GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 19 #7
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CAPÍTULO 19 #7

Y la noche continuó —continuó como continúan las noches que son más largas que las horas, las noches que no se miden en minutos sino en verdades—.

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12:48 a.m

Finca Heredia — Tercer Piso

Aitana dormía —dormía por primera vez en la noche, dormía con la respiración profunda y regular del que ha encontrado algo que le permite descansar —la carta, el nombre, la verdad, la promesa de que mañana sería libre—.

Aitana dormía en la cama de metal con la colcha blanca y el pelo oscuro extendido sobre la almohada y la cara relajada —la cara que durante once años había dormido con la tensión del que espera la pesadilla y que ahora dormía con la paz del que sabe que la pesadilla está terminando—.

Mateo no dormía —Mateo no podía dormir, no porque no estuviera cansado sino porque la canción no lo dejaba dormir, porque la canción seguía sonando en la cabeza como suena el King 3B después de que el trombonista lo baja —la resonancia, el eco, la vibración que persiste en el metal aunque la nota haya terminado—.

Y Mateo se sentó en la silla junto a la ventana y miró la noche —la noche que era más tranquila ahora, la vigilia que había reducido el volumen de la canción pero que seguía ahí, las velas que seguían encendidas, la fogata que seguía ardiendo—.

Mateo pensó en lo que Aitana había dicho —cuando sea libre, cuando mi nombre sea mío, entonces te lo diré— y Mateo pensó en la estrofa —la estrofa que era la confesión del que no sabe si podrá decir lo que siente mañana—:

Por si un día me muero

Y tú lees este papel

Que sepas lo mucho que te quiero

Aunque no te vuelva a ver

Y Mateo pensó: Y si mañana no llega? Y si la finca tiene otra salida —no la ventana sino la montaña, no la libertad sino la finca de la montaña donde Don Jairo puede moverme donde nadie me encuentre?

Y si los abogados de Don Jairo logran contener el caso?

Y si los papeles de Cádiz funcionan y la mentira se reconstruye y la verdad se vuelve la octava canción destruida?

Y Mateo pensó algo más —algo que era la verdad que no había dicho, la verdad que era más profunda que la canción y que las palabras y que la noche—: Y si yo no salgo de aquí —si algo me pasa, si Don Jairo decide que el compositor es más peligroso vivo que muerto, si la finca de la montaña es mi destino y no el de Aitana— entonces quiero que quede algo.

Como Esteban dejó la carta. Como Lola dejó los versos.

Como Mercedes dejó el cuaderno. Quiero que quede algo escrito.

Algo que diga lo que siento. Algo que Aitana pueda leer si yo no puedo decirlo.

Mateo se levantó —se levantó con la quietud del que no quiere despertar a quien duerme, la quietud del trombonista que se levanta de la silla sin hacer ruido para ir a buscar algo que necesita—.

Mateo fue a la mesita del velón —la mesita donde estaba la carta de Esteban y el espejo que solo reflejaba la cintura para arriba—.

Y Mateo buscó —buscó en los cajones de la mesita y encontró lo que necesitaba: papel y un lápiz —el papel de cartas que Mercedes dejaba para las listas de compras, el lápiz de madera que Aitana usaba para las notas que nunca pudo enviar—.

Mateo tomó el papel —tomó una hoja y la puso sobre la mesita y la alisó con la mano que tenía la ceniza de Lola —la ceniza que se había secado pero que seguía ahí, en la piel, como la marca seguía en el hombro de Aitana—.

Y Mateo miró el papel —miró el papel en blanco como se mira la partitura antes de escribir, como se mira el vacío que espera la nota—.

Y Mateo escribió.

Escribió con el lápiz que Aitana usaba —el lápiz que era la herramienta de la mujer que nunca pudo escribir lo que sentía porque la que sentía no era la que la marca permitía—.

Y Mateo escribió con la mano que tenía ceniza —la ceniza de Lola que se mezclaba con el grafito, la ceniza que era la firma de la madre que no pudo escribir pero que dictó los versos que Mercedes cocinó—. Y Mateo escribió:

Por si un día me muero

Y tú lees este papel

Que sepas lo mucho que te quiero

Aunque no te vuelva a ver

Aitana:

No sé si podrás leer esto. No sé si mañana será como esta noche o si esta noche será la última noche. No sé si la ventana será suficiente o si la canción será suficiente o si la verdad será suficiente. Pero sé lo que siento. Y lo que siento es esto:

Yo no soy el que te compuso. Yo soy el que la canción eligió. Y la canción me eligió porque la canción era la verdad y la verdad necesitaba sonido y yo tenía un trombón y una boquilla y el aliento suficiente para tocar la nota que tu padre no pudo tocar.

Y si la canción me quita algo —la vida, la libertad, el nombre— que sepas que lo que siento es real.

Y que lo real no se destruye con fuego ni se calla con marcas.

Y que lo que siento no es posesión —es reconocimiento.

Te reconozco. Te reconozco como Aitana Martínez Vega.

Te reconozco como libre. Te reconozco como la verdad que la canción siempre fue.

Y si no nos volvemos a ver —si la finca de la montaña o el silencio o lo que Don Jairo prepare me quita la posibilidad de decir esto con la voz— entonces que este papel diga lo que la voz no puede. Y que el papel sea la canción. Y que la canción sea la carta. Y que la carta sea la llave.

Mateo Reyes

Hijo de Doña Lydia

Nieto de Esteban

Hermano de la canción

Mateo dejó el lápiz —lo dejó con la reverencia con la que se deja la herramienta que ha cumplido su función—.

Y Mateo dobló la carta —la dobló como Esteban había doblado la suya, con los pliegues precisos del que sabe que lo que dobla puede que no se abra durante años pero que cuando se abra será la verdad—.

Y Mateo guardó la carta en el bolsillo interior de la camisa —la guardó contra el pecho, donde el latido del corazón podía calentarla, donde la respiración podía moverla, donde la vida que todavía tenía podía darle vida al papel—.

Mateo miró a Aitana —miró a la mujer dormida en la cama de metal con la colcha blanca, la mujer que había leído la carta de su padre y que ahora dormía con la paz de la que sabe quién es—.

Y Mateo pensó: Si mañana no llega, esta carta llega.

Si la canción se calla, la carta habla. Y lo que la carta dice es lo que la canción siempre dijo: que te quiero libre.

Y Mateo se sentó de nuevo en la silla junto a la ventana —se sentó con la carta contra el pecho y la noche delante y la vigilia abajo y la canción que subía—.

Y Mateo no tocó a Aitana —no la tocó porque el momento no era de tocar sino de estar, no era de posesión sino de presencia, no era de marca sino de verdad—.

Y Mateo se quedó ahí —ahí como la canción estaba en la isla, ahí como la verdad estaba en la cadena, ahí como la vela estaba en la mesita—. Ahí. Presente. Sin cerrojo.

2:17 a.m

La noche era más oscura ahora —la oscuridad que viene antes del amanecer, la oscuridad que es la sombra de la tierra cuando la tierra se interpone entre el sol y la luna, la oscuridad que es la pausa entre la última nota de la noche y la primera nota del día—.

La vigilia había reducido el canto —no porque la gente se hubiera ido sino porque la gente dormía, la gente que había hecho turnos dormía en los carros y en las sillas de plástico y en las mantas que habían traído de las casas—.

Pero la vigilia no se había ido —la vigilia estaba, dormida pero presente, como están las cosas que no necesitan vigilia para existir—.

Mateo estaba despierto —despierto como estaba despierto en la playa del Condado cuando tocó la canción por primera vez, despierto como estaba despierto cuando la canción salió al aire, despierto como está el que no puede dormir porque la noche tiene algo que decir y la noche no termina de decirlo—.

Mateo miró la ventana —la ventana que era la pregunta constante, la ventana que era la invitación, la ventana que Yago dijo que no tenía cerrojo—. Y Mateo miró afuera.

La luna estaba detrás de las nubes —las nubes bajas del Caribe que vienen del mar y que traen la humedad y el olor a lluvia—.

Pero la luna iluminaba las nubes desde atrás y las nubes brillaban como brillan las cosas que tienen luz detrás —no luz directa sino luz filtrada, luz indirecta, la luz que es suficiente para ver pero no para ver claro—.

Y con esa luz Mateo vio la roca —la roca debajo de la ventana, la roca que era la cara posterior de la finca, la roca que era el muro natural que Don Jairo nunca había fortificado porque Don Jairo nunca creyó que alguien se iría por la roca —por qué iban a irse por la roca si la puerta estaba abajo y la puerta era la salida? —

Pero la puerta estaba cerrada. Y la ventana estaba abierta. Y la roca estaba abajo. Y Mateo calculó.

Mateo calculó como calculan los que necesitan salir —calculó distancias, calculó ángulos, calculó superficies—.

La ventana estaba a tres metros del suelo —no del suelo de la finca sino del saliente de roca que recorría la cara posterior como una cornisa natural—.

Tres metros. Mateo había saltado distancias mayores cuando era niño en Vieques —saltaba desde los muelles a los botes, saltaba desde las rocas al agua, saltaba porque en Vieques los niños saltan como respiran—.

Pero Aitana no era de Vieques. Aitana no saltaba rocas.

Aitana bailaba —pero el baile era horizontal, no vertical, y la roca era vertical y la distancia era tres metros y la oscuridad era casi total.

Mateo miró a Aitana —Aitana dormía con la respiración profunda de la que por primera vez en once años no sueña con la marca—. Y Mateo pensó: ¿La despierto ahora? ¿O espero al amanecer?