GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

Salazar condujo a Don Jairo hacia el sedan —lo condujo con la formalidad del arresto, lo condujo con la puerta que se abría y que era la entrada al sistema legal que Don Jairo evadió durante veintidós años—.

Y Don Jairo entró al sedan —entró con las manos esposadas, entró con la cabeza que ya no era alta, entró como entra el que cruza la puerta que siempre estuvo ahí pero que nunca eligió—.

Y Mateo sacó la llave del bolsillo —la llave de bronce que Yago le entregó, la llave maestra de la finca, la llave que abría todas las puertas—. Y Mateo le entregó la llave a Salazar.

—¿Qué es esto? —preguntó Salazar.

—La llave de la finca —dijo Mateo—. La llave que Don Jairo le dio a Yago. La llave que Yago me dio. La llave que abre la puerta. Y la puerta es la salida.

Salazar tomó la llave —la tomó como se toma la evidencia, la tomó como se toma lo que cierra un caso—. Y Salazar miró la llave —miró el bronce viejo, miró los dientes que abrían las puertas de una finca que ahora ardía—.

—La finca ya no necesita llave —dijo Salazar—. La finca se está quemando.

—No —dijo Mateo—. La finca se está quemando. Pero la puerta que la llave abría siempre fue la salida. Y la salida no es la finca. La salida es la elección.

Salazar asintió —asintió con la comprensión del que entiende que el caso no era sobre una finca ni sobre una llave sino sobre la libertad y la prisión y la elección—. Y Salazar guardó la llave —la guardó como evidencia, la guardó como el último eslabón material de una cadena que ya era verdad—.

Los sedanes se fueron —se fueron con Don Jairo en el asiento trasero del primer sedan, se fueron con los agentes en los otros, se fueron con la orden y las esposas y la ley y la consecuencia—.

Y Mateo se quedó —se quedó de pie frente a la finca que ardía, se quedó con el King 3B de Esteban en la mano, se quedó con la noche y el fuego y la soledad—.

Y la finca ardió —ardió con la llama que era la caoba y la coralina y el zinc y el mantel de la abuela Heredia y el retrato que se torció por última vez antes de que el fuego lo alcanzara y los versos de Lola que ya estaban medio quemados y que ahora se quemaron del todo—.

Y la finca ardió como arde la mentira cuando la verdad la alcanza —no de golpe sino de adentro, no con la explosión del espectáculo sino con la combustión lenta de lo que ya no puede sostenerse—.

Y Mateo miró el fuego —lo miró sin alegría, lo miró sin tristeza, lo miró con la cosa que es más grande que la alegría y la tristeza: la verdad. La verdad que era la finca ardiendo y la canción sonando y la cadena completándose y la puerta abriéndose—.

§

Carretera 187, bajada de la finca. 9:14 p.m.

Aitana llegó caminando —caminó por la carretera 187 como caminó la carretera la primera vez que salió de la finca sin permiso, caminó con los pies descalzos que pisaban la grava y el asfalto y la tierra, caminó con el vestido que no era el vestido de la Gitana sino un vestido blanco que Florina le dio, caminó con el acta en la mano y la verdad en el pecho—.

Aitana no vino sola —Florina caminaba detrás de ella, a tres metros, con la distancia del que respeta y que acompaña sin imponerse—.

Lorena estaba en la plaza, coordinando los documentos legales.

Fermín estaba en el banco del flamboyán, esperando.

Pero Aitana caminó sola —sola como se camina cuando la elección es propia, sola como se camina cuando los pies ya no siguen la marca sino el camino—.

Aitana llegó a la altura de la finca —llegó y vio el fuego y vio la columna de humo y vio a Mateo de pie con el King 3B de Esteban y vio los sedanes del FBI que se iban por la carretera—.

Y Aitana se detuvo —se detuvo como se detiene el que ve lo que fue su prisión convertida en ceniza, se detuvo como se detiene el que reconoce que la prisión ya no existe—.

Aitana no lloró —no lloró frente al fuego como no lloró frente al retrato de la abuela Heredia, como no lloró cuando leyó el acta, como no lloró cuando Florina le dijo la verdad—.

Aitana miró el fuego con los ojos que siempre fueron grandes y oscuros y que ahora, por primera vez en veintidós años, miraban sin la sombra de la marca —miraban como miran los ojos que no tienen dueño—.

Mateo la vio —la vio desde los veinte metros donde estaba, la vio con el King 3B en la mano, la vio como la vio la primera vez en el salón de Don Jairo: con la respiración que se detiene y el corazón que acelera y la certeza de que la vida se divide en antes y después de verla—.

Pero esta vez era diferente —esta vez Mateo la veía sin la marca, sin la prisión, sin el retrato de la abuela Heredia torciéndose en la pared—.

Esta vez Mateo la veía libre —y Aitana libre era lo más hermoso y lo más aterrador que Mateo había visto en su vida—.

Mateo caminó hacia ella —caminó los veinte metros que los separaban, caminó con el King 3B en la mano derecha y algo más en la mano izquierda, caminó como se camina hacia lo que se ama cuando lo que se ama ya no es de uno—.

Mateo se detuvo a un metro de Aitana —se detuvo con la distancia del que respeta, con la distancia del que ama pero que no posee, con la distancia del leitmotiv que siempre fue la conexión sin la proximidad—.

Y Mateo la miró —la miró como se mira lo que se ama más que a la vida, la miró como se mira lo que se suelta, la miró como se mira la salida—.

—Aitana —dijo Mateo.

—Mateo.

Y no hubo más palabras —no hubo más palabras porque las palabras eran de aire y iban al aire, porque las lágrimas eran agua e iban al mar, porque lo que quedaba entre ellos no era lo que se dice sino lo que se siente—. Y Mateo le entregó lo que llevaba en la mano izquierda—.

Un sobre —un sobre pequeño, blanco, doblado—. El sobre con la caligrafía de Mateo, la caligrafía que Don Jairo vio en la roca del tercer piso, la caligrafía que Mateo escribió la noche que creyó que iba a morir—.

El sobre decía: «Para Aitana. Si no vuelvo.»

Aitana tomó el sobre —lo tomó con las manos que temblaban, lo tomó como se toma lo que es la vida de otro resumida en un papel, lo tomó como se toma la carta-testamento de alguien que la amó tanto que escribió lo que sentiría si ya no estuviera—.

Aitana abrió el sobre —lo abrió con la lentitud del que sabe que lo que va a leer va a cambiarlo todo, lo abrió como se abre lo que se guardó para la incertidumbre—.

Y Aitana leyó —leyó la carta que Mateo escribió en la noche del encierro, la carta que era la canción convertida en palabras, la carta que era la confesión de un hombre que amó tanto que escribió lo que no pudo decir—:

Por si un día me muero

Y tú lees este papel

Que sepas lo mucho que te quiero

Aunque no te vuelva a ver

Aitana leyó las cuatro líneas —las leyó con los ojos que se llenaron pero que no derramaron, las leyó con la comprensión del que reconoce la carta de alguien que la amó desde el primer sonido del King 3B en el salón de Don Jairo—.

Y Aitana dobló la carta —la dobló con la reverencia del que guarda lo que vale más que la vida, la dobló como se dobla la verdad cuando la verdad es lo único que queda—.

Y Aitana habló —habló con la voz que era la voz de la mujer que recuperó su nombre, habló con la voz que ya no era la Gitana sino Aitana Martínez Vega, habló con la voz que era la salida—:

—Mateo. Yo necesito caminar.

Mateo la miró —la miró con la comprensión que era más dolorosa que la pérdida, la miró con la verdad que es la verdad del amor: que amar es dejar ir—.

—Caminar —repitió Mateo.

—Caminar sola —dijo Aitana—. No porque no te quiera. No porque no necesite tu mano. Caminar sola porque necesito saber que puedo. Que mis pies son míos. Que el camino es mío. Que la salida es mía.

Mateo asintió —asintió con la cosa que es más difícil que retener: soltar, asintió con el amor que no posee sino que libera, asintió como se asiente cuando lo que se ama elige ser libre—.

—Ve —dijo Mateo—. Camina.

Y Aitana caminó —caminó hacia la carretera 187, caminó con los pies descalzos y el vestido blanco y el acta en una mano y la carta de Mateo en la otra, caminó como se camina cuando los pies son propios y el camino es nuevo y la noche es la primera noche de la libertad—.

Aitana no miró atrás —no miró la finca que ardía, no miró a Florina que la seguía a distancia, no miró a Mateo que se quedaba—.

Aitana miró al frente —al frente donde estaba la carretera y la noche y el mar y lo que viniera—.

Y Mateo la miró caminar —la miró como se mira lo que se ama que se va, la miró como se mira la salida, la miró con los ojos que dijeron todo sin decir nada, la miró con el leitmotiv que era la presencia sin el gesto—:

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero

Y Mateo levantó el King 3B —lo levantó una última vez, lo levantó con la vara en la posición de la nota que era el leitmotiv, lo levantó como se levanta la voz que no necesita respuesta sino resonancia—.

Y Mateo tocó —tocó las cuatro notas que eran las cuatro líneas del leitmotiv, las cuatro notas que eran la presencia sin la proximidad, las cuatro notas que eran el amor sin la posesión—:

La primera nota —Sin mirarte yo te miro—. Y la nota salió del King 3B y viajó por la carretera hasta donde Aitana caminaba, y Aitana no se volteó pero Aitana sintió la nota como se siente la verdad —sin verla, sin buscarla, sin pedirla—.

La segunda nota —Sin sentirte yo te siento—. Y la nota era la vibración del latón que se metía en el aire de la noche y que encontraba a Aitana en la carretera y que Aitana sentía sin sentir, que Aitana vivía sin nombrar—.

La tercera nota —Sin hablarte yo te hablo—. Y la nota era la conversación que no necesitaba palabras, la conversación del metal y el silencio, la conversación del que habla con la música porque las palabras ya no alcanzan—.