GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 18 #5
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CAPÍTULO 18 #5

—¿Qué sé? —dijo Don Jairo, y la pregunta era la última tentativa del que quiere negar lo que ya no se puede negar—.

—Que se acabó —dijo Aitana—. No esta noche.

No mañana. Pero se acabó. La investigación está abierta.

Los testigos declararon. Las pruebas están en custodia.

La canción salió al aire. La gente está afuera.

Y la carta de mi padre está en mis manos.

—Aitana levantó la carta —la levantó como se levanta la evidencia, como se levanta lo que no se puede discutir—.

Tú puedes cerrar la finca. Puedes poner seis ojos en las puertas.

Puedes llamara Roldán y pedir los papeles de Cádiz.

Puedes hacer lo que hiciste siete veces —quemar, interceptar, callar—.

Pero esta vez es diferente. Esta vez la verdad ya cruzó la puerta.

Y la puerta es la salida. Y la salida está abierta.

8:02 p.m

Yago entró al salón por segunda vez —entró con algo que Mateo reconoció de inmediato: un receptor de radio.

Un receptor pequeño, de los que usaban los ojos para comunicarse entre sí, un receptor que Yago llevaba en el cinturón y que ahora sacaba del cinturón y ponía sobre la mesa de caoba —la mesa de Don Jairo, la mesa donde Don Jairo recibía las llamadas y daba las órdenes—.

—Jefe —dijo Yago—. Hay movimiento en la carretera.

Don Jairo miró a Yago —lo miró con los ojos que esperaban la información que Yago siempre traía, la información que los ojos recolectaban y que Yago procesaba y que Don Jairo utilizaba—.

—¿Qué tipo de movimiento?

—Carros —dijo Yago—. No los de la gente del pueblo. Carros diferentes. Tres. Uno gris, uno blanco, uno azul oscuro. Estacionados a doscientos metros del portón. No se han movido. Pero las luces están encendidas y hay gente dentro.

Don Jairo procesó —procesó con la velocidad del que ha pasado veintidós años procesando información y que ahora procesaba algo que no encajaba en el patrón, algo que era nuevo—.

—¿Cuántos?

—Seis. Quizás ocho. No se ven bien —está oscuro—.

Mateo pensó: El FBI. Pero no dijo nada —no dijo nada porque no estaba seguro y porque decir el nombre del FBI en este salón era dar a Don Jairo información que Don Jairo podía usar, y Mateo no estaba seguro de que los carros fueran del FBI —podían ser periodistas, podían ser curiosos, podían ser otra cosa—.

Pero Yago pensó lo mismo —Yago pensó FBI con la misma intuición del ojo que reconoce los patrones del enemigo, y Yago dijo lo que pensó porque Yago era la información de Don Jairo y la información no filtra—:

—Pueden ser federales, Jefe. El agente que llamó… Salazar… Dijo que la investigación incluye la finca. Si la investigación incluye la finca, la finca está bajo observación.

Don Jairo miró a Yago —lo miró con algo que no era ira sino algo más frío: cálculo. El cálculo del que está evaluando si la presencia de federales afuera cambia el plan, si el plan necesita ser modificado, si el plan puede ser modificado—.

—Si son federales, están observando —dijo Don Jairo—. No van a entrar de noche sin una orden. Y una orden judicial en un domingo en Puerto Rico no llega hasta el lunes. Tenemos hasta mañana.

—¿Hasta mañana? —dijo Mateo—. ¿Y qué pasa mañana?

Don Jairo miró a Mateo —lo miró con los ojos que habían recuperado algo de la calma anterior, los ojos del estratega que ha encontrado una nueva línea de defensa—.

—Mañana —dijo Don Jairo— los abogados trabajan.

Mañana los tribunales abren. Mañana las cosas se pueden mover de la manera en que las cosas se mueven en este país —con papeles, con sellos, con testigos que se retractan y pruebas que se pierden y casos que se cierran por falta de evidencia—.

He visto casos más fuertes que este caer en la oficina del fiscal.

He visto testigos más convencidos que Mercedes cambiarse de opinión después de una conversación con la persona correcta.

He visto pruebas más sólidas que un cuaderno azul desaparecer del almacén de evidencias.

—Don Jairo hizo la pausa —la pausa que había vuelto, la pausa del control, la pausa que decía todavía tengo opciones—.

Lo que hoy parece irrevocable, mañana parece negociable.

Y lo que es negociable se negocia. Y lo que se negocia se resuelve a favor del que tiene más recursos. Y yo tengo más recursos.

Aitana dijo: —Tienes recursos. Pero no tienes la verdad. Y la verdad no se negocia.

Don Jairo sonrió —sonrió por primera vez en la noche, la sonrisa que no era de humor sino de ironía, la sonrisa del que reconoce algo que le fue dicho una vez y que ahora escucha de otra boca—.

—La verdad —dijo Don Jairo—. La verdad es lo que un tribunal dice que es la verdad. Y los tribunales escuchan a los que saben hablar. Y yo sé hablar.

—Tú sabes mentir —dijo Mateo—. Y mentir es una forma de hablar. Pero la canción no miente. La canción no se puede comprar. La canción no se puede retractar. La canción ya está en la isla y la isla ya la cantó y lo que la isla canta no se puede descantar.

Don Jairo miró a Mateo —lo miró con los ojos que lo evaluaban todo, los ojos que buscaban el punto débil del adversario—.

Y Don Jairo encontró algo —encontró algo que no era un punto débil sino algo más peligroso: la convicción.

Mateo no era un político que negociaba ni un testigo que se retractaba ni un abogado que argumentaba.

Mateo era un compositor que había escrito la verdad y que la había tocado y que la había grabado y que la había puesto al aire y que la verdad ahora era más grande que él —era la isla, era la radio, era la gente afuera, era la cadena que conectaba a Esteban con Fermín con Mateo con Aitana con Mercedes con Florina con Lorena con Salazar—.

Y la convicción no se negocia —la convicción se rompe o se mantiene, y Mateo no se iba a romper—.

Don Jairo lo sabía. Y por primera vez en la noche, Don Jairo dejó de calcular —dejó de calcular porque el cálculo requería que el otro tuviera un precio y Mateo no tenía precio, porque el cálculo requería que la verdad fuera negociable y la verdad no era negociable, porque el cálculo requería que la noche fuera suficiente y la noche no era suficiente—.

Y en el momento en que Don Jairo dejó de calcular, algo cambió en el salón —algo que no se veía pero que se sentía, como se siente el cambio de dirección del viento antes de que las hojas se muevan—.

Don Jairo dejó de ser el estratega y se convirtió en otra cosa —se convirtió en el hombre que ha construido su vida sobre una premisa y que descubre que la premisa era falsa, el hombre que ha marcado a una niña creyendo que la marca era para siempre y que descubre que la marca era para veintidós años y que los veintidós años se acabaron—.

8:17 p.m

Yago estaba en la puerta del salón —la puerta que daba al pasillo, la puerta que era la línea entre el salón y el resto de la finca—.

Yago tenía la Browning en la cintura y el receptor en el cinturón y los ojos en la espalda de Don Jairo y algo más —algo que no estaba en la cintura ni en el cinturón ni en los ojos sino en el pecho, algo que pesaba más que la Browning y que el receptor y que los ojos juntos—. La duda.

La duda había entrado en Yago hacía horas —había entrado cuando la canción salió de la radio y Yago la oyó y la canción dijo Sé que nunca fuiste mía / Ni lo ha sido, ni lo eres y Yago pensó en Aitana y en la marca y en los once años y en todo lo que Yago había hecho para mantener la marca y mantener el silencio y mantener la finca—.

Y la duda había crecido —había crecido cuando Yago cerró la puerta despacio hace una hora, cuando Yago vio a la gente del pueblo entrar al salón sin permiso y quedarse, cuando Yago oyó a Don Jairo decir yo lo sé y admitir que la marca era mentira—.

Y ahora la duda pesaba —pesaba como pesa lo que no se puede nombrar pero que se sabe, lo que no se puede tocar pero que está ahí, lo que no se puede ignorar porque cada palabra que Don Jairo dice y cada orden que Don Jairo da y cada llamada que Don Jairo hace confirma lo que la canción dijo y lo que Aitana dijo y lo que la carta de Esteban confirmó—.

Yago miró a Don Jairo —lo miró desde la puerta, lo miró con los ojos que durante veintidós años habían sido la extensión de los ojos de Don Jairo—.

Y Yago vio algo que no había visto antes —o que no había querido ver—: vio a un hombre.

No al jefe, no al patriarca, no al poder —sino a un hombre.

Un hombre sentado en una silla de caoba en una casa que se le estaba cayendo, rodeado de ojos que ya no obedecían con la misma velocidad, con la marca que ya no era verdad, con la canción que ya no se podía callar, con el FBI afuera y la gente cantando y la carta en las manos de la mujer que él creía su hija y que no era su hija—.

Y Yago pensó algo —pensó algo que no era una decisión sino el principio de una decisión, el espacio antes de la nota, el silencio antes de la música—: ¿De qué lado estoy?

La pregunta no tenía respuesta —no todavía—.

Pero la pregunta existía. Y la existencia de la pregunta era algo nuevo en Yago —tan nuevo como la canción en la radio, tan nuevo como la marca que resultó ser mentira, tan nuevo como la duda que pesaba en el pecho—.

Y lo nuevo pesaba —pesaba más que la Browning, más que la lealtad, más que los veintidós años de servicio—.

Porque lo nuevo era la verdad y la verdad era más pesada que la mentira porque la verdad no se podía soltar —la verdad se sabía y lo que se sabía no se podía dejar de saber—.