CAPÍTULO 17 #9
Mateo miró a Aitana —la miró con los ojos que la habían mirado siempre, los ojos que veían más que la marca, los ojos que veían a la mujer que cantaba los versos que él había compuesto y que ahora estaba de pie en la finca diciendo la verdad que los versos contenían—.
Y Mateo sintió algo —sintió la conexión que el leitmotiv describía: sin mirarte yo te miro / sin sentirte yo te siento— la conexión que no necesitaba contacto físico, que no necesitaba proximidad, que existía entre ellos como existe la frecuencia entre la antena y la radio —invisible pero real, silenciosa pero audible, distancia que no era separación—.
Mateo caminó hacia Aitana —caminó los tres metros que lo separaban de ella como se camina la distancia que siempre fue corta pero que pareció infinita, caminó como se camina hacia lo que se ha estado esperando, caminó como se camina hacia la nota que resuelve la canción—.
Y al llegar, Mateo no tocó a Aitana —no la tocó porque tocarla era reclamarla y Mateo no reclamaba lo que no era suyo, porque la canción decía Sé que nunca fuiste mía y Mateo creía cada palabra de la canción, cada palabra que había compuesto y que ahora era la verdad que lo había traído aquí—.
Mateo se quedó de pie junto a Aitana —junto a ella, no delante ni detrás, junto —la posición del que está al lado, no del que posee—.
Y Aitana miró a Mateo —lo miró con los ojos que lo habían reconocido desde la primera nota, los ojos que sabían que el compositor era el que veía lo que los demás no veían, los ojos que sabían que la canción era la carta y que la carta era la llave—.
Y Aitana no dijo nada —no dijo nada porque no había nada que decir que la presencia no dijera mejor, nada que la proximidad no dijera más claro, nada que el leitmotiv no estuviera diciendo afuera en las voces de la isla—.
Don Jairo los vio —los vio juntos, de pie, y algo se rompió dentro de Don Jairo —no la mandíbula, no el control, no la estrategia— sino algo más profundo: la ilusión.
La ilusión de que la marca era suficiente, de que la marca era verdad, de que la marca era para siempre.
Porque la marca era mentira —lo había dicho él mismo— y si la marca era mentira, entonces todo lo que la marca sostenía era mentira: el nombre, la finca, el silencio, los siete, todo.
Todo era mentira excepto lo que estaba delante de él: Mateo y Aitana, de pie, juntos, con la verdad como bandera y la canción como ejército y la isla como testigo.
Don Jairo se puso de pie por última vez —se puso de pie con la lentitud del que sabe que lo que hace ahora es lo que define todo, con la lentitud del que está a punto de tomar la decisión que no se puede deshacer—.
Y Don Jairo dijo algo —algo que no era para Mateo ni para Aitana ni para la gente del pueblo sino para sí mismo, para la pared, para la ceniza de Lola, para el hueco vacío detrás del retrato, para los veintidós años que acababan de revelarse como lo que eran—:
—La noche es larga. Y la finca es mía. Y nadie sale hasta mañana.
Y Don Jairo caminó hacia la puerta del salón —caminó con pasos que no eran los pasos del que se retira sino los pasos del que cambia de posición, los pasos del estratega que ha perdido la batalla del salón pero que aún tiene la finca, los ojos, la Browning, y la noche—.
Y al pasar junto a Yago, Don Jairo dijo algo —algo que solo Yago pudo oír, algo que era la orden que Don Jairo no quería que los demás oyeran—:
—Prepáralo todo. Y que nadie entre. Y que nadie salga.
Yago asintió —asintió con la cabeza que ya no asentía con la misma convicción, con los ojos que ya no veían con la misma claridad, con el cuerpo que ya no obedecía con la misma velocidad—.
Yago asintió porque la obediencia era el músculo.
Pero el músculo estaba cansado. Y la canción —la canción que venía de afuera, la canción que la isla cantaba, la canción que decía Sé que nunca fuiste mía / Ni lo hasido, ni lo eres— la canción resonaba dentro de Yago como resuena lo que se sabe verdad aunque no se quiera saber—.
Don Jairo salió del salón —salió y dejó a los cinco dentro: Mateo, Aitana, Efraín, la mujer de la lavandería, el joven de la camiseta. Y Yago se quedó en la puerta —se quedó como se queda el guardián que ya no sabe si guarda la cárcel o guarda la salida—.
Y afuera la gente seguía cantando —cantaba como se canta cuando la canción es la casa y la casa es la isla y la isla es la verdad—. Cantaban el leitmotiv, el leitmotiv que conectaba a Mateo con Aitana y a Aitana con la isla y a la isla con la canción y a la canción con la verdad—.
Mateo miró a Aitana. Aitana miró a Mateo.
Y entre los dos, la marca ya no era una muralla —era una puerta.
Y la puerta estaba abierta. Y la salida estaba ahí —estaba ahí en el leitmotiv que la isla cantaba, en el King 3B apoyado contra la pared, en la carta de Esteban dentro del trombón, en la verdad que Don Jairo había confesado y que la isla repetía—.
La noche iba a ser larga. Pero la noche no iba a ser silenciosa.
Porque la isla cantaba.
Y la canción era la llave.
Y la llave estaba girando.
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero