CAPÍTULO 18 #8
—Mi madre escribió esto —dijo Aitana—. Mercedes lo mantuvo vivo. Y alguien intentó quemarlo. —Aitana se volvió hacia la puerta de la cocina, hacia el pasillo donde los ojos estaban, hacia Don Jairo que estaba en el salón—. Pero la ceniza vuela. Y mi madre está en la ceniza. Y mi madre vuela.
Mateo tomó la mano de Aitana —la tomó con la mano que tenía ceniza, la mano que quemaba, la mano que tocó la pared caliente—.
Y Aitana dejó que Mateo la tomara —no como posesión sino como puente, no como marca sino como la conexión que el leitmotiv describía—.
Y la mano de Mateo con ceniza y la mano de Aitana con la marca se encontraron —se encontraron como se encuentran las notas que resuelven la canción, como se encuentran las verdades que completan la cadena—.
8:51 p.m
Don Jairo estaba de pie en el centro del salón —de pie como había estado de pie al principio de la noche, pero ahora el centro era diferente, ahora el centro era el lugar del que ha perdido el control y que lo sabe, el lugar del que calcula que ya no tiene cálculos, el lugar del que ve que las opciones se han reducido a una—.
Don Jairo miró a Mateo —lo miró con los ojos que ya no calculaban sino que registraban, los ojos que grababan lo que veían porque lo que veían era algo que Don Jairo iba a necesitar recordar, la imagen del compositor con la ceniza de Lola en la mano y la hija que no era suya al lado—.
Don Jairo miró a Aitana —la miró con los ojos del que ve cómo la cosa que creía más permanente —la marca, el nombre, el control— se desmorona como se desmoronan las cosas que se construyeron sobre la arena—.
Y Don Jairo miró a Yago —lo miró con los ojos del que busca la lealtad que ya no está segura, la obediencia que ya no es automática, la confirmación de que los ojos todavía son ojos—.
Yago estaba en la puerta del salón —la puerta que daba al pasillo, la puerta que era la línea entre el salón y el resto de la finca—.
Yago tenía la Browning en la cintura y los ojos en Don Jairo y la duda en el pecho y algo más —algo que no estaba antes pero que ahora estaba: la conciencia.
La conciencia de que lo que Don Jairo había construido era una mentira, la conciencia de que la marca era mentira y que el nombre era mentira y que el silencio era mentira, la conciencia de que veintidós años de servicio habían sido veintidós años de complicidad—.
Y la conciencia pesaba —pesaba más que la Browning, más que la lealtad, más que la paga—.
Porque la conciencia no se podía sacar de la cintura ni se podía guardar en un cajón ni se podía ignorar con una orden—.
Don Jairo dijo: —Yago.
Yago miró a Don Jairo —lo miró con los ojos que durante veintidós años habían sido la extensión de los ojos de Don Jairo—.
—Llévelos al cuarto del tercer piso —dijo Don Jairo—. Y que nadie salga hasta mañana.
Yago no se movió —no se movió de inmediato, no se movió con la velocidad del que obedece, no se movió con la certeza del que sabe lo que hace—.
Yago se quedó en la puerta —se quedó como se queda el que está a punto de tomar una decisión que no se puede deshacer, el que está en el borde entre lo que fue y lo que va a ser—.
—Yago —repitió Don Jairo. Y esta vez la voz era más baja, más lenta, la voz del que sabe que la orden que repite es la orden que puede no ser obedecida—.
Yago miró a Mateo —lo miró con los ojos que buscaban algo, que buscaban una señal, que buscaban la confirmación de algo que Yago no podía nombrar pero que sentía—.
Y Mateo devolvió la mirada —la devolvió con los ojos que no pedían nada sino que ofrecían algo: la verdad.
La verdad que Mateo había tocado y escrito y cantado y puesto al aire.
La verdad que estaba en la ceniza de Lola y en la carta de Esteban y en la marca de Aitana y en la canción que la isla cantaba—.
Yago apartó la vista —apartó la vista de Mateo porque la mirada de Mateo era demasiado honesta y la honestidad pesaba—.
Y Yago dijo algo —algo que era la primera decisión de la noche, la decisión que no era obediencia pero que tampoco era rebelión, la decisión del que está entre dos mundos y que no puede elegir ninguno—:
—Síganme —dijo Yago a Mateo y a Aitana. Y la voz era la voz de siempre, la voz de los ojos, la voz que ejecutaba órdenes—.
Pero los ojos no eran los de siempre. Los ojos eran los ojos de alguien que estaba viendo algo que no había visto antes —la verdad detrás de la orden, la mentira detrás de la marca, el fuego detrás del silencio—.
8:58 p.m
La escalera al tercer piso era estrecha —estrecha como son las escaleras de las casas que no fueron diseñadas para que la gente subiera sino para que la gente se quedara abajo, las escaleras que son la comunicación entre lo público y lo privado, entre el salón donde se recibe y el cuarto donde se encierra—.
Mateo subió primero —subió con el King 3B en la mano izquierda y la mano derecha contra la pared, la pared que olía a ocotillo quemado, la pared que tenía las marcas de las manos que habían subido antes que él —las manos de Aitana, las manos de los ojos, las manos de los que subían cuando Don Jairo ordenaba que alguien subiera—.
Aitana subió detrás —subió con la carta de Esteban en la mano y la marca en el hombro y los versos de Lola quemándose en la memoria, subió como había subido mil veces pero esta vez subía diferente —subía con alguien detrás, subía con alguien al lado, subía con la compañía que la canción había creado y que la marca no podía destruir—.
Yago subió último —subió con la Browning en la cintura y la duda en el pecho y los ojos que registraban cada escalón como si estuviera memorizando el camino para cuando necesitara recorrerlo en la oscuridad—.
Yago no habló —Yago no habló porque no había nada que decir que el silencio no dijera mejor, porque las palabras en la escalera serían las palabras que se escuchan y Yago no quería que lo escucharán —no ahora, no cuando la duda era tan grande y la decisión tan cercana—.
El cuarto del tercer piso era el cuarto de Aitana —el cuarto donde Aitana había dormido once años, el cuarto donde la ventana daba al mar, el cuarto donde la marca había ardido la primera vez, el cuarto que era la celda y el refugio y la cárcel y la casa—.
La habitación era pequeña —una cama de metal con una colcha blanca, una mesa de madera con un espejo, una silla, la ventana, y las paredes blancas que no tenían versos porque los versos estaban en la cocina donde Lola los había escrito y donde alguien los había quemado—.
Yago se quedó en la puerta —se quedó como se queda el guardián que ya no sabe si guarda la cárcel o guarda la salida—. Yago miró a Mateo, miró a Aitana, y Yago dijo algo —algo que era la primera cosa honesta que Yago había dicho en veintidós años—:
—La puerta se cierra desde afuera. Pero la ventana da al mar. Y el mar no tiene cerrojo.
Yago cerró la puerta —cerró la puerta con la llave que siempre llevaba y que durante veintidós años había sido la llave de la marca, la llave que cerraba lo que Don Jairo quería cerrado—.
Pero esta vez, al cerrar, Yago dejó algo —dejó algo que Mateo oyó y que Aitana oyó y que era la primera grieta en la pared del silencio: Yago no cerró con fuerza.
Yago cerró despacio —cerró despacio como se cierra algo que se sabe que se tendrá que abrir, cerró despacio como quien no quiere que la puerta se cierre, cerró despacio como quien deja una salida—.
Y los pasos de Yago bajando la escalera se fueron —se fueron perdiendo escalón por escalón como se pierde una canción cuando la radio se apaga, como se pierde el sonido cuando la distancia crece—.
Y Mateo y Aitana se quedaron solos —solos en el cuarto del tercer piso, solos con la ventana que daba al mar, solos con la carta de Esteban y con el King 3B y con la ceniza de Lola en los dedos de Mateo y la marca en el hombro de Aitana—.
9:01 p.m
Mateo se acercó a la ventana —la ventana que Aitana conocía mejor que cualquier otra ventana, la ventana que durante once años había sido la única conexión con lo que pasaba afuera—.
Y Mateo miró y vio la noche de Loíza —la noche que no era oscura sino azulada, la noche del Caribe donde siempre hay luz, la luz de las estrellas y la de los carros y la de las casas y la de la gente que seguía ahí, que no se había ido, que estaba sentada en las sillas de plástico y de pie junto a la cerca y en los carros con las radios encendidas—.
Y la gente cantaba —cantaba con la voz de la noche, la voz baja y lenta, la voz que era la canción pero más lento, como si la noche le hubiera dado un tempo nuevo, como si la canción fuera una oración que se reza antes de dormir—.
Y lo que cantaban era el leitmotiv —el leitmotiv que era la conexión entre Mateo y Aitana, entre la finca y la isla, entre la marca y la verdad, entre lo que fue y lo que iba a ser—:
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
Y la canción subía —subía por las paredes de la finca como había subido el humo de la cocina, subía por la escalera como habían subido Mateo y Aitana, subía hasta el tercer piso y entraba por la ventana como entra el aire que no se puede detener—.
Y Mateo oyó la canción —la oyó como la había oído la primera vez en la playa del Condado, como la había oído cuando salió al aire en WIPR, como la había oído cuando la gente de Loíza la cantaba en la lavandería y en la bicicleta y en la acera de los niños—.
Pero esta vez la canción era diferente —esta vez la canción era la compañía, la canción era lo que los conectaba con lo que estaba afuera, la canción era la cuerda que alguien había lanzado desde la playa hasta la ventana del tercer piso y que ahora estaba ahí, tirante, esperando que alguien la agarrara—.