CAPÍTULO 18 #9
Aitana se acercó a la ventana —se acercó y se quedó junto a Mateo, los dos mirando la noche, los dos oyendo la canción, los dos juntos en la ventana como habían estado juntos en el salón y en la cocina—.
Y Aitana tocó el cristal —tocó el cristal con los dedos que antes habían tocado la marca y que ahora tocaban la ventana como se toca la puerta que alguien ha dejado entreabierta—.
—Yago dijo que el mar no tiene cerrojo —dijo Aitana.
Mateo miró la ventana —miró el marco de madera, miró los pestillos, miró el cristal—.
La ventana era vieja —era la ventana original de la finca, la ventana que Don Jairo había instalado cuando construyó la casa, la ventana que no tenía rejas porque el tercer piso era lo suficientemente alto para que nadie intentara saltar—.
Pero la ventana se abría —se abría hacia afuera, hacia la noche, hacia el aire que olía a sal y a ocotillo quemado y a la canción que la isla cantaba—.
—El mar no tiene cerrojo —repitió Mateo—. Y la canción no tiene llave. Y la verdad no tiene puerta. —Mateo miró a Aitana—. Pero primero hay que leer la carta.
Aitana miró la carta —la carta que tenía en la mano desde que Mateo se la entregó, la carta de Esteban, la carta del padre que no conoció, la carta que era el último eslabón de la cadena que conectaba a los vivos con los muertos y a la verdad con la justicia—.
Y Aitana se sentó en la cama —la cama de metal con la colcha blanca, la cama donde había dormido once años y donde ahora se sentaba con la carta de su padre—.
Y Aitana abrió la carta —la abrió completamente esta vez, la desdobló, y leyó—.
Mateo no leyó con ella —Mateo no leyó porque la carta era de Aitana y para Aitana, la carta era la voz de un padre dirigiéndose a una hija que no conoció y que ahora lo conocía por primera vez—.
Pero Mateo vio la cara de Aitana mientras leía —vio cómo los ojos se movían sobre las líneas como se mueven los ojos del que lee algo que le cambia la vida, vio cómo los labios temblaban, vio cómo la respiración se aceleraba y después se detenía y después se aceleraba otra vez, como la respiración del que descubre algo que sabía sin saber que lo sabía—.
Y cuando Aitana terminó —cuando Aitana levantó la vista de la carta y miró a Mateo con los ojos que eran otros ojos, los ojos de la que ahora sabía lo que su padre quiso que supiera, los ojos de la que había completado la cadena— Aitana dijo algo —algo que no era para Mateo sino para la noche, para la canción, para la isla que seguía cantando—:
—Mi padre sabía. Sabía todo. Sabía lo que Jairo haría.
Sabía que la marca venía. Sabía que intentaría callarme.
Y escribió esto para que yo supiera —para que yo supiera que él no me abandonó, que él me escribió, que él me dejó la verdad como se deja la luz encendida para el que llega de noche—.
—Aitana sostuvo la carta —la sostuvo como se sostiene lo que es más valioso que la vida, como se sostiene la prueba que nadie puede destruir—.
Y mi padre escribió: La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía.
Quiero que sepas lo que yo siento. Aunque nunca podrás ser mía.
—Y Aitana lloró —lloró por primera vez en la noche, lloró como se llora cuando la verdad que se esperaba finalmente llega, lloró como se llora cuando el muerto que se creía lejano resulta ser el padre que siempre estuvo ahí, dentro de un trombón, dentro de una carta, dentro de una canción—.
Mateo se sentó junto a Aitana —se sentó en la cama de metal con la colcha blanca, se sentó como se sienta el que no necesita decir nada porque la presencia dice todo, como se sienta el que sabe que la distancia entre dos personas no se mide en metros sino en verdad, y que la verdad ahora estaba completa—.
Mateo no tocó a Aitana —no la tocó porque el momento era de Aitana y la carta era de Aitana y las lágrimas eran de Aitana—.
Pero Mateo estaba ahí —ahí como la canción estaba en la isla, ahí como la verdad estaba en la cadena, ahí como el fuego estaba en la cocina y la gente estaba en la cerca y Salazar estaba en la puerta y Fermín estaba en el portón—.
Mateo estaba ahí como se está cuando la presencia es más fuerte que cualquier marca—.
9:06 p.m
Abajo, en el salón, Don Jairo se quedó solo.
Los del pueblo habían sido escoltados a la puerta lateral por los ojos —Efraín caminando con la dignidad del que no se deja empujar, Sonia con el bolso de tela apretado contra el pecho, Eliecer con la mirada que registraba todo para contarlo mañana—.
Y los tres salieron —salieron de la finca y se unieron a la gente de la cerca y la gente de la cerca los recibió como se recibe a los que vuelven de un lugar del que no todos vuelven—.
Y Don Jairo se quedó solo en el salón —solo con la silla de caoba y el teléfono negro y el retrato de la abuela Heredia y el hueco detrás del retrato que ya no tenía cuaderno y la mesa donde había hecho las llamadas y la ventana que ya no miraba porque lo que estaba afuera era lo que no quería ver—.
Don Jairo se sentó —se sentó en la silla que había sido el trono durante veintidós años, la silla desde donde había controlado la marca y el nombre y el silencio y las siete canciones y todo lo que se podía controlar—.
Y Don Jairo miró sus manos —las manos que habían firmado los documentos y que habían dado las órdenes y que habían construido la finca y que habían encendido el ocotillo —o que habían dejado que alguien lo encendiera, que es lo mismo—.
Y Don Jairo vio las manos como ve las manos el que se mira al espejo después de veintidós años y descubre que las manos que ve son las manos del hombre que fue, no las del hombre que es—.