CAPÍTULO 18 #7
—¡Fuego! ¡Fuego en la cocina!
Y el salón se movió —se movió como se mueve un cuarto cuando la palabra fuego atraviesa las paredes, como se mueven los cuerpos cuando el cuerpo sabe que el fuego es real y que el fuego no respeta la jerarquía ni la marca ni la silla de caoba—.
Mateo se levantó, Aitana se levantó, Sonia se levantó, Eliecer se levantó —todos se levantaron al mismo tiempo, como si la palabra fuego fuera una nota que todos tocaran al unísono—.
Yago entró al salón —entró con la cara de quien ha visto el fuego, entró con la urgencia del que sabe que el fuego en una cocina puede convertirse en el fuego de una casa—.
Yago miró a Don Jairo y Don Jairo miró a Yago y entre los dos pasó algo —algo que no eran palabras sino la comunicación de los que han trabajado juntos durante veintidós años, la comunicación que dice esto no estaba en el plan—.
—Los versos —dijo Aitana. Y no era pregunta —era diagnóstico.
Aitana sabía qué estaba ardiendo —los versos de Lola, los versos de Mercedes, los versos que la cocina había guardado durante quince años y que alguien ahora intentaba destruir como Don Jairo había destruido las siete canciones—.
—Los versos de mi madre. —Y algo se rompió en la voz de Aitana —no la fuerza sino la compostura, la compostura de la mujer que había enfrentado a Don Jairo con palabras y que ahora enfrentaba algo que no se enfrentaba con palabras sino con agua, con arena, con lo que el fuego no puede comer—.
Mateo miró a Don Jairo —lo miró con los ojos que no acusaban sino que diagnosticaban—. Y Mateo dijo lo que todos pensaban pero que nadie quería decir:
—¿Quién prendió el fuego, Don Jairo?
Don Jairo no respondió —no respondió porque no sabía la respuesta, porque Don Jairo no había ordenado el fuego, porque el fuego no estaba en el plan de nadie sale hasta mañana, porque el fuego era algo que había salido del control de Don Jairo como habían salido la canción y el cuaderno y la marca y todo lo que Don Jairo creía controlar—.
Pero Don Jairo no dijo eso —Don Jairo no dijo no fui yo porque no fui yo era lo que los culpables decían y Don Jairo no era culpable de esto —o no del todo, no directamente, no con la intención del que enciende un fuego sino con la negligencia del que crea las condiciones para que el fuego se encienda—.
—¡Los extintores! —gritó Yago desde la puerta—. ¡La cocina tiene extintores!
Yago salió del salón —salió hacia la cocina y Mateo lo siguió —no porque Mateo quisiera apagar el fuego sino porque Mateo quería ver la cocina, quería ver los versos, quería ver lo que ardía antes de que se convirtiera en ceniza—.
Y Mateo llegó a la cocina y vio el fuego —el fuego mediano, no el incendio de la televisión sino el fuego de la pared, el fuego que subía por los azulejos como sube la enredadera, el fuego que lamía los versos de ceniza como el gato lame la leche, el fuego que convertía La canción es la carta en humo y La carta es la llave en ceniza y La llave abre la puerta en nada—.
Yago disparó el extintor —la espuma blanca contra la llama naranja, el químico contra el fuego, la industria contra la naturaleza—.
Y el fuego retrocedió —retrocedió como retrocede el perro cuando le pisan la cola, retrocedió pero no se fue, porque el fuego había encontrado algo que le gustaba —los versos, la ceniza, la memoria de Lola— y el fuego no se iba fácilmente de los lugares donde encontraba comida—.
Mateo vio los versos —los versos que no se habían quemado todavía, los versos que estaban al borde del fuego como los suicidas están al borde del puente, los versos que decían Y la puerta es la salida y que brillaban bajo la luz del fuego con la luminosidad de lo que está a punto de desaparecer—.
Y Mateo hizo algo —hizo algo sin pensar, como se hace lo que se hace cuando lo que se ama está a punto de arder: extendió la mano y tocó la pared —la pared caliente, la pared que quemaba los dedos, la pared donde los versos de Lola estaban escritos en ceniza de ocotillo— y Mateo sintió la ceniza bajo los dedos —la ceniza que se deshacía, la ceniza que se volvía humo, la ceniza que era la firma de Lola y que ahora se iba—.
—¡Mateo! —gritó Aitana desde la puerta de la cocina—. ¡La mano!
Mateo retiró la mano —la retiró con la ceniza de Lola en los dedos, la ceniza que no se podía salvar pero que se podía llevar, la ceniza que era lo último que quedaba de los versos de la cocina y que ahora estaba en la piel de Mateo como la marca había estado en la piel de Aitana —no como posesión sino como memoria, no como marca sino como verdad—.
El fuego se apagó —se apagó porque Yago apuntó el extintor donde el fuego era más débil y el fuego retrocedió y murió en la esquina de la cocina donde los azulejos estaban negros y la pared estaba chamuscada y los versos de Lola ya no estaban —o estaban a medias, la mitad arriba y la mitad abajo, como un texto que alguien había mutilado—.
Pero el fuego dejó algo —dejó algo que era más importante que lo que destruyó: el olor.
El olor del ocotillo quemado llenó la finca —llenó la cocina, llenó el pasillo, llenó el salón, llenó los pulmones de todos—.
Y el olor era el olor de la marca —el mismo olor que Aitana había olido cuando tenía doce años y que le pusieron ocotillo en el hombro, el mismo olor que Mercedes había olido durante quince años cuando encendía la lata para escribir los versos, el mismo olor que la finca había olido durante veintidós años—.
El olor de la marca. El olor del fuego. El olor de lo que se quema para que otra cosa nazca.
Y Aitana dijo algo —algo que no era para Don Jairo ni para Mateo ni para Yago sino para el olor, para el fuego, para la ceniza, para la memoria de Lola que acababa de arder—:
—Y por los celos, los celos, los celos / A mí el corazón me arde, me arde.
—Y Aitana se tocó el hombro —el hombro donde la marca estaba, la marca de ocotillo que ardía en la memoria como había ardido en la piel, la marca que ahora ardía de otra manera —no como posesión sino como prueba, no como mentira sino como testimonio—.
—El fuego no quema los versos, Don Jairo.
El fuego los esparce. Porque la ceniza vuela. Y lo que vuela no se puede atrapar.
Don Jairo estaba en el umbral de la cocina —de pie, mirando la pared chamuscada, mirando los versos a medio destruir, mirando lo que alguien había intentado quemar y que no se había quemado del todo—.
Y Don Jairo dijo algo —algo que era la primera verdad honesta que Don Jairo había dicho en toda la noche, algo que no era cálculo ni estrategia ni control sino la voz del hombre debajo del patriarca—:
—Yo no ordené ese fuego.
Y Mateo creyó —creyó porque la voz de Don Jairo era diferente, porque la voz no tenía la frecuencia del control sino la frecuencia del hombre, porque Don Jairo estaba diciendo la verdad —la verdad de que el fuego no era suyo sino que el fuego era el hijo del sistema que Don Jairo había creado, el fuego que nacía de los veintidós años de silencio y de marca y de ojos y de puertas cerradas, el fuego que era la consecuencia de lo que Don Jairo había construido y que Don Jairo ya no podía controlar—.
Y Mateo creyó porque los sistemas crean fuegos que nadie enciende —los sistemas crean las condiciones para que el fuego nazca y después el fuego nace y el sistema no puede apagarlo porque el sistema mismo es lo que alimenta la llama—.
—No importa quién lo encendió —dijo Mateo—. Lo que importa es que arde. Y lo que arde ilumina. Y lo que ilumina se ve. Y lo que se ve no se puede negar.
8:44 p.m
La finca olía a ocotillo quemado —el olor que penetraba todo, que se metía en la ropa y en el pelo y en la piel y en la memoria, el olor que era la marca y que ahora era la prueba, el olor que era la historia de veintidós años condensada en un humo que no se podía ignorar—.
Y la gente afuera olía el humo —lo olían porque el humo salía por las ventanas de la cocina y el viento lo llevaba hacia la cerca blanca y la cerca blanca no podía detener el humo porque el humo era aire y el aire no tiene dueño—.
Y la gente afuera no se fue —la gente se acercó.
Se acercó porque donde hay humo hay algo, y el algo que había era la finca que la gente de Loíza había visto durante veintidós años desde afuera sin saber qué había dentro, y ahora la finca echaba humo y la gente quería saber —quería saber qué ardía, qué se quemaba, qué se estaba destruyendo dentro de la casa blanca con la cerca blanca y el portón de hierro—.
Mateo estaba en la cocina —de pie junto a la pared chamuscada, con la ceniza de Lola en los dedos y la mano que le dolía —el dolor sordo de la quemadura superficial, el dolor que no era nada comparado con lo que la pared había perdido—.
Mateo miró los versos que quedaban —los versos a medio quemar, los versos que decían La canción es la carta y que ahora decían La can…
es la c… y los que decían La puerta es la salida y que ahora decían La pu…
es la sa…—. Y Mateo pensó que la verdad no se destruye —la verdad se fragmenta, se quema, se mutila, pero la verdad sigue siendo verdad aunque esté a medias, porque la media verdad es más verdad que la mentira completa—.
Aitana estaba junto a Mateo —junto a él en la cocina, junto a la pared chamuscada, junto a lo que quedaba de los versos de su madre—.
Y Aitana tocó la pared —la tocó con los dedos que tocaron la marca tantas veces, los dedos que ahora tocaban la ceniza de Lola como habían tocado la cicatriz del hombro—.
Y Aitana no lloró —no lloró porque no había lágrimas suficientes para lo que se había perdido, porque lo que se había perdido no era papel ni ceniza sino la conexión con la madre que murió y que dejó los versos como los muertos dejan las cosas que no pueden llevarse—.