GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 18 #4
74%

CAPÍTULO 18 #4

Mateo se puso de pie —se puso de pie porque los papeles de Cádiz significaba algo, significaba que Don Jairo estaba llamando a alguien que tenía documentos de 1963, documentos que podían ser los documentos que falsificaron el certificado de Aitana, los documentos que convirtieron a Aitana Martínez Vega en Aitana Heredia, los documentos que la marca había hecho posibles—.

Y si Don Jairo estaba llamando a alguien que tenía esos papeles, era porque Don Jairo estaba intentando reconstruir la mentira —reconstruirla con los mismos materiales que la habían construido—.

Pero la mentira ya no era solo la marca ni el certificado —la mentira era el cuaderno y el acta y la carta y la canción y la declaración de Mercedes y la declaración de Florina y todo lo que había salido al aire y que ya no se podía meter dentro de un papel—.

Aitana también se puso de pie —se puso de pie con la carta en la mano y los ojos que brillaban con algo que no era miedo sino algo más antiguo y más fuerte que el miedo: rabia.

La rabia de la mujer que oye al hombre que la marcó pedir que le traigan los instrumentos de la marca —los papeles, la tinta, la mentira— como si la marca pudiera reconstruirse con papel y tinta—.

—Los papeles de Cádiz —dijo Aitana—. Los papeles que convirtieron a Aitana Martínez Vega en Aitana Heredia. Los papeles que falsificaron mi existencia. Los papeles que tú usaste para robarle una hija a un muerto.

Don Jairo cubrió el auricular con la mano —lo cubrió como se cubren las cosas que no se quieren compartir, lo cubrió con la urgencia del que sabe que lo que se dice por teléfono no debe oírse en el salón—.

—Esos papeles son documentos legales —dijo Don Jairo—. Documentos que un tribunal reconoció. Documentos que dan identidad. Documentos que te dieron un nombre, una casa, una vida.

—Documentos que me dieron una mentira —dijo Aitana—. Documentos que me robaron mi nombre. Documentos que me pusieron la marca de otro encima de la verdad que me pertenecía.

Don Jairo descubrió el auricular —lo descubrió y dijo algo en la línea que Mateo no pudo oír y que Don Jairo dijo rápido, como quien dice lo esencial antes de que lo interrumpan—.

Y Don Jairo colgó —colgó con la mano que no temblaba pero que dejó el auricular en la horquilla un segundo más de lo necesario, como si la mano no quisiera soltar el teléfono porque el teléfono era el último instrumento de control y soltarlo era admitir que el control tenía límites—.

7:31 p.m

El tiempo en la finca se había vuelto denso —denso como se vuelve el aire antes de la lluvia, denso como se vuelve el silencio antes de la nota que resuelve la canción—.

Mateo sentía la densidad —la sentía en la piel, en los oídos, en el estómago— y sabía que la densidad era el preludio de algo, el momento donde todo puede ir en cualquier dirección y donde la dirección se decide por cosas que no son lógica sino instinto, cosas que no se calculan sino que se sienten—.

Aitana estaba de pie junto a la ventana —la ventana que daba al frente, la ventana que era el único contacto con lo que pasaba afuera—.

Aitana miraba la gente y la gente la veía —la veía como se ve a alguien en una ventana, como se ve a alguien que está dentro y que debería estar afuera, como se ve a alguien que está preso—.

Y la gente no se iba —no se iba aunque eran casi las ocho de la noche y el domingo era día de dormir temprano y las casas estaban lejos y los mosquitos picaban y la comida no llegaba—.

La gente se quedaba porque quedarse era la forma que tenían de decir: sabemos que estás ahí. Y no nos vamos hasta que salgas.

Y la gente cantaba —cantaba con la voz baja de la noche, la voz que no grita sino que murmura, la voz del coro que no necesita director sino convicción—.

Y lo que cantaban era el leitmotiv —Sin mirarte yo te miro / Sin sentirte yo te siento— pero ahora el leitmotiv era más lento, más grave, como si la noche le hubiera dado un tempo diferente, como si la canción que era alegre de día se volviera elegía de noche, como si la verdad que era declaración de tarde se volviera oración de noche—.

Mateo estaba junto al King 3B —el trombón apoyado contra la pared del salón, la campana abierta hacia el techo como la boca de quien ha dicho todo lo que tenía que decir y ahora descansa—.

Mateo tocó la campana del trombón —la tocó con los dedos que habían tocado la canción, los dedos que habían sostenido la boquilla, los dedos que habían escrito los versos que ahora la isla cantaba—.

Y Mateo pensó en Esteban —pensó en el abuelo que había tocado este mismo trombón antes que él, que había escrito la carta que estaba en las manos de Aitana, que había muerto creyendo que la verdad se perdería y que la verdad no se perdió porque Fermín la guardó y Mateo la encontró y Aitana la tenía—.

La cadena era más larga que la mentira —Aitana tenía razón—.

La cadena era la música y la música era la memoria y la memoria era la verdad y la verdad era más paciente que cualquier marca—.

Don Jairo estaba sentado de nuevo en la silla de caoba —sentado pero no como antes, no con la calma del patriarca sino con la rigidez del que ha recibido un golpe y que está evaluando cuánto daño hizo el golpe y si puede seguir de pie—.

Don Jairo tenía las manos sobre los brazos de la silla —las manos quietas, los dedos extendidos, las mismas manos de siempre pero ahora las manos parecían más pesadas, como si las manos cargaran algo que antes no cargaban—.

Y los ojos de Don Jairo —los ojos que veían todo— ahora veían algo diferente: no la sala que controlaba sino la sala que se le escapaba, no los prisioneros que retenía sino los testigos que lo observaban, no la noche que había declarado larga sino la noche que se le estaba volviendo más larga de lo que había calculado—.

7:48 p.m

El teléfono sonó.

Sonó como suena un teléfono en una casa donde los teléfonos no suenan a las ocho de la noche —con la urgencia del que llama porque tiene que llamar, no porque quiera llamar—.

Y Don Jairo se levantó —se levantó de la silla de caoba con la velocidad del que sabe que una llamada a esta hora no es social sino oficial, no es cortesía sino citación—.

Don Jairo tomó el auricular —lo tomó con la mano que había colgado hace cuarenta minutos y que ahora levantaba el auricular con la misma fuerza pero con un ritmo diferente, el ritmo del que no llama sino del que recibe, el ritmo del que no controla la conversación sino que la escucha—.

—Habla Heredia —dijo Don Jairo.

Y la voz al otro lado dijo algo que Mateo no pudo oír pero que Mateo pudo ver —porque lo que la voz dijo se vio en la cara de Don Jairo como se ve la luz en la cara del que abre la ventana de golpe—.

La cara de Don Jairo cambió —no cambió de color como cambió antes sino que cambió de estructura, como si los músculos se hubieran reorganizado debajo de la piel, como si algo que estaba sostenido por la mandíbula y los ojos y la calma se hubiera soltado y la cara fuera ahora la cara de otro hombre —un hombre que no era el Don Jairo del retrato de la abuela Heredia sino un hombre que estaba descubriendo que el retrato tenía un hueco y que el hueco estaba vacío y que lo que había dentro del hueco ya no estaba—.

Don Jairo dijo algo —algo corto, algo que era más un sonido que una palabra—: Entendido. Y colgó.

Don Jairo se quedó de pie junto al teléfono —se quedó como se queda el que ha recibido una noticia que no esperaba y que necesita procesar antes de moverse, porque moverse antes de procesar es moverse en la dirección equivocada y Don Jairo no podía permitirse otra dirección equivocada—.

Y Don Jairo procesó —procesó con los ojos cerrados y la mandíbula apretada y los dedos sobre la mesa de caoba—.

Y cuando Don Jairo abrió los ojos, los ojos eran diferentes —eran los ojos de un hombre que ha medido el daño y que sabe que el daño es mayor que los recursos disponibles para repararlo, los ojos del general que ha contado las tropas y que sabe que las tropas no son suficientes—.

—¿Quién era? —preguntó Mateo. Y la pregunta no era intrusión sino cálculo —Mateo necesitaba saber qué sabía Don Jairo porque lo que Don Jairo sabía determinaba lo que Don Jairo haría—.

Don Jairo miró a Mateo —lo miró con los ojos que ya no medían la distancia entre el control y la derrota sino la distancia entre la derrota y algo peor—.

—El FBI —dijo Don Jairo. Y la palabra FBI en la boca de Don Jairo sonó como suena el nombre de una enfermedad que se creía curada y que ha vuelto —con la resonancia del que reconoce la amenaza y que sabe que la amenaza es real—.

El agente Salazar. Caso ochenta y cinco-ochocientos diecisiete-SJ.

Me acaba de notificar que hay una investigación abierta.

Que hay denuncia. Que hay pruebas. Que hay testigos.

Y que la investigación incluye esta finca.

Mateo sintió algo —algo que no era alivio porque el alivio llega cuando el peligro pasa y el peligro no había pasado, algo que no era esperanza porque la esperanza es anterior al hecho y el hecho ya estaba sucediendo—.

Era confirmación —la misma confirmación que había sentido cuando oyó a las mujeres de la lavandería cantar la canción, la confirmación de que la cadena funcionaba, de que cada eslabón se conectaba con el siguiente, de que lo que Mercedes había sacado de la finca y lo que Lorena había documentado y lo que Florina había guardado y lo que Fermín había preservado y lo que Mateo había tocado y lo que Toño había transmitido había llegado —había llegado al lugar donde la verdad se convierte en ley, donde la canción se convierte en citación, donde la denuncia se convierte en caso—.

Aitana dijo: —Entonces ya sabes.

Don Jairo la miró —la miró con los ojos que ya no eran los ojos del patriarca sino los ojos del hombre acorralado, los ojos del que ve cómo las paredes se cierran—.