GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El Fuego

Finca Heredia — Loíza

La noche llegó como llegan las noches del Caribe en agosto —no gradualmente sino de golpe, como si alguien hubiera tirado una cortina sobre el día, como si el sol hubiera decidido que ya era suficiente y se hubiera hundido en el mar sin despedida—.

Y con la noche llegó el cambio —no el cambio del aire, que siempre cambiaba cuando el sol se iba, sino el cambio de la finca, que dejó de ser la casa donde Don Jairo recibía visitas y se convirtió en la casa donde Don Jairo retenía prisioneros—.

Mateo lo notó en los ojos —los ojos de los ojos, los dos hombres que habían estado en la cocina cuando Mercedes cocinaba y que ahora estaban en el pasillo con las manos en la cintura, la Browning invisible bajo la gabardina pero la presencia de la Browning visible en la manera de caminar, la manera de pararse, la manera de mirar—.

Mateo contó: dos en el pasillo, uno en la terraza, uno en la puerta lateral.

Cuatro ojos además de Yago. Cinco si contaba al que abrió la puerta.

Seis si contaba al que estaba en el portón de hierro.

Seis hombres armados en una finca donde antes no había ninguno visible —o donde los que había eran invisibles porque no se necesitaban, porque la autoridad de Don Jairo bastaba, porque la marca bastaba, porque el silencio bastaba—.

Pero ahora la autoridad no bastaba y la marca era mentira y el silencio se había roto y Don Jairo necesitaba ojos —seis ojos— para mantener lo que la palabra ya no podía mantener.

Mateo estaba de pie junto a la ventana del salón —la ventana que daba al frente de la finca, la ventana por donde Don Jairo había mirado a la gente de Loíza hace una hora—.

Mateo miraba afuera y veía lo que Don Jairo había visto: la gente.

Pero la gente no era lo que era hace una hora —no era quince o veinte personas caminando despacio, cantando fragmentos, como procesión espontánea—.

La gente era más. Mateo calculó: cuarenta, quizás cincuenta.

Gente sentada en las sillas de plástico que habían traído de las casas, gente de pie junto a la cerca blanca, gente en los carros estacionados en la carretera con las puertas abiertas y las radios encendidas —porque la canción seguía sonando, no en WIPR ya sino en las estaciones que habían recogido la canción de WIPR y la estaban repitiendo, la canción que era noticia y que la noticia repetía y que la repetición multiplicaba—.

Y la gente no solo cantaba —la gente estaba.

Estaba ahí como se está en los velorios, como se está en las vigilia, como se está cuando el que se está no necesita razón sino presencia —la presencia que dice estoy aquí y no me voy hasta que pase lo que tiene que pasar—.

Aitana estaba sentada en la silla de lino —la silla que Don Jairo le había ofrecido a Mateo y que Mateo había rechazado y que ahora Aitana ocupaba no por sumisión sino por cansancio, el cansancio de la mujer que acaba de decir la verdad en la cara del hombre que la marcó y que siente, después de once años, que el cuerpo por fin puede descansar aunque sea en la silla del enemigo—.

Aitana tenía las manos en el regazo —las manos que habían tocado la marca tantas veces, las manos que habían cubierto el hombro cuando alguien entraba al cuarto del tercer piso, las manos que ahora descansaban sobre el vestido que no era el vestido de la Gitana de La Guasábara sino el vestido de la mujer que acababa de reclamar su nombre—.

Y en el regazo, entre las manos, había algo —algo que Mateo había visto pero que Aitana no había mostrado, algo que pesaba más que el King 3B y más que el cuaderno azul y más que todo lo que se había dicho en el salón—.

La carta de Esteban.

Aitana no la había abierto —no todavía—.

Aitana la tenía en las manos como se tiene algo que se sabe importante pero que se teme leer, como se tiene la llave de una puerta que se sabe que conduce a algo que cambiará todo pero que una vez abierta no se puede cerrar—.

La carta estaba dentro de un sobre —un sobre amarillento, de esos que se usaban hace veintidós años, de papel grueso que el tiempo había oscurecido pero no destruido, con una caligrafía en tinta azul que se había vuelto gris con los años pero que seguía legible—.

Y en el sobre, la dirección: Para Lola Martínez. Donde Mercedes. La Guasábara. Urgente.

Mateo sabía lo que estaba en el sobre —no el contenido exacto sino la función: la carta era la última pieza, la pieza que el cuaderno documentaba y que la canción denunciaba y que Florina certificaba y que Mercedes testimoniaba, la pieza que era la voz de Esteban desde la muerte, la voz del abuelo que nunca conoció a la nieta que engendró, la voz que Don Jairo había intentado silenciar cuando interceptó la carta en 1963 y que ahora, veintidós años después, estaba en las manos de la persona a quien estaba destinada—.

Efraín estaba de pie junto a la puerta del salón —el camionero de Loíza con los brazos cruzados y la mirada alerta, la mirada del que no pertenece a este lugar pero que ha decidido no irse, la mirada del que sabe que estar es la forma más antigua de resistencia—.

Efraín no hablaba —Efraín observaba. Observaba los ojos en el pasillo, observaba a Yago en la puerta principal, observaba a Mateo junto a la ventana, observaba a Aitana en la silla—.

Y Efraín calculaba, como calculan los que sobreviven carreteras y madrugadas y turnos de dieciséis horas: calculaba distancias, calculaba salidas, calculaba lo que tarda un hombre con una Browning en reaccionar cuando la distracción es suficiente—.

La mujer de la lavandería —Mateo no sabía su nombre; Efraín la llamaba Sonia— estaba sentada en el borde de la silla, las rodillas juntas, las manos agarrando el bolso de tela como si el bolso contuviera algo más que llaves y monedas.

Y el joven de la camiseta de los Indios —Eliecer, según Efraín— estaba de pie junto al retrato de la abuela Heredia, mirando el retrato como se mira algo que no se entiende, como se mira la foto de alguien que fundó algo que ahora se está desmoronando—.

Mateo se apartó de la ventana. Caminó hacia Aitana —no directamente, no en línea recta, sino dando un rodeo por el salón como quien no quiere llamar la atención de los ojos en el pasillo, como quien se mueve en una habitación donde cada movimiento está siendo vigilado—.

Mateo se sentó en la silla frente a Aitana —la silla que había rechazado antes, la silla de la jerarquía, pero ahora no se sentaba como visitante sino como compañero, la silla como puente, no como trono—.

—¿La leíste? —preguntó Mateo. La pregunta era sobre la carta. Pero la pregunta también era sobre otra cosa: ¿la leíste —la verdad— o la verdad sigue siendo algo que otros leen por ti?

Aitana miró el sobre —lo miró como se mira algo que se ha estado esperando sin saber que se estaba esperando, como se mira la llave de una casa que no se sabía que existía—.

—No —dijo Aitana—. No la he leído. —Y agregó algo que Mateo no esperaba—: Porque cuando la lea, todo cambia. Y quiero que cambie cuando yo decida que cambie. No cuando él decida. No cuando la noche decida. Cuando yo decida.

Mateo asintió —asintió porque entendía, porque la carta era de Aitana y la decisión era de Aitana, porque la canción decía Sé que nunca fuiste mía y la canción significaba que Aitana no era de nadie —ni de Don Jairo, ni de Mateo, ni de la isla— sino de sí misma—.

—Está bien —dijo Mateo—. Es tu carta.

Y Aitana dijo algo más —algo que no era sobre la carta sino sobre lo que la carta representaba—:

—Mi padre la escribió. Mi padre —el hombre que no conocí, el hombre que Don Jairo me dijo que me abandonó, el hombre que la canción dice que murió antes de que yo naciera—.

Mi padre escribió esta carta hace veintidós años.

Y alguien la interceptó. Y alguien la guardó dentro de un trombón.

Y Fermín Torres —un trombonista viejo en Vieques que yo no conocía— la cuidó durante veintidós años.

Y tú la encontraste. Y tú me la trajiste.

—Aitana levantó la vista del sobre y miró a Mateo—. ¿Sabes lo que significa?

Mateo dijo: —Que la verdad no se puede callar.

—No —dijo Aitana—. Significa algo más. Significa que la verdad tiene una cadena.

Y la cadena es más larga que la mentira.

Porque la mentira necesita fuerza —necesita marcas y ojos y puertas cerradas y cuadernos escondidos—.

Pero la verdad solo necesita tiempo. Y el tiempo es más largo que cualquier fuerza.

Mateo escuchó las palabras de Aitana y pensó en la canción —en la canción que había salido al aire y que ahora era tiempo, era la cadena que conectaba a Esteban con Fermín con Mateo con Aitana, la cadena que Don Jairo había intentado romper siete veces y que ahora era irrompible porque había cruzado el aire y había cruzado la isla y había cruzado la distancia entre la finca y el pueblo y entre el mar y la montaña—.

La carta en las manos de Aitana. El King 3B apoyado contra la pared del salón.

La canción sonando afuera. La gente sentada.

Los ojos vigilando. Y la noche —la noche que Don Jairo había declarado larga, la noche donde nadie salía, la noche que era la cárcel temporal de una verdad que ya no se podía encarcelar—.

6:47 p.m

Don Jairo no estaba en el salón —había salido hace quince minutos y no había vuelto.

Pero Don Jairo no necesitaba estar presente para estar presente —Don Jairo estaba en los ojos que vigilaban, en la puerta que estaba cerrada, en la orden que Yago había recibido y que Yago ejecutaba con la Browning en la cintura y la duda en el pecho—.