GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 19 #5
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CAPÍTULO 19 #5

Yago estaba sentado en el pasillo —sentado en el suelo con la espalda contra la pared, la Browning en el regazo, los ojos cerrados—.

No dormía —Yago no dormía cuando estaba de guardia, Yago no dormía desde que era ojos de Don Jairo, porque los ojos no duermen, los ojos vigilan—.

Pero Yago no vigilaba —no como antes, no con la concentración del que sabe que la guardia es sagrada—.

Yago estaba sentado y los ojos estaban cerrados y la Browning estaba en el regazo y la duda estaba en el pecho —la duda que había comenzado hace tres horas cuando Aitana dijo mi padre y que había crecido cuando Don Jairo dijo llévelos al cuarto del tercer piso y que se había convertido en decisión cuando Yago cerró la puerta despacio y dijo el mar no tiene cerrojo—.

Yago pensaba —pensaba como piensan los que han dejado de obedecer automáticamente y que no saben todavía qué viene después de la obediencia—.

Yago pensaba en la marca —la marca que había vigilado durante años, la marca que era la evidencia de que Aitana era Caló, la marca que Yago había aceptado como verdad porque Don Jairo dijo que era verdad y porque la palabra de Don Jairo era la ley—.

Yago pensaba en el cuaderno azul —el cuaderno que Don Jairo guardaba detrás del retrato y que Mercedes había sacado bajo la lluvia y que ahora estaba en manos del FBI—.

Yago pensaba en la canción —la canción que había salido al aire y que había cambiado todo y que Don Jairo no podía quemar porque la canción era aire y el aire no se quema—.

Y Yago pensaba en algo más —algo que no era ni la marca ni el cuaderno ni la canción sino algo más profundo, algo que era la pregunta que la noche le había hecho y que Yago no había podido responder—: ¿De qué lado estoy?

La pregunta no era nueva —la pregunta había estado ahí desde que Yago era joven, desde que Don Jairo lo reclutó como ojos, desde que la Browning pasó a ser la extensión de la mano de Yago y la mano de Yago pasó a ser la extensión de la voluntad de Don Jairo—.

Pero antes la pregunta no tenía peso —antes la pregunta era teórica, era la pregunta que se hace el que sabe la respuesta pero que no necesita decirla—.

Ahora la pregunta tenía peso. Ahora la pregunta era práctica.

Ahora la pregunta era: ¿Estoy del lado del hombre que me pagó o del lado de la verdad que la mujer marcada leyó en una carta escrita por un muerto hace veintidós años?

Yago abrió los ojos —los abrió en la oscuridad del pasillo, los abrió como se abren los ojos del que quiere ver aunque no haya nada que ver—.

Y lo que Yago vio fue oscuridad —la oscuridad del pasillo del tercer piso, la oscuridad que era la misma oscuridad de la finca pero que ahora era diferente, que ahora era la oscuridad del lugar donde se encierra la verdad en vez del lugar donde se encierra la mentira—.

Yago pensó en Aitana —pensó en la mujer que había subido la escalera con la carta en la mano y la marca en el hombro y la dignidad que Don Jairo no había podido destruir—.

Yago la había vigilado durante años —la había vigilado como se vigila a la propiedad de otro, como se vigila la cosa que el dueño quiere que no se mueva—.

Y Yago había creído —había creído que Aitana era Caló, que la marca era legítima, que Don Jairo era el padre y el dueño y la ley—.

Y ahora Yago sabía que no —sabía que Aitana era Martínez Vega, que la marca era mentira, que Don Jairo no era el padre sino el ladrón—.

Y lo que Yago sentía no era solo la duda —era la culpa.

La culpa de haber vigilado la cárcel sin saber que era cárcel.

La culpa de haber cerrado puertas sin saber que cerraba la libertad.

La culpa de los veintidós años de ojos que fueron ojos de la mentira.

Yago cerró los ojos otra vez —los cerró no para no ver sino para pensar, para pensar con la claridad que la oscuridad da—.

Y Yago pensó en la llave —la llave que tenía en el bolsillo, la llave maestra de la finca, la llave que Don Jairo le había entregado cuando lo nombró ojos principales, la llave que abría todas las puertas incluyendo la del tercer piso—.

Y Yago pensó: Tengo la llave. La puerta está cerrada con mi llave. Y la ventana no tiene cerrojo.

Y la idea —la idea que era la decisión que Yago había tomado al cerrar la puerta despacio— la idea era clara: la puerta se podía abrir.

La ventana se podía abrir. Y la combinación de la puerta y la ventana era la salida.

Yago no necesitaba hacer nada —no necesitaba abrir la puerta, no necesitaba bajar la escalera, no necesitaba ayudar—.

Yago solo necesitaba no hacer lo que había hecho siempre: no vigilar, no cerrar, no ser los ojos. Yago solo necesitaba no estar.

Y Yago decidió —decidió sin decirlo, sin anunciarlo, sin confesarlo—.

Yago decidió que cuando el momento llegara —cuando la noche avanzara lo suficiente, cuando Don Jairo estuviera suficientemente distraído, cuando la vigilia estuviera suficientemente fuerte— Yago no sería los ojos.

Yago sería la sombra que no ve. Y la sombra que no ve es la sombra que deja ver.

Yago abrió los ojos —los abrió con algo que era la paz de la decisión, la paz del que ya no lucha entre dos lados sino que ha elegido—.

Y Yago se quedó sentado —se quedó sentado en el pasillo del tercer piso con la Browning en el regazo y la llave en el bolsillo y la decisión en el pecho—.

Y la decisión era la primera cosa que Yago había elegido por sí mismo en veintidós años —no la elección de Don Jairo, no la elección del sistema, no la elección del poder—.

La elección de Yago. Y era una elección que decía: la verdad es más larga que la mentira.

10:44 p.m

Fuera de la Finca — La Vigilia

La vigilia creció —creció como crecen las cosas que no se organizan sino que se multiplican, como crecen las plantas que nadie planta pero que aparecen en la tierra fértil, como crece la canción que nadie dirige pero que la gente canta—.

A las diez de la noche había más gente que a las seis —no porque la gente de Loíza no tuviera nada que hacer sino porque la gente de Loíza sabía que esta noche era diferente, que esta noche era la noche que cambiaría todo, y que si no estaban perderían algo que no se podía recuperar—.

Efraín organizó los turnos —organizó los turnos como organiza las rutas: con la eficiencia del que sabe que la logística es lo que separa la vigilia de la multitud—.

Efraín dividió la noche en tres: el primer turno de diez a dos, el segundo de dos a cinco, el tercero de cinco a ocho.

Y en cada turno había gente —parejas, familias, individuos que habían venido solos y que se integraron al grupo como se integra el que llega tarde a la canción—.

Y Efraín no mandó —Efraín coordinó. Porque la vigilia no era un ejército sino un organismo, y los organismos no se mandan —se cuidan—.

La fogata en la acera seguía ardiendo —la fogata que alguien había hecho con la madera de una paleta vieja y las ramas de un árbol caído, la fogata que era la respuesta al fuego de la cocina —el fuego adentro que quemaba los versos, el fuego afuera que calentaba la vigilia—.

Y alrededor de la fogata la gente se sentaba —se sentaba como se sientan los que están en casa aunque la casa sea la calle, se sentaba con las manos cerca del fuego y los ojos en la finca y la canción en la boca—.

Las radios seguían encendidas —no todas sintonizadas en la misma estación sino en las estaciones que habían recogido la canción y que la estaban repitiendo—.

Y la canción se multiplicaba —se multiplicaba como se multiplican las cosas que son verdad, como se multiplican las semillas cuando encuentran tierra—.

Y la gente que no conocía la canción la aprendía —la aprendía de los que la cantaban, de los que la habían oído en WIPR, de los que la habían oído en la finca cuando Mateo la tocó—.

Y la canción se volvió folklore en tiempo real —la canción que pasó de la radio a la calle en horas, la canción que ya no era de Mateo sino de Loíza, la canción que era la voz del pueblo diciendo lo que el pueblo siempre supo pero que no tenía cómo decir—.

Fermín Torres no se fue —Fermín estaba sentado en su carro frente al portón de hierro con el estuche del King 3B de Esteban en el asiento del pasajero, mirando la finca como se mira el lugar donde uno dejó algo hace veintidós años—.

Fermín no habló con nadie —no porque no quisiera sino porque no había nada que decir que el King 3B no dijera mejor—.

Pero Fermín estaba ahí —estaba ahí como se está cuando uno ha cruzado un canal de noche para estar, como se está cuando la promesa que uno hizo hace veintidós años sigue vigente—.

Salazar no se fue tampoco —Salazar estaba en el carro oficial estacionado a cincuenta metros del portón, con la radio del FBI encendida y los documentos del caso en el asiento del pasajero y los ojos en la finca—.

Salazar no dormía —Salazar no dormía cuando un caso estaba activo y este caso estaba más activo que ningún caso que Salazar había llevado—.

Salazar sabía que la orden judicial llegaría al amanecer y que la orden judicial era la llave legal —la llave que abría la puerta que Don Jairo había cerrado con los ojos y la marca y el silencio—.

Y Salazar esperaba —esperaba como esperan los que saben que la paciencia es la virtud del que construye casos—.

Y la vigilia cantó —cantó a las diez, cantó a las once, cantó a las doce—.

Cantó con la voz de la noche, la voz baja y lenta, la voz que era la canción pero más profunda, más vieja, como si la canción hubiera encontrado en la vigilia la frecuencia que la radio no podía dar —la frecuencia de la gente, la frecuencia del pueblo, la frecuencia de los que no tienen microfones pero tienen boca y tienen noche y tienen tiempo—.