GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 17 #8
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CAPÍTULO 17 #8

—Tú quemaste siete canciones. Pero no quemaste la octava.

Y la octava es la que quedó. Y la octava es la que la isla canta.

Y la octava es la que dice mi nombre —mi nombre verdadero, no el que tú pusiste.

Aitana Martínez Vega. Y la octava no se va a callar porque tú la amenaces.

Porque la octava ya no es de Mateo. La octava es de la isla.

Y la isla… —Aitana señaló la ventana, señaló el sonido, señaló la presencia—.

La isla está aquí. Y la isla es más grande que tu finca.

Y más grande que tu marca. Y más grande que tu silencio.

Don Jairo miró a Aitana —la miró con los ojos del que ha criado a alguien y que descubre que quien crió se ha convertido en algo que él no puede controlar, con los ojos del que ve a la hija que creía propia y que ahora resulta que es la hija de otro, la hija de Esteban, la hija de la verdad, la hija de la canción—.

Y Don Jairo dijo algo —algo que era la última verdad que Don Jairo podía decir, la verdad que estaba debajo de todas las mentiras, la verdad que era la raíz de la marca y del cuaderno y del silencio—:

—Yo te crié, Aitana. Once años. Once años de comida y techo y ropa y nombre. Once años de todo lo que un padre da. Y tú… tú me pagas con una canción.

—No —dijo Aitana—. Yo te pago con la verdad.

Y la verdad es que tú no eres mi padre. Tú eres el hombre que le puso una marca a una niña de doce años.

El hombre que le cambió el nombre. El hombre que la encerró en un tercer piso.

El hombre que quemó siete canciones. El hombre que la hizo creer que era propiedad.

—Aitana respiró —respiró como respira la que ha estado bajo el agua y que por fin sale a la superficie—.

Y tú me preguntas qué soy fuera de la marca.

Soy esto. Soy la mujer que te dice la verdad en tu propia casa.

Soy la mujer que la isla escuchó en la radio.

Soy la mujer que la canción llamó por su nombre —su nombre verdadero—.

Y eso es más de lo que tú me diste en once años.

El salón se quedó en silencio —el silencio que no era el silencio de la finca sino el silencio que viene después de la verdad, el silencio que es el eco de lo que se acaba de decir, el silencio que es el espacio entre la nota y la resonancia—.

Y en ese silencio, el sonido de afuera entró —entró como entra la marea cuando la puerta se abre, entró como entra la luz cuando las cortinas se corre, entró como entra la verdad cuando la mentira ya no la puede detener—.

La gente seguía cantando —Sin mirarte yo te miro / Sin sentirte yo te siento / Sin hablarte yo te hablo / Sin quererte yo te quiero— y el leitmotiv resonaba en la finca como resonaba en la isla, como resonaba en la radio, como resonaba en la sangre de Mateo y en los huesos de Aitana y en la mandíbula de Don Jairo y en la Browning de Yago y en las chancletas de la mujer de la lavandería y en los tenis sucios del joven de la camiseta de los Indios y en los brazos cruzados de Efraín—.

El leitmotiv era la canción que conectaba a todos —no como himno sino como verdad, no como consigna sino como confesión, no como guerra sino como lo que la guerra intenta destruir y no puede: la conexión entre los que sienten—.

Don Jairo se sentó —se sentó en la silla de caoba porque de pie ya no podía sostener lo que estaba pasando, porque de pie tenía que responder y sentado podía pensar, porque de pie era el patriarca y sentado era el hombre —el hombre que había construido un imperio sobre una mentira y que ahora veía la mentira desmoronarse en su propio salón—.

Y Don Jairo cerró los ojos —los cerró como los cerraba siempre que necesitaba procesar, como los cerraba cuando la información superaba la capacidad de la mandíbula apretada—.

Y Don Jairo pensó —pensó en la finca y en el cuaderno y en la marca y en la canción y en Aitana y en Mateo y en los siete y en la isla y en la gente que estaba afuera y en Salazar y en el FBI y en los abogados y en Cádiz y en todo lo que había construido y en todo lo que se estaba cayendo—.

Y Don Jairo abrió los ojos —los abrió con algo que no era resolución ni derrota sino algo intermedio, algo que era la conciencia de que la partida no se había perdido pero que ya no se podía ganar como se había planeado—.

Don Jairo miró a Yago —lo miró con los ojos que daban instrucciones sin hablar, los ojos que durante veintidós años habían comunicado más que cualquier orden verbal—. Y la mirada decía: Prepárate. La noche es larga.

Yago recibió la mirada —la recibió como la había recibido mil veces, con la comprensión del que sabe leer al jefe sin que el jefe hable—.

Pero esta vez Yago recibió algo más —algo que estaba debajo de la mirada, algo que Yago no había visto antes en los ojos de Don Jairo: cansancio.

No el cansancio del cuerpo sino el cansancio del que ha estado sosteniendo algo durante demasiado tiempo y que ahora siente que lo que sostiene pesa más que las fuerzas que le quedan.

Yago vio el cansancio —y por primera vez en veintidós años, Yago se preguntó si lo que sostenía valía la pena ser sostenido—.