GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 19 #3
79%

CAPÍTULO 19 #3

Pero ese pensamiento era para después —para más tarde en la noche, cuando Aitana durmiera y Mateo pudiera escribir sin testigos—.

Ahora había algo más urgente: la conversación que no habían tenido, la conversación que la marca y la canción y la finca y la carta les habían impedido tener, la conversación que era la primera conversación real entre Mateo y Aitana —no la conversación del salón donde Don Jairo escuchaba, no la conversación de la cocina donde los ojos vigilaban, sino la conversación del cuarto del tercer piso donde la ventana estaba abierta y la noche era larga y la verdad estaba completa—.

9:47 p.m

Aitana se levantó de la cama —se levantó con la lentitud de la que ha estado sentada demasiado tiempo, la que necesita que la sangre vuelva a las piernas—.

Y Aitana caminó hacia la ventana —caminó despacio, los pies descalzos sobre el piso de madera, el vestido que no era el vestido de La Gitana sino el vestido de la mujer que reclamó su nombre—.

Aitana se paró junto a Mateo —junto a la ventana, junto al aire que entraba, junto al sonido de la gente que seguía cantando—.

Y Aitana dijo algo —algo que no era sobre la carta ni sobre la marca ni sobre Don Jairo sino sobre algo que nunca habían hablado, algo que la canción siempre dijo pero que nunca se dijeron cara a cara—:

—¿Por qué terminaste la canción?

Mateo la miró —la miró con los ojos que no esperaban la pregunta, los ojos que esperaban preguntas sobre la fuga, sobre la ventana, sobre el FBI, sobre Don Jairo, sobre la salida—.

Pero Aitana no preguntó sobre ninguna de esas cosas.

Aitana preguntó sobre la canción. Y la pregunta sobre la canción era la pregunta más importante —era la pregunta que iba al centro de todo, la pregunta que era la pregunta que la canción misma se hacía—.

—Porque era verdad —dijo Mateo—. Y lo que es verdad necesita ser dicho. No importa quién lo diga. No importa cuánto cueste. La verdad necesita ser dicho como la nota necesita ser tocada —no porque el trombonista quiera tocarla sino porque la nota existe y la existencia pide sonido—.

—Pero había siete antes —dijo Aitana—. Siete intentaron. Siete escribieron canciones. Y Don Jairo destruyó las siete. ¿Por qué tú? ¿Por qué la octava?

Mateo pensó —pensó en los siete, en los que intentaron antes y que no pudieron, en los que Don Jairo silenció con amenazas y fuego y marca y sangre—.

Mateo no los conocía —no conocía sus nombres, no conocía sus rostros, no conocía sus canciones—.

Pero Mateo sabía algo de ellos: que eran como él.

Que eran los que tenían la verdad y que intentaron decirla.

Y que la verdad no se puede matar —se puede silenciar, se puede quemar, se puede marcar, pero la verdad no se puede matar porque la verdad es más paciente que cualquier poder—.

—Porque la octava es la que resuelve —dijo Mateo—.

En música, la octava es la nota que completa la escala.

La primera nota es la raíz y la octava es la misma nota pero más alta —la misma verdad pero más fuerte, la misma canción pero más lejos—.

Los siete que intentaron antes fueron las notas de la escala.

Yo soy la octava. Yo no soy mejor que ellos —soy el que llegó después.

Y los que llegan después tienen algo que los primeros no tienen: tienen los que llegaron antes.

Los siete son las notas que yo toqué sin saber que las tocaba.

Los siete son la escala. Yo soy la octava. Y la octava no existe sin la escala.

Aitana escuchó —escuchó con los ojos fijos en Mateo, con la respiración lenta, con la atención de la que sabe que lo que está escuchando es algo que no se escucha todos los días, algo que es la verdad dicha de la manera en que la verdad se dice cuando por fin se puede decir—.

—Y hay otra cosa —dijo Mateo—. Los siete no tuvieron la radio.

Los siete no tuvieron a Darío. Los siete no tuvieron a Toño Fuentes.

Los siete no tuvieron a Salcedo. Los siete tenían la canción pero no tenían el medio —la canción sin radio es la canción que suena en la cocina y que Don Jairo puede quemar—.

Yo tuve la canción Y tuve el medio. Y eso fue la diferencia.

No yo. El momento. El momento era el momento porque la canción encontró la frecuencia y la frecuencia encontró el aire y el aire encontró Puerto Rico y Puerto Rico encontró la verdad.

Aitana asintió —asintió con algo que era más que comprensión, algo que era reconocimiento, el reconocimiento de que la canción no era de Mateo sino de todos, que Mateo era el eslabón pero que la cadena era más larga que cualquier eslabón—.

—Mi padre era el primer eslabón —dijo Aitana—.

Mi padre empezó la canción. Y tú eres el último.

Y entre mi padre y tú hubo siete —siete que intentaron y que no pudieron.

Y cada uno de esos siete es parte de la cadena.

Y la cadena es más fuerte que Don Jairo porque la cadena es más larga que la mentira.

Mateo miró por la ventana —miró la vigilia, las velas, la fogata, la gente que no se había ido—. Y Mateo pensó que la gente afuera era la cadena hecha gente —cada persona era un eslabón, cada vela era una nota, cada canción que cantaban era la octava que resonaba en la noche—.

—La cadena es más larga que la mentira —repitió Mateo—.

Y más paciente. Y más fuerte. Pero la cadena no es una cadena de eslabones iguales, Aitana.

La cadena es una cadena de personas que hicieron lo que pudieron con lo que tenían.

Y lo que tenían no era mucho —un trombón, una carta, un cuaderno, una canción, una radio, un locutor, una partera, una cocinera, una estudiante de derecho—.

Cada uno hizo lo que pudo. Y lo que pudieron fue suficiente.

—¿Y tú? —preguntó Aitana—. ¿Qué hiciste tú con lo que tenías?

Mateo la miró —la miró con los ojos que no calculaban sino que sentían, los ojos del hombre que había tocado la canción con la verdad como única arma—.

—Yo toqué —dijo Mateo—. Eso es lo que hice.

Tocé la canción. Y la canción era la verdad.

Y la verdad era la carta de tu padre. Y la carta era la llave.

Y la llave abrió la puerta. Y ahora estamos aquí —en el cuarto del tercer piso, con la ventana abierta y la noche larga y la gente cantando y Don Jairo abajo calculando y el FBI en la puerta y Fermín en el portón—.

Y todo empezó con una nota. La nota que tu padre tocó hace veintidós años.

La nota que yo completé. La nota que dice:

Gitana, Gitana

Aitana se acercó más a la ventana —se acercó como se acerca el que necesita ver lo que está afuera, no lo que está adentro—.

Y Aitana miró la vigilia y la vigilia era la prueba de que la cadena funcionaba —la prueba de que la canción había encontrado la frecuencia y que la frecuencia había encontrado la gente y que la gente había encontrado la vigilia y que la vigilia era la versión humana de la cadena, la cadena hecha carne y vela y silla de plástico—.

—Mi padre tocaba el trombón —dijo Aitana—. Tú tocas el trombón. Fermín toca el trombón. ¿Por qué siempre el trombón? ¿Por qué la verdad siempre viene del trombón?

Mateo sonrió —sonrió por primera vez en la noche, la sonrisa pequeña y cansada del que reconoce algo que no puede explicar pero que sabe que es verdad—.

—Porque el trombón es el instrumento que no tiene llaves —dijo Mateo—.

El piano tiene llaves. La guitarra tiene trastes.

El saxofón tiene boquillas y llaves. Pero el trombón —el trombón tiene el tubo.

Y el tubo se alarga y se acorta y la nota cambia porque la distancia cambia.

Y la verdad es así —la verdad no tiene llaves ni trastes ni posiciones fijas.

La verdad es el tubo que se estira y que encuentra la nota en la distancia.

Y la distancia —la distancia entre Esteban y Fermín, entre Fermín y yo, entre yo y tú— la distancia es lo que hace la nota.

La distancia es lo que hace la canción. Y la canción es lo que hace la verdad.

Aitana miró a Mateo —lo miró con algo que no era solo agradecimiento ni solo admiración sino algo más profundo: el reconocimiento. El reconocimiento del otro como parte de la cadena, como el eslabón que cerró lo que Esteban abrió, como el que tocó la nota que la verdad necesitaba—.

—Eres como él —dijo Aitana—. Eres como mi padre. No igual —no eres él—. Pero eres como él. Los dos tienen esa cosa —esa cosa que no es el talento sino algo más, algo que es la convicción de que la verdad necesita sonido y que el sonido es la música y que la música es la libertad—.

Mateo escuchó —y lo que sintió fue algo que no había sentido antes: la conexión con Esteban.

No la conexión de sangre —Mateo era sobrino de Esteban, no hijo; la genealogía era otra—.

Sino la conexión de la canción, la conexión del trombón, la conexión de los que eligen la verdad cuando el poder les ofrece la mentira.

Mateo era como Esteban —no porque lo imitara sino porque la verdad produce el mismo tipo de persona: el tipo que toca en vez de callar, el tipo que escribe en vez de olvidar, el tipo que planta la semilla aunque no verá el árbol—.

—Tu padre era mejor que yo —dijo Mateo—. Tu padre escribió la carta sabiendo que moriría. Yo no tuve que hacer eso. Yo solo tuve que tocar. Y tocar es más fácil que morir.

—No —dijo Aitana—. Tocar no es más fácil.

Tocar la nota que dice la verdad no es más fácil que morir.

Porque morir es dejar de existir y existir es fácil —se existe hasta que no se existe—.

Pero tocar la nota que dice la verdad es elegir —es elegir existir de una manera, es elegir decir lo que se siente, es elegir la canción cuando el silencio es más seguro.

Y eso no es más fácil que morir. Eso es más difícil.

Porque morir se hace una vez. Pero elegir la verdad se hace cada vez que se abre la boca —cada vez que se monta el trombón, cada vez que se toca la nota—.