GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

—La carta de un muerto —dijo Don Jairo—. La carta de un hombre que no está aquí para confirmar ni desmentir. Un papel que cualquiera pudo haber escrito. Un papel que no tiene valor legal, no tiene firma notariada, no tiene testigo.

—La firma es de Esteban —dijo Aitana—. Y el testigo es Fermín Torres.

Y el trombón es el King 3B que está apoyado en esa pared.

Y el sello de correos dice 1963. Y la tinta es de 1963.

Y el papel es de 1963. Y todo lo que está en esta carta es de 1963 —del año en que tú interceptaste la primera verdad—.

¿Quieres que llame al FBI y les pida que hagan la prueba del carbono?

¿Quieres que llame a Salazar y le diga que la carta que Jairo Heredia interceptó hace veintidós años acaba de aparecer?

Don Jairo no respondió —no respondió porque no había respuesta que sirviera, porque la lógica de Aitana era la lógica de la evidencia y la lógica de la evidencia no se contradice con palabras sino con contra-evidencia, y Don Jairo no tenía contra-evidencia —lo que Don Jairo tenía era la marca, y la marca era mentira, y las mentiras no son evidencia—.

Mateo habló —habló con la voz que no era la voz del compositor sino la voz del testigo, la voz que no cantaba sino que declaraba—:

—Don Jairo. Usted dijo que la canción era una canción y que las canciones se olvidan.

Dijo que las pruebas se pierden y que los testigos se callan.

Pero la canción no se olvidó —la canción está sonando en la radio y en la calle y en la isla.

Y las pruebas no se perdieron —el cuaderno está en el FBI y el acta de nacimiento está en el FBI y la carta de Esteban está en las manos de Aitana.

Y los testigos no se callan —Mercedes declaró, Florina se ofreció, Fermín guardó la carta, Lorena documentó, Darío transmitió, Salcedo voló a Nueva York con la cinta original.

Y Toño Fuentes puso la canción al aire y la isla la cantó.

Y la isla sigue cantando. —Mateo hizo la pausa —la pausa que Don Jairo solía hacer pero que ahora Mateo hacía, como si Mateo hubiera aprendido el ritmo del adversario y lo estuviera usando contra él—.

No hay nada que quemar. No hay nada que interceptar.

No hay nada que callar. Porque lo que usted calló durante veintidós años ya no está en un solo lugar —está en todos los lugares.

Y lo que está en todos los lugares no se puede destruir desde una silla de caoba.

Don Jairo miró a Mateo —lo miró con algo que no era odio sino algo más viejo que el odio: celos.

Los celos que la canción describía —Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel / De la Luna la que miras / Del Sol porque te calienta / Yo tengo celos del agua / Y del peinecito que a ti te peina— los celos que Don Jairo sentía no por Aitana como mujer sino por Aitana como posesión, los celos del que ve lo que creía suyo dejar de ser suyo, los celos del que ve a la hija que crió —la hija que marcó, la hija que nombró, la hija que encerró— de pie junto a otro hombre, con la carta de otro hombre en las manos, diciendo palabras que no eran las palabras que Don Jairo le enseñó—.

Y los celos ardieron —ardieron como arde el ocotillo, como arde lo que se ha estado acumulando durante veintidós años en un cuerpo que no puede contener más, como arde la caldera cuando la presión supera el límite y el vapor busca salida—.

Don Jairo sintió los celos en el pecho —los celos que no eran de amor sino de propiedad, los celos del que ha construido algo y que ve cómo se lo derrumban, los celos que la canción describió con la precisión del que sabe de lo que habla porque lo ha vivido—:

Y por los celos, los celos, los celos

A mí el corazón me arde, me arde

Y el corazón de Don Jairo ardía —ardía de celos, ardía de impotencia, ardía de la rabia del patriarca que ve cómo el patriarcado se desmorona, cómo la marca pierde poder, cómo la finca se convierte en cárcel pero no la cárcel que Don Jairo quería sino la cárcel que Don Jairo mismo había creado, la cárcel donde los prisioneros tenían la llave y los guardias dudaban y la noche que Don Jairo había declarado larga se volvía contra él porque la noche era el tiempo y el tiempo era la verdad y la verdad era más paciente que cualquier marca—.

§

7:14 p.m

Yago entró al salón —entró sin llamar, sin pedir permiso, entró con la urgencia del mensajero que trae algo que no puede esperar—.

Yago llevaba algo en la mano —un papel, un mensaje, algo que alguien le había entregado en la puerta lateral y que Yago ahora traía al salón como se trae la noticia que cambia la noche—.

Yago miró a Don Jairo —lo miró con los ojos que durante veintidós años habían sido la extensión de los ojos de Don Jairo, los ojos que veían lo que Don Jairo necesitaba que se viera, los ojos que informaban lo que Don Jairo necesitaba saber—.

Pero esta vez los ojos de Yago veían algo más —veían algo que Don Jairo no veía porque Don Jairo estaba demasiado dentro de su propia tormenta para ver lo que Yago veía: los pies de los ojos que ya no estaban tan firmes como antes, las manos de los ojos que ya no tocaban la Browning con la misma naturalidad, la mirada de los ojos que ya no miraba a Don Jairo con la misma devoción—.

—Jefe —dijo Yago. Y la palabra jefe en su boca sonó como suena una palabra que se ha dicho mil veces pero que esta vez pesa más, como si la palabra hubiera adquirido un significado nuevo —el significado de alguien que está a punto de decidir si la palabra sigue siendo verdad—.

—¿Qué? —dijo Don Jairo.

Yago extendió el papel —un papel arrancado de un bloc de notas, con una handwriting apresurada que no era la de Yago sino la de alguien en la puerta lateral—.

Don Jairo tomó el papel. Leyó. Y algo cambió en su cara —no la mandíbula, no los ojos, sino algo más sutil: el color.

El color de la cara de Don Jairo cambió como cambia el color del cielo antes de la tormenta —de la calma al bronce, del bronce al gris, del gris a algo que no era color sino ausencia de color—.

Mateo observó el cambio —lo observó con la atención del que lee las partituras antes de tocarlas, la atención que detecta los cambios de tono antes de que el director levante la batuta—.

Y Mateo supo que lo que estaba en el papel era importante —importante para Don Jairo, importante para la noche, importante para lo que iba a pasar—.

Don Jairo dobló el papel —lo dobló con la meticulosidad del que no quiere que los demás vean lo que él ha visto, lo dobló como se dobla un mapa que lleva a un tesoro que ya no existe—.

Y Don Jairo dijo algo —algo que no era para Mateo ni para Aitana sino para Yago, algo que era la primera orden de la noche que se había declarado larga—:

—Preparen la línea.

Yago asintió —asintió con la cabeza que asentía por costumbre pero que ya no asentía por convicción, la cabeza del soldado que obedece la orden pero que ya no sabe si la orden es justa—.

Yago salió del salón —salió y dejó la puerta abierta y Mateo pudo ver el pasillo, pudo ver los ojos de la gabardina que estaban de pie junto a la escalera, pudo ver la escalera que subía al segundo piso y al tercero, pudo ver la oscuridad del pasillo donde la luz de las bombillas no llegaba—.

Mateo miró a Aitana —la miró con la pregunta que no se hacía con palabras sino con los ojos: ¿qué era eso? Aitana respondió con los ojos también —con los ojos que decían: no lo sé, pero no va a ser bueno—.

Don Jairo se acercó a la ventana —la ventana donde Mateo había estado parado—. Don Jairo miró afuera —miró la gente, miró las sillas de plástico, miró los carros con las radios encendidas—. Y Don Jairo dijo algo —algo que era más para sí mismo que para los demás—:

—Cincuenta personas no son un ejército.

Mateo dijo: —No. Cincuenta personas son cincuenta testigos. Y un ejército se derrota. Pero los testigos no se derrotan —los testigos se callan. Y usted ya intentó callarlos durante veintidós años. ¿Cómo le fue?

Don Jairo no respondió a la pregunta —no respondió porque la respuesta era evidente y la evidencia no necesita confirmación—.

Don Jairo se volvió del lado de la ventana y caminó hacia el teléfono —el teléfono negro de disco que estaba en la mesa lateral de caoba, el teléfono que durante veintidós años había sido el instrumento principal de Don Jairo, el instrumento que conectaba la finca con San Juan y San Juan con Cádiz y Cádiz con el mundo, el instrumento que había hecho posible el silencio y que ahora, tal vez, iba a hacer imposible su continuación—.

Don Jairo marcó un número —marcó con los dedos que habían marcado miles de números, los dedos que giraban el disco con la precisión del que sabe los números de memoria, los dedos que no temblaban pero que ahora giraban más lento, como si los dedos supieran que la llamada que estaban haciendo era diferente a todas las llamadas anteriores—.

Esperó. La línea sonó —una vez, dos veces, tres—. Y alguien contestó. Y Don Jairo habló —habló en el español que usaba para los negocios, el español sin acento, el español que no era de Loíza ni de Cádiz sino del lugar donde los negocios no tienen acento—:

—Necesito a Roldán. Ahora. —Pausa—. Dile que es Jairo.

Que la cosa se complicó. Que necesito la fórmula de siempre pero esta vez para tres —tres personas, no una—.

—Pausa—. No, no se trata de una. Se trata de la canción.

—Pausa—. La canción que salió en la radio hoy.

—Pausa—. Sí. Esa. —Y Don Jairo dijo algo que hizo que Mateo se pusiera de pie—: Y dile que traiga los papeles de Cádiz. Los de 1963.