GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 18 #10
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CAPÍTULO 18 #10

Y Don Jairo pensó —pensó en la canción que decía Y por los celos, los celos, los celos / A mí el corazón me arde, me arde y por primera vez Don Jairo entendió la canción —no la entendió como el que escucha sino como el que vive, como el que siente los celos arder en el pecho como el fuego había ardido en la cocina, como el que sabe que lo que arde no se apaga con extintores sino con lo que el fuego consume: la mentira—.

Y los celos ardían y el corazón ardía y la finca olía a ocotillo quemado y la gente cantaba afuera y el FBI estaba en la puerta y Fermín estaba en el portón y la carta estaba en manos de Aitana y el cuaderno estaba en custodia y la canción estaba en el aire—.

Y Don Jairo se quedó solo —solo como se queda el que ha construido un imperio y que ve cómo el imperio se desmorona, solo como se queda el que ha dicho la noche es larga y que descubre que la noche es más larga de lo que pensaba, solo como se queda el patriarca cuando los hijos se van y los ojos dudan y la marca pierde poder y la verdad entra por la ventana como entra el aire que no se puede detener—.

Pero Don Jairo no estaba derrotado —no todavía, no del todo—.

Don Jairo era un hombre que había sobrevivido a cosas peores que una canción —había sobrevivido a la pobreza, a la travesía, a la isla, a los que intentaron quitarle lo que construyó antes—.

Y Don Jairo tenía algo que la canción no tenía: tenía la noche.

Tenía hasta mañana. Tenía los abogados. Tenía Roldán.

Tenía los papeles de Cádiz. Tenía el dinero.

Tenía el sistema —el sistema que durante veintidós años había funcionado a su favor, el sistema que los tribunales respetaban y que los fiscales temían y que los testigos aprendían a no contradecir—.

Pero la grieta estaba ahí —la grieta que Don Jairo había visto en la pared de su casa de Condado hace doce horas, la grieta que era metafórica entonces y que ahora era real, la grieta que era la duda en los ojos de Yago y la presencia de Salazar en la puerta y la canción en la radio y la gente en la cerca y el fuego en la cocina—.

La grieta estaba ahí y la grieta no se podía cerrar —no con abogados, no con papeles, no con dinero— porque la grieta era la verdad y la verdad era la cosa más paciente del mundo —más paciente que la marca, más paciente que el silencio, más paciente que la noche—.

Don Jairo cerró los ojos —los cerró como los cerraba siempre que necesitaba calcular, como los cerraba cuando la información superaba la capacidad de la mandíbula apretada—.

Y Don Jairo calculó: la noche tenía doce horas.

Doce horas hasta que los tribunales abrieran.

Doce horas para mover las piezas, para llamar a los contactos, para presionar a los que se podían presionar y para silenciar a los que se podían silenciar.

Doce horas. Don Jairo había construido un imperio en veintidós años.

Doce horas era poco tiempo. Pero Don Jairo había hecho más con menos.

Don Jairo abrió los ojos —los abrió con algo que no era resolución ni derrota sino algo intermedio: la conciencia de que la partida no se había perdido pero que ya no se podía ganar como se había planeado—.

Y Don Jairo se levantó de la silla —se levantó con la lentitud del que sabe que lo que hace ahora es lo que define la noche, se levantó y caminó hacia el teléfono y levantó el auricular—.

Y Don Jairo marcó un número —marcó con los dedos que no temblaban pero que giraban el disco con la precisión del que sabe que cada llamada que hace es la llamada que puede salvar el imperio o la llamada que confirma la caída—.

La línea sonó. Una vez. Dos.

Y afuera la isla seguía cantando —cantando como se canta cuando la canción es la casa y la casa es la isla y la isla es la verdad, cantando el leitmotiv que era la conexión entre Mateo y Aitana y entre Aitana y la isla y entre la isla y la noche—:

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero

Y la canción subía —subía por las paredes, por la escalera, por la ventana del tercer piso donde Mateo y Aitana estaban juntos con la carta de Esteban y la ceniza de Lola y la marca que era mentira y la verdad que era más paciente que la marca y la noche que era larga pero que no era silenciosa porque la isla cantaba y la canción era la llave y la llave estaba girando y la puerta estaba a punto de abrirse—.

Y abajo, en el salón, Don Jairo esperaba la llamada que conectaba —la llamada que lo unía a la red que había construido durante veintidós años, la red de abogados y contactos y cómplices y testigos que se retractaban y pruebas que se perdían y casos que se cerraban—.

Pero la red tenía un agujero —el agujero que era la canción, el agujero que era la verdad, el agujero que era la cadena que conectaba a Esteban con Fermín con Mateo con Aitana y que era más larga y más fuerte que cualquier red que Don Jairo pudiera tejer en doce horas—.

La noche era larga.

Pero la noche no era silenciosa.

Porque la isla cantaba.

Y la canción era la llave.

Y la llave estaba girando.

Y la puerta —

La puerta era la salida.

La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía

Quiero que sepas lo que yo siento

Aunque nunca podrás ser mía

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero