CAPÍTULO 19 #8
La decisión era entre la oscuridad y la luz —entre la noche y el día, entre el riesgo de la oscuridad y la seguridad del amanecer—.
Pero Mateo sabía algo que Aitana no sabía todavía: que Don Jairo estaba abajo calculando, que Don Jairo tenía la noche y la red y los abogados y que Don Jairo no se iba a rendir, que la noche era el territorio de Don Jairo y que el amanecer era el territorio de la verdad —y que la transición entre la noche y el amanecer era el momento —el momento de la ventana, el momento de la roca, el momento de la salida—.
Mateo decidió esperar —esperar al amanecer, esperar a que la luz fuera suficiente para ver la roca, esperar a que Aitana durmiera lo suficiente para tener la energía que la bajada necesitaba—.
Pero Mateo no esperaba sin hacer nada —Mateo esperaba como espera el trombonista antes del solo: con la mente en las notas, con el cuerpo listo, con la respiración profunda del que sabe que lo que viene necesita todo lo que tiene—.
Mateo volvió a la ventana —volvió a mirar la roca, la distancia, la oscuridad—. Y la canción subía —subía desde la vigilia que dormía, subía desde la isla que soñaba, subía desde el mar que no tenía cerrojo—:
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
Y Mateo pensó: La puerta es la salida. Pero la ventana es la libertad.
Y Mateo miró la oscuridad —la oscuridad que era la pregunta sin respuesta, la oscuridad que era la noche que no terminaba—. Y Mateo pensó en la estrofa que Aitana había leído de la carta de su padre, la estrofa que era la firma de la verdad y la promesa de la liberación:
La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía
Quiero que sepas lo que yo siento
Aunque nunca podrás ser mía
Y Mateo entendió —entendió lo que no había entendido cuando la canción era solo canción, entendió lo que solo se puede entender cuando uno está en un cuarto del tercer piso con una ventana abierta y una mujer dormida y una carta contra el pecho y una noche que no termina—: la estrofa no era sobre la posesión.
La estrofa era sobre la liberación. Nunca podrás ser mía era la promesa de que la libertad era posible.
Y la canción —la canción que Esteban empezó y que Mateo terminó— era la promesa cumplida.
Y Mateo se quedó en la ventana —se quedó mirando la noche, mirando la roca, mirando la distancia, mirando la libertad que estaba a tres metros y que no tenía cerrojo—.
Y la noche continuó —continuó como continúan las noches que son más largas que las horas, las noches que no terminan hasta que alguien decide que terminan—.
3:00 a.m
La hora más oscura.
La vigilia dormía. La finca dormía —la finca donde los ojos que quedaban dormían en las sillas y en el sofá del salón, donde Don Jairo dormía con la cabeza sobre el escritorio de caoba y el teléfono en la mano, donde la Browning descansaba junto al cenicero como descansa el arma del que ha dejado de calcular—.
La isla dormía —la isla que había cantado toda la noche y que ahora descansaba la voz como descansa el cantante entre los actos—.
Solo tres personas estaban despiertas.
Mateo —en la ventana del tercer piso, mirando la roca, esperando el amanecer, con la carta-testamento contra el pecho y la decisión tomada.
Yago —en el pasillo del tercer piso, sentado contra la pared, con la Browning en el regazo y la llave en el bolsillo y la decisión tomada —la decisión de no ser los ojos cuando el momento llegara—.
Fermín Torres —en el carro frente al portón de hierro, con el King 3B de Esteban en el asiento del pasajero, mirando la finca con los ojos del que ha esperado veintidós años y que sabe que la espera está a punto de terminar.
Tres hombres despiertos. Tres eslabones de la cadena. Tres vigías de la noche.
Y la canción —la canción subía desde algún lugar —no de la vigilia dormida sino de algo más profundo, de la tierra, del mar, del aire que se movía entre la finca y la isla—.
La canción subía como sube la marea —lenta, inevitable, sin prisa pero sin pausa—.
Y la canción llenaba la finca —llenaba los pasillos donde los ojos dormían, llenaba el estudio donde Don Jairo dormía, llenaba la cocina donde los versos de Lola ardieron, llenaba el cuarto del tercer piso donde Aitana dormía con la paz de la verdad—.
Y la canción decía lo que siempre dijo —lo que la noche no podía callar, lo que la marca no podía quemar, lo que el silencio no podía detener—:
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
Y la noche era larga —larga como son largas las noches donde la verdad espera—. Pero la noche no era infinita. Porque había una ventana. Y la ventana no tenía cerrojo. Y el mar no tenía cerrojo. Y la canción no tenía llave. Y la verdad no tenía puerta.
Y la puerta —
La puerta era la salida.
Y la salida esperaba —esperaba del otro lado de la ventana, esperaba en la roca, esperaba en la playa, esperaba en la vigilia, esperaba en el amanecer—.
La salida esperaba como esperan las cosas que no tienen prisa pero que saben que van a llegar —como espera la marea, como espera la nota, como espera la verdad—.
Y Mateo se quedó en la ventana —mirando la noche, esperando la luz—.
Y Aitana durmió —durmió con la paz de la que sabe que la mañana viene—.
Y Yago veló —veló con la decisión del que ya eligió—.
Y Fermín esperó —esperó con la paciencia del que ha esperado veintidós años y que puede esperar tres horas más—.
Y la isla cantó —cantó en sueños, cantó en silencio, cantó la canción que era la llave que estaba girando—.
Y Don Jairo durmió —durmió sin saber que mientras dormía la grieta se hacía fractura y la fractura se hacía puerta y la puerta se hacía salida y la salida esperaba del otro lado de la noche—.
Y la noche continuó.
Porque la noche no termina hasta que alguien decide que termina.
Y la decisión —la decisión era la ventana.
Y la ventana estaba abierta.
Y el amanecer venía.
Por si un día me muero
Y tú lees este papel
Que sepas lo mucho que te quiero
Aunque no te vuelva a ver
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero