CAPÍTULO 17 #5
Esteban había escrito una carta —una carta que Aurelio interceptó en 1963 y que Fermín rescató del fuego y que ahora estaba dentro del King 3B, dentro del trombón que Mateo había traído a la finca—.
Y la carta era la nota —no la nota musical sino la nota escrita, la nota que decía lo que Esteban sintió y lo que la agonía fue y lo que la agonía costó—.
La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía.
La agonía de Esteban —la agonía de ver a su hija nacer en una finca que no era suya, la agonía de verla marcada con un nombre que no era el suyo, la agonía de escribir una carta que no llegaría, la agonía de morir sin poder decirla—.
Y ahora la agonía se acumulaba —en el salón de la finca, entre Mateo y Don Jairo y Aitana, la agonía de veintidós años pesaba como pesa el aire antes de la tormenta, como pesa el silencio antes de la confesión, como pesa la verdad cuando ya no se puede callar—.
Aitana habló —habló con la voz que no era la voz de la que pide sino la de la que declara, la voz que no necesitaba permiso porque la canción ya se lo había dado, la voz que la isla estaba oyendo aunque la isla no estuviera en el salón—:
—Mateo tiene razón. Lo que Esteban escribió es para mí. Y yo lo voy a leer. No aquí —no delante de ti—. Cuando salga de esta casa.
—Tú no sales de esta casa —dijo Don Jairo.
Y la frase era la misma frase que había dicho mil veces, la frase que era la ley de la finca, la frase que era la marca verbal que acompañaba la marca física, la frase que Aitana había oído durante once años cada vez que intentó salir—.
Pero esta vez la frase sonó diferente —sonó como suena lo que se repite cuando ya no se cree, como suena la oración del que reza por costumbre no por fe, como suena la ley del que la dicta pero que sabe que la ley está perdiendo autoridad—.
Aitana dijo: —La marca es mentira. Tú lo dijiste. Yo lo sé. Tú dijiste yo lo sé. Y si tú lo sabes, todos lo saben. Y si todos lo saben, la marca ya no es nada. Y si la marca ya no es nada, yo no soy tuya. Y si no soy tuya, la puerta es la salida. Y yo salgo.
Don Jairo dio un paso hacia Aitana —un paso, solo uno, el paso del que se mueve no para atacar sino para cerrar la distancia, para ocupar el espacio, para que el otro no tenga dónde ir—.
Y Aitana no retrocedió —no retrocedió porque retroceder era ceder y ceder era volver a la marca, volver a la pared, volver al silencio—.
Aitana se quedó donde estaba —de pie, con la marca visible, con la verdad audible, con la canción audible afuera, con la isla audible acercándose—.
Mateo se movió —se movió como se mueve el que no va a dejar que la distancia se cierre, se movió como se mueve el agua que se pone entre la tierra y el fuego—.
Mateo no se puso entre Don Jairo y Aitana —no físicamente, no como barrera— sino lateralmente, en la posición donde Don Jairo podía verlo y donde Mateo podía ver a ambos, la posición del testigo que no interviene pero que presencia, la posición del que graba con los ojos lo que después se contará—.
—Reyes —dijo Don Jairo sin mirarlo, con los ojos fijos en Aitana—. Usted no sabe en qué casa está.
—Sí lo sé —dijo Mateo—. Estoy en la casa donde la marca se puso. Y estoy en la casa donde la marca se va a quitar.
—Nadie va a quitar nada —dijo Don Jairo.
Y su voz bajó —bajó como baja la voz del que ya no quiere que lo oigan, como baja la voz del que habla no para el cuarto sino para sí mismo—.
La marca quedó. Y mientras la marca quede…
—Don Jairo no terminó la frase. No la terminó porque terminarla era repetir lo que ya había dicho y lo que ya había dicho ya no era verdad —o había dejado de ser verdad hace dos horas, cuando la canción salió al aire, o hace una hora, cuando Aitana dijo la marca es mentira, o hace un minuto, cuando Don Jairo mismo dijo yo lo sé—.
Y entonces Aitana hizo algo —hizo algo que Don Jairo no esperaba, que Mateo no esperaba, que nadie en la finca esperaba—.
Aitana se tocó la marca —se tocó la marca en el hombro izquierdo con los dedos de la mano derecha, se tocó como se toca lo que ya no es parte del cuerpo sino parte del pasado, se tocó como se toca la cicatriz que ya no duele—.
Y Aitana dijo algo —algo que era más que palabras, algo que era la verdad hecha sonido, la verdad que la canción ya había dicho pero que ahora se decía en la finca, en el salón, delante del que la marca puso—:
—La marca es mentira. Tú lo sabes. Yo lo sé. La isla lo sabe. Y la isla… —Aitana señaló la ventana, señaló el sonido que entraba, señaló la canción que venía—. La isla está aquí. Y la isla no se puede callar.
El sonido de afuera creció —creció como crece la marea, como crece lo que no se puede detener, como crece la canción cuando la canción es verdad—.
Y el sonido no era solo la canción —era la gente, era la presencia, era la masa de cuerpos que se acercaba a la finca no con armas sino con voces, no con furia sino con la determinación de los que han oído algo que no pueden olvidar—.
Mateo escuchó —escuchó como escucha el músico que oye su canción tocada por otros, como escucha el compositor que reconoce que la obra ya no es suya sino del mundo—.
Y Mateo sintió algo que era más que la canción —era la prueba de que la canción funcionaba, la prueba de que lo que él compuso en la oscuridad ahora brillaba en la luz, la prueba de que la citación musical era más poderosa que cualquier citación legal porque la citación musical no se podía ignorar —se cantaba, se tarareaba, se silbaba, se vivía—.
Don Jairo escuchó —escuchó como escucha el que no quiere oír, como escucha el que sabe que el sonido que viene es el sonido que lo va a cambiar, como escucha el patriarca que oye la procesión que viene a derrocarlo—.
Y Don Jairo hizo lo que había hecho toda la tarde: apretar la mandíbula, cerrar los puños, mantener la posición.
Pero la posición era más difícil de mantener cada vez —porque la posición requería que nada se moviera, y todo se estaba moviendo: el cuaderno se había movido, el acta se había movido, Mercedes se había movido, la canción se había movido, la isla se estaba moviendo—.
Y Don Jairo, que había construido un imperio sobre la base de que nada se movía sin su permiso, ahora estaba en un salón donde todo se movía sin su permiso.
Y entonces el portón de hierro de la finca se abrió —se abrió desde afuera, se abrió con el chirrido del metal que no se ha abierto en mucho tiempo, se abrió como se abren las cosas cuando la presión de afuera es mayor que la resistencia de adentro—. Y la gente entró.
No todos —no entraron los veinte que Don Jairo había visto desde la ventana.
Entraron tres —tres personas que caminaron por el patio de la finca con la naturalidad de quien entra a un lugar público, con la determinación de quien no pide permiso porque no cree que necesite permiso, con la presencia de quien viene a ver y a estar y a no irse—.
El primero era Efraín —el camionero de Loíza, el hombre del camión de plátanos que había llevado a Mercedes de la finca al pueblo hacía siete horas, el hombre que conocía la finca porque había hecho entregas aquí durante quince años y que ahora entraba no como repartidor sino como vecino—.
Efraín era ancho y moreno, con las manos de quien ha cargado cajas y los hombros de quien ha cargado más que cajas, con los ojos que no pedían permiso porque los ojos de Loíza no pedían permiso para estar en Loíza.
La segunda era una mujer —una mujer de sesenta años con el vestido estampado de flores y las chancletas en los pies y un pañuelo en la cabeza, una mujer que Mateo no reconoció pero que Aitana sí —era la señora de la lavandería, la mujer que lavaba la ropa de la finca, la mujer que veía a Aitana pasar y que nunca dijo nada porque no había nada que decir hasta que la canción dijo lo que ella no podía—.
El tercero era un joven —un joven de veintitantos años con la camiseta de los Indios de Mayagüez y los tenis sucios, un joven que Mateo reconoció por la cara: era el joven de la plaza, el que le dijo siga hacia la finca, la isla no se calla, el joven que lo había reconocido como el compositor y que ahora estaba en la finca porque la canción lo había traído—.
Los tres entraron al salón —entraron sin llamar, sin pedir permiso, sin esperar ser invitados, porque la canción era la invitación y la invitación estaba abierta y la puerta de la finca era la puerta de Loíza y la puerta de Loíza era la puerta de la isla y la isla no cerraba puertas—.
Y al entrar, los tres se detuvieron —se detuvieron porque el salón era lo que era: la silla de caoba, el retrato de la abuela Heredia, el suelo de ajedrez, y tres personas de pie que estaban diciendo cosas que los tres podían oír—.
Don Jairo los vio entrar —los vio entrar con los ojos que no creían lo que veían, los ojos que habían visto entrar a los ojos y a los camioneros y a los hombres de negocios pero que nunca habían visto entrar a la gente del pueblo, a la gente que no estaba en la nómina, a la gente que venía porque la canción la trajo y no porque Don Jairo la llamara—.
—Salgan —dijo Don Jairo. Y la orden era la orden de siempre —la orden que Don Jairo daba y que todos obedecían, la orden que era la ley de la finca, la orden que era la marca verbal que acompañaba la marca física—.
Pero la orden no funcionó —no funcionó porque la orden requería autoridad y la autoridad se basaba en la marca y la marca era mentira y Don Jairo lo había dicho—.
Efraín no salió —Efraín se quedó de pie junto a la puerta del salón con los brazos cruzados y los ojos en Don Jairo, los ojos de quien ha entregado plátanos a esta finca durante quince años y que sabe que los plátanos no pagan la mentira—.