Epílogo #3
Bailó la bomba —la bomba de Loíza, la bomba que era el ritmo de los esclavos liberados, la bomba que era la respuesta del cuerpo a la cadena que ya no era cadena sino canción—.
Y Aitana bailó con los pies descalzos en la arena de la plaza —porque la plaza de Loíza tiene arena, tiene la arena que el viento trae de la playa, la arena que es la conexión entre la plaza y el mar—.
Y Aitana bailó con los brazos abiertos —abiertos como se abren los brazos del que ya no está encerrado, abiertos como se abren las puertas, abiertos como se abre la salida—.
Y Mateo tocó —tocó la estrofa catártica, la estrofa que fue la profecía y que ahora era la vida—:
Las palabras son de aire, y van al aire
Mis lágrimas son agua, y van al mar
Cuando un amor se muere
Sabes chiquita a dónde va
Y la estrofa sonó —sonó con la resonancia del King 3B que no era el de Esteban pero que tenía el mismo sonido, sonó con la resonancia de la plaza que cantaba, sonó con la resonancia de los siete meses y los veintidós años y la cadena que fue verdad y la verdad que fue salida—.
Y Mateo no la miró —no la miró porque el leitmotiv era la presencia sin el gesto, era la conexión sin la mirada, era el amor sin la posesión—. Y Mateo tocó el leitmotiv —las cuatro notas finales, las cuatro notas que eran las cuatro líneas de la conexión que no se rompió—:
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
Y Aitana bailó —bailó la bomba con los pies en la arena y los brazos en el aire y la falda que giraba, bailó como baila la que es libre, bailó como baila la que eligió, bailó como baila la que tiene el acta en una mano y la carta en la otra y el nombre propio y los pies propios y la salida propia—.
Y la canción terminó —terminó como terminan las cosas que no terminan de verdad, terminó con la resonancia que queda cuando el sonido se va, terminó con el eco que habita el aire como habita la memoria—.
Y Mateo bajó el trombón —lo bajó con la reverencia del que tocó lo que tenía que tocar, lo bajó con la gratitud del que vivió lo que la canción le dio—.
Y Mateo miró la plaza —la miró como se mira lo que ya no es escenario sino vida—.
Y Mateo miró a Aitana —la miró como se mira lo que se ama sin poseer, la miró como se mira la salida—.
Y Aitana dejó de bailar —dejó de bailar con la calma del que terminó lo que tenía que bailar, dejó de bailar con la sonrisa del que descubrió que la libertad no es la ausencia de la marca sino la presencia de la elección—.
Y Aitana caminó —caminó hacia la playa, caminó con los pies descalzos en la arena, caminó como caminó la noche de la finca por la carretera 187, caminó como camina la que eligió y que la elección le basta—.
Y Mateo la miró caminar —la miró como la miró aquella noche, la miró con el leitmotiv que era la presencia sin el gesto, la miró con el amor que no posee sino que permite—.
Y Mateo no la siguió —no la siguió porque seguirla era poseerla y poseerla era lo que Don Jairo hizo y Mateo no era Don Jairo—.
Mateo era el muchacho que la canción eligió y que eligió la canción y que eligió lo más difícil: dejar que la persona que ama camine sola—.
Y la plaza seguía cantando —cantando la canción que ya no era de nadie porque era de todos, cantando la canción que era la carta que era la llave que era la puerta que era la salida—.
Y los tambores de Loíza seguían sonando —sonando con el febrero que era carnaval y con el carnaval que era vida y con la vida que era verdad—.
Y el mar seguía ahí —ahí donde siempre estuvo, con las olas que rompían con la paciencia del que siempre vuelve, con la sal que viajaba en el viento y que se metía en la plaza y en la canción y en la verdad—.
Porque las lágrimas son agua y van al mar —y el mar es donde terminan las cosas que no terminan de verdad, el mar es donde empiezan las cosas que empezaron hace mucho, el mar es donde la canción se convierte en ron y el ron se convierte en música y la música se convierte en verdad—.
Y la verdad —la verdad era la canción.
Y la canción era la carta.
Y la carta era la llave.
Y la llave era la puerta.
Y la puerta era la salida.
Y la salida era la vida —la vida de Aitana caminando sola, la vida de Mateo tocando la canción, la vida de Loíza cantando lo que siempre fue verdad, la vida del Caribe que no pide permiso para ser—.
Y la canción siguió sonando —sonando en la plaza y en la playa y en la carretera 187 y en la casa de Florina y en la fritura de Mercedes y en la radio de Darío y en los tambores de Fermín y en el King 3B que no era el de Esteban pero que tenía el mismo sonido—.
La canción siguió sonando porque la canción no es lo que se toca sino lo que queda cuando todo se tocó —la resonancia, el eco, la verdad que habita el aire como habita la memoria, como habita el mar, como habita la salida—.
Y si un día caminas por la carretera 187 —en cualquier época del año, en cualquier hora del día— y el viento sopla del noreste y trae el olor de la sal y de la caoba quemada y de algo que no se nombra pero que se siente —detente—.
Detente y escucha. Porque la canción sigue ahí —en el aire, en la noche, en la memoria de Loíza, en la resonancia de un King 3B que alguien tocó hace mucho y que alguien volverá a tocar—.
La canción sigue ahí porque la canción es la verdad —y la verdad, como el mar, siempre vuelve—.
La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta —la puerta es la salida.