GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 19 #4
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CAPÍTULO 19 #4

Mateo escuchó —y algo se movió dentro de él, algo que era la comprensión de que Aitana veía lo que él hacía con una claridad que él no tenía, algo que era la revelación de que la persona que más entendía la canción no era el que la tocaba sino la que la vivía—.

Y los dos se quedaron mirando por la ventana —mirando la noche, mirando las velas, mirando la vigilia—.

Y el silencio entre ellos no era el silencio de la incomodidad sino el silencio de la comprensión, el silencio que se produce cuando dos personas han dicho lo que necesitaban decir y lo que queda no necesita palabras sino presencia—.

Y la canción subía —subía desde la vigilia, subía por las paredes, subía por la escalera, entraba por la ventana—:

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero

Y la canción era la compañía —la compañía que la distancia no podía romper, la compañía que la marca no podía callar, la compañía que Don Jairo no podía prohibir porque la canción era aire y el aire no tiene dueño y el aire no necesita permiso—.

§

10:04 p.m

Finca Heredia — Planta Baja

Don Jairo estaba en su estudio —no el estudio de la finca sino el cuarto pequeño junto al salón donde guardaba los documentos que no podía guardar en el salón, el cuarto que era el archivo del imperio, el cuarto donde la pared tenía estantes y los estantes tenían carpetas y las carpetas tenían la historia de veintidós años—.

Don Jairo estaba sentado en la silla giratoria —la silla que había girado miles de veces mientras Don Jairo giraba las opciones, la silla que era el trono del calculador—.

Y sobre el escritorio de caoba había cinco carpetas abiertas y un teléfono negro y un cenicero de latón y la Browning que Don Jairo había sacado del cajón cuando bajó —no porque necesitara la Browning sino porque la Browning era la extensión de la mano y Don Jairo necesitaba sentir que la mano tenía algo—.

Don Jairo había hecho cinco llamadas desde las nueve —las cinco llamadas que eran las cinco cuerdas de la red, las cinco conexiones que mantenían el sistema funcionando—. Y cada llamada había producido algo distinto:

La primera —a Roldán en Cádiz— había producido una promesa: los papeles de 1963, los originales, enviados por courier internacional, llegando al mediodía del lunes.

Don Jairo había colgado con la certeza de que los papeles resolverían lo que la carta y la canción habían abierto —porque los papeles eran la base legal de la mentira y la base legal era lo que los tribunales entendían y lo que los tribunales entendían era lo que la verdad no podía contradecir—.

Pero Don Jairo no sabía —no podía saber, no todavía— que los papeles de Cádiz tenían una fecha que no cuadraba, un sello que no correspondía, una firma que no coincidía.

Don Jairo creía que los papeles lo salvarían.

Y la creencia —la creencia sin verificación— era la primera grieta del calculador.

La segunda llamada —al abogado principal en San Juan— había producido una estrategia: inyección cautelar el lunes a primera hora, embargo preventivo de las pruebas, solicitud de nulidad de la denuncia del FBI por falta de fundamento.

Don Jairo había colgado con la certeza de que los abogados podían contener la hemorragia legal —porque los abogados habían contenido cosas peores durante veintidós años, porque los abogados sabían dónde estaban los cuerpos y cómo moverlos—.

Pero Don Jairo no sabía que el abogado, después de colgar, había llamado a su socio y le había dicho algo que Don Jairo no quería oír: «Jairo tiene un problema real.

No podemos fabricar pruebas. Si los papeles de Cádiz no son perfectos —si hay una fecha que no cuadra, una firma que no coincide— entonces no tenemos caso.

» Y el abogado lo sabía —lo sabía porque había visto los papeles de Cádiz antes y había visto los sellos y las firmas y sabía que los sellos y las firmas de hace veintidós años no siempre sobreviven la verificación moderna—.

Pero el abogado no le dijo eso a Don Jairo —no todavía, no hasta ver los papeles—.

Y la omisión —la omisión del abogado que calla lo que el cliente no quiere oír— era la segunda grieta.

La tercera llamada —al contacto en el gobierno— había producido algo que Don Jairo no esperaba: resistencia.

El contacto —un funcionario del departamento de justicia de Puerto Rico que durante años había facilitado las cosas que Don Jairo necesitaba facilitadas— escuchó la petición de Don Jairo —que reasignaran el caso Salazar a otro agente, un agente más…

comprensivo— y el contacto dijo algo que nunca había dicho: «Jairo, no puedo.

El caso es federal. El FBI no responde a mi oficina.

Y si intento mover algo a nivel federal, Salazar se entera y la cosa se vuelve más grande.

» Don Jairo escuchó la negativa como se escucha algo que no se esperaba —con la mandíbula apretada y los ojos cerrados y la sensación de que el suelo se movía bajo la silla—.

Y la negativa del contacto era la tercera grieta.

La cuarta llamada —a la finca de la montaña— había producido lo que Don Jairo esperaba: la finca estaba lista, el lugar estaba preparado, si Don Jairo necesitaba mover a alguien —a Aitana, a Mateo, a los testigos— la finca de la montaña estaba disponible.

Don Jairo colgó con la certeza de que tenía un plan B —porque siempre tenía un plan B, porque el que construye imperios sabe que el plan A no siempre funciona—.

Pero la finca de la montaña requería transporte y el transporte requería ojos y los ojos…

los ojos no respondían como antes. Don Jairo había llamado a tres ojos después de las llamadas principales y solo uno había contestado.

Los otros dos —los que estaban en Santurce y en Bayamón— no contestaron.

Y la ausencia de respuesta era más preocupante que una respuesta negativa —porque la respuesta negativa es una posición y la ausencia de respuesta es un vacío, y el vacío es donde los imperios caen—. Y la ausencia era la cuarta grieta.

La quinta llamada —el número que Don Jairo marcó con la mano temblando— no produjo nada porque nadie contestó.

Y Don Jairo dejó sonar el teléfono —una vez, dos veces, tres veces, diez veces— y nadie contestó.

Y Don Jairo colgó y se quedó mirando el teléfono como se mira algo que ha dejado de funcionar —como se mira la herramienta que siempre sirvió y que de repente no sirve—.

Y el número que no contestó era el número de alguien que Don Jairo necesitaba —no un contacto ni un abogado ni un ojo sino alguien más, alguien que tenía algo que Don Jairo necesitaba esta noche—.

Y el silencio del teléfono era la quinta grieta.

Cinco grietas. Don Jairo las contó —las contó como cuenta todo, con la precisión del que sabe que las matemáticas no mienten—.

Cinco grietas en una noche. Y cada grieta era una incógnita —y las incógnitas, en las matemáticas de Don Jairo, eran lo que más temía, porque las incógnitas no se podían calcular—.

Don Jairo se recostó en la silla —se recostó con la lentitud del que sabe que la posición no es descanso sino pausa—.

Y Don Jairo miró el techo —el techo blanco que había mirado miles de veces cuando calculaba, el techo que era la pantalla donde Don Jairo proyectaba los escenarios—. Y Don Jairo proyectó:

Escenario uno: los papeles de Cádiz llegan, son perfectos, los abogados presentan la inyección cautelar, el caso del FBI se debilita, Aitana coopera —o es convencida de cooperar—, la marca se confirma como legítima, Mateo es desacreditado como compositor, la canción se queda en canción —en arte, no en prueba—, y todo vuelve a ser como era.

Probabilidad: baja. Porque Aitana no va a cooperar.

Porque Aitana leyó la carta. Porque la marca no es legítima.

Y porque Mateo no se puede desacreditar —la canción ya es aire y el aire no se puede quemar—.

Escenario dos: los papeles de Cádiz tienen defectos, los abogados no pueden contener la hemorragia, el FBI avanza, Salazar procesa la finca, los testigos declaran, y Don Jairo necesita negociar —reconocer, minimizar, sobrevivir—.

Probabilidad: media. Pero reconocer era perder y Don Jairo no perdía.

Y la media probabilidad dependía de algo que Don Jairo no controlaba: la calidad de los papeles de Roldán.

Escenario tres: todo falla —los papeles, los abogados, la red, los ojos— y Don Jairo queda expuesto.

Probabilidad: no nula. Y la probabilidad no nula era la que Don Jairo no quería calcular —porque la probabilidad no nula significaba que la caída era posible, que el imperio no era eterno, que la verdad era más paciente que el poder—.

Don Jairo cerró los ojos —los cerró con la fuerza del que no quiere ver lo que sabe que está ahí—.

Y Don Jairo pensó en la canción —la canción que decía Sé que nunca fuiste mía / Ni lo ha sido, ni lo eres / Pero de mi corazón un pedacito tú tienes— y Don Jairo pensó: Tiene razón.

Nunca fue mía. Pero el pedacito que tengo —la marca, el nombre, los papeles, la finca— el pedacito que tengo es lo que me queda. Y lo que me queda es lo que defiendo.

Y Don Jairo abrió los ojos —los abrió con algo que no era resolución pero que tampoco era derrota, algo que era la decisión de pelear con lo que tenía aunque lo que tuviera no fuera suficiente—. Y Don Jairo levantó el auricular otra vez. Marcó otro número. Y esperó.

La línea sonó. Una vez. Dos. Tres.

Y alguien contestó.

10:31 p.m

Finca Heredia — Pasillo del Tercer Piso