GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 19 #6
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CAPÍTULO 19 #6

Y lo que cantaban era el leitmotiv —el leitmotiv que era la columna vertebral de la canción, la frase que se repetía como se repite el latido, como se repite la marea, como se repite la verdad que no se cansa de decirse—:

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero

Y la canción subía —subía por las paredes, por la escalera, por la ventana del tercer piso—. Y Mateo y Aitana la oían —la oían como se oye la compañía que no necesita estar presente para estar presente, como se oye la presencia que es más fuerte que cualquier distancia—.

11:17 p.m

Finca Heredia — Tercer Piso

Aitana estaba acostada —acostada en la cama de metal con la colcha blanca, acostada pero no dormida, acostada como se acuesta el que sabe que la noche es larga y que la cama es el único lugar donde el cuerpo puede descansar aunque la mente no pueda—.

La carta de Esteban estaba en la mesita —junto al velón, junto al espejo, junto al sobre amarillento que había cruzado el agua dentro de un trombón hace veintidós años—.

Y Aitana miraba el techo —el techo blanco que durante once años había sido el único paisaje de la noche, el techo que era la pantalla donde Aitana proyectaba los miedos y las esperanzas y los sueños que la marca no podía alcanzar—.

Mateo estaba en la silla —la silla de madera que había movido junto a la ventana para poder mirar afuera sin alejarse de Aitana—.

Mateo miraba la vigilia —las luces, la fogata, las sombras de la gente que seguía ahí—.

Y Mateo pensaba en lo que Aitana había dicho —que la canción era de su padre, que la cadena era más larga que la mentira, que la verdad era más paciente que cualquier poder—.

Y Mateo pensaba en algo más —algo que no había dicho, algo que era la estrofa que había estado en su cabeza desde que tocó la canción por primera vez, la estrofa que era la confesión del que sabe que lo que siente es más grande que lo que puede decir—:

Por si un día me muero

Y tú lees este papel

Que sepas lo mucho que te quiero

Aunque no te vuelva a ver

Mateo había tocado esa estrofa —la había tocado en la playa del Condado al amanecer, la había tocado como despedida de la canción privada antes de que se volviera pública—.

Y ahora la estrofa estaba de vuelta —pero ya no como despedida de la canción sino como algo más, algo que era la voz de Mateo diciendo lo que Mateo sentía sin decirlo, la confesión del compositor que escribe la canción porque no puede decir las palabras—.

Mateo miró a Aitana —la miró acostada en la cama, la miró con los ojos que no calculaban sino que sentían, los ojos del hombre que ha pasado toda la noche hablando de la verdad y que ahora quiere hablar de otra cosa —de la cosa que la canción siempre fue pero que las palabras no habían sido—.

Y Mateo pensó: ¿Cómo se dice lo que se siente cuando lo que se siente es más grande que las palabras?

Y la respuesta era la canción. La canción era la respuesta.

La canción era la manera de decir lo que no se puede decir con palabras —porque las palabras son de aire y van al aire, pero la canción es más que palabras, la canción es el sentimiento hecho sonido, la canción es la verdad que no necesita explicación—.

Pero ahora —ahora que Aitana estaba acostada y la noche era larga y la ventana estaba abierta y la vigilia cantaba— ahora Mateo quería decir algo que no fuera la canción.

Mateo quería decir algo con palabras —palabras de aire que irían al aire, palabras de agua que irían al mar, palabras que eran insuficientes pero que eran lo que Mateo tenía—.

—Aitana —dijo Mateo.

Aitana no se movió —no se movió pero abrió los ojos, los abrió en la oscuridad del cuarto donde solo el velón daba luz y la luz era poca pero suficiente—.

—¿Qué? —dijo Aitana.

Mateo vaciló —vaciló como vacila el que está a punto de decir algo que no se puede desdecir, como vacila el trombonista antes de la nota que define el solo—. Y Mateo dijo:

—La canción dice lo que yo siento. Pero la canción no es suficiente —la canción es la canción y yo soy yo y lo que yo siento es más que la canción porque la canción la compuse y lo que yo siento no lo compuse —lo que yo siento es lo que la canción describe pero desde adentro, desde el lugar donde la nota nace antes de ser sonido—.

Aitana se incorporó —se incorporó despacio, apoyada en los codos, la cara a medio iluminar por el velón, los ojos que brillaban con algo que no era la luz de la vela sino algo más cálido—.

—¿Qué sientes? —preguntó Aitana. Y la pregunta era la pregunta que la canción había respondido mil veces pero que ahora necesitaba la respuesta de las palabras —las palabras de aire, las palabras insuficientes, las palabras que son lo único que tenemos cuando la canción se calla—.

Mateo la miró —la miró con los ojos que habían mirado la marca y la carta y la ceniza y el fuego, los ojos que habían visto todo lo que la noche había mostrado y que ahora veían lo que la noche no podía mostrar —lo que solo se ve cuando se mira de verdad—.

—Siento que nunca fuiste mía —dijo Mateo—.

Y siento que eso está bien. Porque Sé que nunca fuiste mía / Ni lo has sido, ni lo eres / Pero de mi corazón un pedacito tú tienes.

Y el pedacito que tienes no es la marca —no es la mentira de Don Jairo, no es el nombre falso, no es el certificado de Cádiz—.

El pedacito que tienes es la canción. Y la canción es la verdad.

Y la verdad es lo que yo siento —la verdad de que te quiero sin poseerte, de que te amo sin reclamarte, de que estoy aquí sin encerrarte—.

Aitana escuchó —escuchó con los ojos fijos en Mateo, con la respiración suspendida, con la atención de la que sabe que lo que está escuchando no es una declaración romántica sino algo más —algo más raro, algo más valioso, algo que es la verdad dicha de la manera en que la verdad se dice cuando por fin se puede decir—.

—Y eso —continuó Mateo— es lo que la canción siempre fue.

No una canción de amor de los que se aman y se poseen —no una canción de eres mía y te necesito y no te vayas—.

Sino una canción de nunca fuiste mía. Una canción de eres tuya.

Una canción de te quiero libre. Y si la canción dice otra cosa —si la gente oye celos y deseo y agonía— es porque la gente oye lo que quiere oír.

Pero yo sé lo que yo puse en la canción.

Y lo que puse fue esto: que te quiero libre.

Que te quiero entera. Que te quiero Aitana Martínez Vega —no La Gitana, no la mujer marcada, no la propiedad de Don Jairo—.

Aitana. Tu nombre. Tu verdad. Tu libertad.

El cuarto se llenó de algo —no de palabras sino del silencio que viene después de las palabras que importan, el silencio que es el espacio donde la verdad se instala antes de que la siguiente verdad la reemplace—.

Y el velón crepitó —crepitó como si la vela entendiera que lo que se había dicho era algo que la luz no podía iluminar sino solo acompañar—.

Aitana se sentó en la cama —se sentó con las piernas cruzadas y las manos en el regazo y los ojos húmedos otra vez pero no de tristeza —de otra cosa, de algo que era la cosa que la estrofa siempre fue pero que ahora era real—.

—Mateo —dijo Aitana—. Nadie me había dicho eso antes.

Nadie. En once años, nadie me dijo te quiero libre.

Me dijeron eres mía, me dijeron no te vas, me dijeron la marca te hace Caló, me dijeron tu nombre es Heredia, me dijeron mentiras y más mentiras y más mentiras.

Pero nadie —nadie— me dijo te quiero libre. Hasta tú.

Mateo no dijo nada —no dijo nada porque no había nada que decir que el silencio no dijera mejor, porque la verdad dicha no necesita refuerzo sino eco, y el eco era el silencio del cuarto donde la vela crepitaba y la noche entraba y la canción subía—.

—Y yo —dijo Aitana— yo siento lo mismo. Pero no sé cómo decirlo.

Porque yo nunca elegí lo que siento —yo nunca elegí quererte.

Yo no elegí la canción. Yo no elegí la marca.

Yo no elegí el nombre falso. Yo no elegí nada de lo que me hicieron.

Pero esto —lo que siento— esto sí lo elegí.

Esto es lo primero que elijo. Y no sé cómo decirlo porque las palabras que tengo son palabras que me enseñaron los que me mentían y no puedo usar las palabras de los mentirosos para decir la verdad.

Mateo la entendió —la entendió con la comprensión del que sabe que Aitana había pasado once años en una celda donde las únicas palabras eran las palabras del carcelero, y que ahora necesitaba palabras nuevas —palabras que no existían, palabras que tendría que inventar—.

—Entonces no lo digas —dijo Mateo—. No lo digas con palabras.

Dilo con lo que quieras. Dilo con la mirada.

Dilo con el silencio. Dilo con la canción.

O dilo mañana —cuando seamos libres, cuando la puerta se abra, cuando la verdad sea pública y la marca sea mentira y el nombre sea tuyo—.

No hay prisa. La verdad no tiene horario.

Aitana lo miró —lo miró con los ojos que ya no eran los ojos de la mujer marcada sino los ojos de la mujer que estaba eligiendo —eligiendo por primera vez, eligiendo con la libertad que todavía no tenía pero que ya sentía—.

—Mañana —dijo Aitana—. Cuando sea libre. Cuando mi nombre sea mío. Entonces te lo diré. Con palabras nuevas. Con palabras que nadie me enseñó. Con palabras que salgan de mí —no del carcelero, no de la marca, no de la mentira—. De mí.

Mateo asintió —asintió con algo que era la comprensión y el respeto y el amor, el amor que no posee sino que espera, el amor que no exige sino que acompaña, el amor que dice te quiero libre y significa te esperaré—.

Y los dos se quedaron en el cuarto —Mateo en la silla junto a la ventana, Aitana en la cama con las manos en el regazo, los dos mirándose sin mirarse, los dos sintiéndose sin tocarse, los dos hablando sin hablar—:

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero