CAPÍTULO 18 #6
Yago apartó la vista de Don Jairo y miró al pasillo —el pasillo oscuro donde los ojos de la gabardina estaban de pie junto a la escalera—.
Y Yago pensó en los ojos —en los hombres que eran como él, hombres que obedecían porque la obediencia era el trabajo y el trabajo era la comida y la comida era la vida—.
¿Cuántos de esos ojos sabían lo que Yago sabía?
¿Cuántos habían oído la canción? ¿Cuántos habían visto a Don Jairo admitir que la marca era mentira? ¿Cuántos estaban dudando?
Yago no lo sabía. Yago no podía saberlo —no podía preguntar, no podía hablar, no podía romper el silencio que su trabajo exigía—.
Pero Yago sospechaba que no era el único.
Porque la canción había salido al aire y la canción era para todos —para los de afuera y para los de adentro, para los que cantaban y para los que vigilaban, para los que creían y para los que dudaban—.
Y la canción no discriminaba —la canción entraba por los oídos como entraba el ocotillo por la nariz, como entraba la verdad por los ojos, como entraba la duda por la piel—.
§
8:23 p.m
El teléfono sonó por segunda vez.
Esta vez Don Jairo no se levantó de inmediato —se quedó en la silla como si el teléfono no fuera a sonar otra vez, como si ignorar la llamada pudiera ignorar lo que la llamada traía—.
Pero el teléfono siguió sonando —sonó con la persistencia del que no se va, del que llama hasta que contesten, del que sabe que lo que tiene que decir es más importante que la voluntad del que no quiere oír—.
Don Jairo se levantó —se levantó con la lentitud del que sabe que cada llamada que recibe a esta hora es un clavo más en el ataúd del control—.
Y Don Jairo levantó el auricular y dijo —no habla Heredia sino algo más corto, algo que era más la voz del que no quiere hablar que la voz del que contesta—:
—Diga.
Y la voz al otro lado dijo algo —algo que Mateo no pudo oír pero que Mateo pudo ver en los ojos de Don Jairo porque los ojos de Don Jairo se abrieron —se abrieron como se abren los ojos del que ve algo que no esperaba, como se abren los ojos del que recibe una noticia que no encaja en ningún cálculo—.
Don Jairo dijo: —¿Cuándo?
Pausa.
—¿Dónde exactamente?
Pausa.
—¿Quién más lo sabe?
Pausa larga —la pausa más larga que Mateo había visto en Don Jairo, la pausa donde Don Jairo procesaba algo que era más grande que la canción y más grande que el cuaderno y más grande que la marca, algo que cambiaba las reglas de la noche entera—.
—Entendido —dijo Don Jairo. Y colgó. Pero esta vez Don Jairo no se quedó junto al teléfono —esta vez Don Jairo caminó hacia la ventana, caminó con pasos que no eran los pasos calculados del estratega sino los pasos desordenados del que ha recibido un golpe que no esperaba, los pasos del que necesita ver algo para creerlo—.
Don Jairo miró por la ventana —miró hacia la carretera, hacia donde Yago había dicho que estaban los tres carros—.
Y Don Jairo vio lo que Yago había descrito: tres carros, tres colores, las luces encendidas.
Pero ahora había algo más —algo que no estaba ahí hace veinte minutos: otro carro.
Un cuarto carro. Y del cuarto carro salió alguien —alguien que Don Jairo reconoció no por la cara, porque era de noche y la distancia era demasiada para ver caras, sino por la manera de moverse, la manera de caminar del que tiene autoridad y que la autoridad le da el derecho de caminar hacia una finca cerrada como si la finca fuera suya—.
Mateo se acercó a la ventana —se acercó sin pedir permiso, se acercó porque la ventana era la conexión con lo que pasaba afuera y lo que pasaba afuera era tan importante como lo que pasaba adentro—.
Y Mateo vio lo que Don Jairo veía: el hombre del cuarto carro caminando hacia el portón de hierro.
Y Mateo reconoció la caminata —no la cara pero la caminata, la caminata del que no carga peso en la cintura porque no necesita peso en la cintura, la caminata del que camina con la autoridad que no viene de la Browning sino de la placa—.
—Salazar —dijo Mateo. No era pregunta —era identificación. El agente del FBI estaba en la puerta de la finca.
Don Jairo se volvió —se volvió con la velocidad del que ha sido llamado por su nombre en un lugar donde creía que nadie lo conocía, con la velocidad del que descubre que la distancia entre él y la ley es menor de lo que calculó—.
—Salazar no tiene una orden —dijo Don Jairo—. No puede entrar sin una orden.
—No necesita entrar —dijo Mateo—. Solo necesita estar.
Y estar es suficiente. Porque Salazar no necesita entrar a la finca para saber lo que la finca contiene.
Salazar tiene el cuaderno. Tiene el acta.
Tiene la declaración de Mercedes. Tiene la declaración de Florina.
Tiene los cuarenta y siete documentos que Lorena fotografió.
Tiene la cinta de la canción que WIPR transmitió.
Y ahora tiene la carta de Esteban —porque en el momento en que Aitana declare, la carta entra en el caso—.
Salazar no necesita entrar, Don Jairo. Salazar solo necesita esperar.
Y los federales son pacientes —más pacientes que los carceleros, más pacientes que los patriarcas, más pacientes que las marcas—.
Don Jairo miró por la ventana otra vez —miró al hombre que caminaba hacia el portón, al hombre que representaba la ley que Don Jairo había eludido durante veintidós años y que ahora estaba en la puerta de su casa—.
Y Don Jairo vio algo más —vio los faros de otro carro que se acercaba por la carretera 187, otro carro que venía de Loíza, otro carro que no era federal ni del clan sino del pueblo—.
Y del carro bajó alguien —alguien que Mateo reconoció de inmediato porque la figura era inconfundible: la figura alta y delgada de un hombre viejo con un estuche negro en la mano—.
Fermín Torres.
El trombonista de Vieques había cruzado —había cruzado el canal, había cruzado la isla, había cruzado la carretera 187, y ahora estaba aquí —en la puerta de la finca donde la verdad había estado encerrada durante veintidós años y donde ahora, por primera vez, la verdad tenía una cadena completa: Esteban, Fermín, Mateo, Aitana—.
Fermín estaba aquí. Y Fermín traía algo —traía el King 3B de Esteban, el trombón original, el trombón donde Esteban había tocado la canción antes de que la canción fuera canción, el trombón donde Fermín había guardado la carta durante veintidós años, el trombón que era el primer eslabón de la cadena que ahora se completaba—.
Mateo sintió algo —algo que era más grande que la confirmación, más grande que el alivio, más grande que la esperanza—.
Era la cadena. La cadena completa. Esteban había escrito la carta.
Fermín la había guardado. Mateo había encontrado la carta y había escrito la canción.
Toño la había transmitido. La isla la había cantado.
Mercedes había sacado el cuaderno. Lorena lo había documentado.
Florina había certificado el acta. Salazar había abierto el caso.
Y ahora Fermín estaba aquí —en la puerta, con el trombón de Esteban, completando el círculo—.
Aitana vio a Fermín desde la ventana —lo vio como se ve a alguien que se ha estado esperando sin saber que se estaba esperando, como se ve la pieza final del rompecabezas—. Y Aitana dijo algo —algo que era para Mateo pero que en realidad era para todos, para la isla, para la noche, para la cadena—:
—Es Fermín.
Mateo asintió —asintió con los ojos húmedos, los ojos del compositor que ve cómo la canción que compuso se ha convertido en algo más grande que la música—.
—Es Fermín —repitió Mateo—. El que guardó la carta. El que guardó la verdad.
Don Jairo miró por la ventana —miró al viejo con el estuche negro y lo reconoció, lo reconoció porque Don Jairo reconocía a todos los que habían estado cerca de Esteban, a todos los que podían ser eslabones de la cadena que Don Jairo había intentado romper—.
Y Don Jairo dijo algo —algo que era la confirmación de que la cadena era más larga que cualquier cálculo—:
—El trombonista de Vieques. —Y agregó algo más, algo que era la confesión final del que ve cómo todo lo que construyó se desmorona—: Pensé que estaba muerto.
—La verdad no muere —dijo Aitana—. La verdad espera.
8:31 p.m
Y fue entonces cuando el fuego empezó.
No el fuego metafórico —no el fuego de los celos que ardía en el pecho de Don Jairo, no el fuego de la rabia que ardía en las palabras de Aitana, no el fuego de la canción que ardía en la frecuencia de la isla—.
El fuego real. El fuego que huele a humo y que quema la piel y que come las paredes y que no se puede apagar con palabras ni con órdenes ni con marcas.
Empezó en la cocina.
Mateo lo olió primero —lo olió con la nariz del que ha olido incendios antes, del que ha estado en cocinas donde el aceite se quema y donde la grasa se inflama, del que reconoce el olor del fuego antes de verlo—.
Y el olor no era aceite ni grasa sino algo más orgánico, algo más resinoso —el ocotillo.
El ocotillo que Mercedes había quemado para escribir los versos de Lola en la pared, el ocotillo que Don Jairo había quemado para marcar el hombro de Aitana, el ocotillo que ardía en la memoria de la finca como ardía ahora en la cocina—.
Pero esta vez el ocotillo no estaba en una lata ni en un ritual —esta vez el ocotillo estaba en la pared, en los versos que Mercedes escribió con ceniza, los versos que decían La canción es la carta / La carta es la llave / La llave abre la puerta / Y la puerta es la salida, y alguien —alguien que Mateo no vio, alguien que estaba en la cocina cuando los ojos no miraban, alguien que decidio que los versos eran más peligrosos de pie que ardiendo— alguien había prendido fuego a la pared.
Efraín fue el primero en reaccionar —el camionero que había sobrevivido incendios en carretera, el camionero que sabía que el fuego no espera, el camionero que gritó lo que todos pensaban pero que nadie dijo—: