que no era la ausencia de la marca sino la presencia de la elección—.

Y Aitana caminó sola —sola como se camina cuando los pies son propios, sola como se camina cuando el camino es nuevo, sola como se camina cuando la puerta se abrió y la salida está ahí y nadie la empuja—.

Y Mateo la miró caminar —la miró desde la carretera 187 con el estuche del King 3B en la mano y la llave entregada y la canción tocada y la carta dada y la verdad dicha—.

Y Mateo no la siguió —no la siguió porque seguir sería poseer y poseer era lo que Don Jairo hizo y Mateo no era Don Jairo, Mateo era el muchacho que la canción eligió y que eligió la canción y que ahora elegía la cosa más difícil del mundo: dejar que la persona que ama camine sola—.

Y la finca ardió —ardió detrás de ellos con la llama que era la consecuencia de veintidós años de mentira, ardió con la caoba y la coralina y el zinc y la memoria, ardió como arde todo lo que ya no puede sostenerse—.

Y el humo subió —subió contra las estrellas, subió con la ceniza que era la finca convirtiéndose en aire, subió con las palabras que eran de aire y que iban al aire—.

Y Florina alcanzó a Aitana en la carretera —la alcanzó sin invadir, la alcanzó con la distancia del que acompaña sin dirigir, la alcanzó como se alcanza a quien camina solo cuando caminar solo es la elección—.

Y Florina no habló —no habló porque la elección de Aitana era la elección y las palabras no añadían nada a la salida—.

Y Mateo se quedó —se quedó en la carretera 187 con el estuche del King 3B y la noche y el fuego y la soledad que era más grande que la compañía porque era la soledad de la verdad—.

Y Mateo pensó en la canción —la canción que Esteban empezó y que Mateo terminó, la canción que era la carta y la llave y la puerta y la salida—.

Y Mateo pensó en Aitana —Aitana que caminaba sola, Aitana que eligió la salida, Aitana que era la Gitana y que ya no era la Gitana sino Aitana Martínez Vega, hija de Esteban y de Lola, nieta de la verdad, dueña de sus pies—.

Y Mateo pensó en lo que la canción siempre dijo —lo que la canción dijo desde la primera nota hasta la última, lo que la canción dijo cuando Don Jairo la registró como marca Caló y que resultó ser la carta de un muerto, lo que la canción dijo cuando la plaza la cantó y cuando el trombón la tocó frente al fuego—. La canción dijo lo que siempre dijo:

Sé que nunca fuiste mía

Ni lo ha sido, ni lo eres

Pero de mi corazón

Un pedacito tú tienes

Y Mateo comprendió —comprendió con la comprensión que es más dolorosa y más verdadera que la felicidad, comprendió que amar no es tener, que querer no es poseer, que la canción no era la declaración de la conquista sino la confesión de la entrega—.

Y Mateo comprendió que la última estrofa no era una despedida sino una verdad —la verdad de que Aitana nunca fue suya y que nunca lo sería y que eso era exactamente lo que hacía que valiera la pena—.

Y Mateo se dio la vuelta —se dio la vuelta en la carretera 187 y empezó a caminar de vuelta a Loíza, caminó con el estuche del King 3B en la mano y la noche en la cara y la canción en el pecho, caminó como se camina cuando se ha perdido lo que más se ama y se sabe que perderlo era la única manera de amarlo—.

Y mientras caminaba, Mateo pensó en la frase —la frase que Esteban escribió en la carta, la frase que la pared de la cocina mostró a medias, la frase que Don Jairo repitió cuando le pusieron las esposas, la frase que era la ecuación de todo—.

Y Mateo la dijo —la dijo en voz baja, la dijo como se dice lo que ya no necesita demostración, la dijo como se dice la verdad cuando la verdad ya no es una revelación sino un hecho—:

La canción es la carta.

La canción que Esteban escribió en 1963 era la carta que Aitana leería en 1985 —la carta que le decía quién era, la carta que le devolvía el nombre, la carta que era la verdad escrita en notas y en palabras y en versos de cocina—.

La carta es la llave.

La carta de Esteban era la llave que abrió la cadena —la cadena de Florina y Lorena y Mercedes y Darío y Fermín y Mateo y Aitana—. La llave no era de metal sino de verdad —y la verdad abrió lo que el metal no pudo—.

La llave abre la puerta.

La llave de bronce que Yago entregó abrió la puerta de la finca —pero la puerta que la verdad abrió era la puerta del encierro, la puerta de la marca, la puerta que durante veintidós años estuvo cerrada con la mentira de que Aitana era Caló—. Y la verdad abrió la puerta —y la puerta era la salida—.

Y la puerta —la puerta es la salida.

Y la salida era Aitana caminando sola por la carretera 187 —con los pies descalzos y el vestido blanco y el acta en una mano y la carta de Mateo en la otra—.

La salida era Mateo caminando en dirección contraria —con el King 3B de Esteban y la canción en el pecho y la libertad de haber elegido lo más difícil—.

La salida era la finca ardiendo —porque la prisión que se construyó sobre la mentira no puede existir cuando la verdad la alcanza—.

La salida era Don Jairo en el sedan del FBI —con las manos esposadas y la comprensión que era la consecuencia de veintidós años de omisión—.

La salida era la canción —la canción que era la carta que era la llave que era la puerta que era la salida—.

Y Mateo caminó —caminó por la carretera 187 hacia Loíza, caminó con el sonido del fuego detrás y el sonido del mar adelante y el sonido de la canción adonde quiera que fuera—.

Y la noche del Caribe lo recibió —lo recibió con el olor de la sal y la humedad y la ceniza que viajaba en el viento, lo recibió como recibe la noche al que eligió la verdad—.

Y la canción siguió sonando —sonando en el aire que era de aire, sonando en las lágrimas que eran de agua e iban al mar, sonando en el fuego que era la consecuencia y en la elección que era la salida—.

La canción siguió sonando porque la canción no es lo que se toca sino lo que queda cuando todo se tocó —la resonancia, el eco, la verdad que habita el aire como habita la memoria, como habita el mar, como habita la salida—.

La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta —la puerta es la salida.