GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 17 #4
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CAPÍTULO 17 #4

—Tú eres Heredia —dijo Don Jairo. Y la frase era más corta que las anteriores —más corta porque Don Jairo ya no calculaba, Don Jairo repetía, Don Jairo recitaba la verdad que creía verdad como se recita la oración que se ha recitado toda la vida, no porque se crea sino porque se teme que dejar de recitarla la volverá falsa—.

—Mi nombre —dijo Aitana— es Aitana Martínez Vega.

Hija de Esteban Reyes Vega y Lola Martínez Vega.

El acta que Florina guardó lo dice. El cuaderno que Mercedes llevó al FBI lo dice.

La canción que toda la isla oyó lo dice.

Y la marca… —Aitana se tocó el hombro izquierdo, se tocó la marca de ocotillo como se toca la cicatriz que ya no duele pero que sigue ahí—. La marca es mentira. Y tú lo sabes.

—Yo lo sé —dijo Don Jairo. Y la frase cayó en el salón como cae la nota que nadie esperaba —no porque la nota fuera falsa sino porque era la primera vez que Don Jairo la tocaba, la primera vez que Don Jairo admitía en voz alta lo que había sabido siempre: que la marca era mentira—.

Don Jairo no dijo no lo sé ni es mentira ni no es verdad —Don Jairo dijo yo lo sé.

Y decir yo lo sé era decir algo más que admitir: era confesar.

La confesión del patriarca que reconoce que la fundación sobre la que construyó no era piedra sino arena.

El silencio que siguió no fue el silencio de la finca —no fue el silencio impuesto, el silencio del control—.

Fue otro silencio: el silencio del que se ha dicho algo que no se puede desdecir, el silencio de la verdad pronunciada, el silencio que es el sonido de algo que se rompe —no la cristalería, no los huesos, sino la mentira, la mentira de veintidós años quebrándose como se quiebra la presa cuando el agua finalmente la atraviesa—.

Y en ese silencio, Mateo oyó algo —oyó algo que no venía del salón sino que venía de afuera, de más allá de la cerca, de la carretera 187, de la isla.

Un sonido —un sonido que Mateo reconoció porque lo había oído hace cuarenta minutos cuando pasó por el pueblo, un sonido que ahora era más fuerte, más cercano, más presente: el sonido de la gente cantando.

La isla se acercaba.

§

Domingo 18 de agosto de 1985 — 6:05 p.m

La finca — exterior

El sonido venía de la carretera —no de un carro ni de una radio ni de una sola voz sino de muchas voces, muchas voces que cantaban la misma canción al mismo tiempo, como si la canción fuera una procesión y la procesión viniera hacia la finca—.

No era fuerte —no todavía— era el sonido de lo que empieza lejos y que se acerca, el sonido de la marea cuando aún está en el horizonte pero que ya se siente en los pies, en la arena, en la vibración del agua—.

Mateo lo oyó primero —lo oyó porque Mateo tenía el oído entrenado del músico, el oído que distingue las frecuencias antes de que se vuelvan ruido, el oído que reconoce la melodía debajo de la multitud—.

Y lo que Mateo oyó fue el estribillo —Gitana, Gitana / Tu pelo, tu pelo / Tu cara, tu cara— cantado por voces que no eran profesionales sino la gente, la gente de Loíza, la gente que había oído la canción en la radio y que ahora la cantaba en la calle, la gente que había convertido la canción de frecuencia en camino, de onda en marcha, de aire en pasos—.

Don Jairo lo oyó después —lo oyó porque el sonido ya no permitía ser ignorado, porque el sonido había cruzado la cerca y el patio y las paredes de la finca y había entrado en el salón como entra el mar cuando la puerta está abierta—.

Y Don Jairo se acercó a la ventana —se acercó con pasos que no eran los pasos del patriarca que va a verificar sino los pasos del hombre que va a mirar lo que no quiere ver—.

Don Jairo miró por la ventana. Y Don Jairo los vio.

Eran quince —quizás veinte— personas que caminaban por la carretera 187 en dirección a la finca.

No marchaban —no era una manifestación, no era una protesta, no era un grupo organizado con carteles y consignas—.

Caminaban como se camina el domingo en Loíza: despacio, con los niños de la mano, con las señoras en chancletas, con los viejos que se apoyaban en los jóvenes.

Caminaban como quien va a misa, como quien va al río, como quien va a ver a un enfermo.

Caminaban como se camina cuando lo que se va a hacer no necesita explicación.

Y cantaban. Cantaban la canción —no toda la canción sino fragmentos, los fragmentos que cada quien recordaba, los fragmentos que la radio había repetido y que la memoria había guardado—.

Una mujer cantaba Sé que nunca fuiste mía con la voz de la que ha vivido lo que canta.

Un hombre cantaba Y tengo celos del viento con la voz del que entiende los celos.

Un niño cantaba Gitana, Gitana sin saber qué era una gitana pero sabiendo que la palabra era música.

Y todos juntos —todos juntos en la parte que todos recordaban, la parte que era el estribillo y que era la parte que se cantaba en coro porque el coro era la forma natural de la canción, porque la canción había nacido para ser cantada por muchos aunque la hubiera escrito uno—.

Don Jairo los miró —los miró con los ojos que habían visto camiones de mercancía y mujeres con maletas y hombres con cajas, pero que nunca habían visto gente caminando hacia la finca por voluntad propia, nunca habían visto gente que venía no porque Don Jairo los llamara sino porque la canción los llamaba—.

Y Don Jairo sintió algo —sintió algo que no era miedo porque Don Jairo no tenía miedo, no tenía miedo porque el miedo requiere la posibilidad de perder y Don Jairo no había considerado esa posibilidad hasta hoy—.

Era algo más viejo que el miedo: la conciencia de que el control tiene un límite, y que el límite es la gente, y que la gente cuando se mueve no se puede detener con una mandíbula apretada ni con una silla de caoba ni con una marca de ocotillo.

Don Jairo se apartó de la ventana —se apartó como se aparta el que ha visto suficiente, como se aparta el que sabe que lo que viene no se puede detener desde una ventana—.

Y Don Jairo miró a Mateo —lo miró con algo que no era ira sino evaluación, la evaluación del estratega que calcula que el tablero ha cambiado y que las piezas que creía fijas se han movido—.

—Usted trajo gente —dijo Don Jairo. No era acusación —era cálculo. Don Jairo quería saber si la gente era de Mateo o si la gente era de la canción, si Mateo había organizado esto o si la canción había organizado esto sola, como las canciones organizan las cosas cuando las canciones son verdad—.

—Yo no traje a nadie —dijo Mateo—. La canción los trajo.

—Las canciones no traen gente.

—Esta sí. Porque esta canción no es solo música. Esta canción es un nombre. Y el nombre es el de Aitana Martínez Vega. Y la gente que viene es la gente que sabe que un nombre no se puede cambiar con una marca. Que una persona no es ganado. Que una canción es una citación y que la citación se canta.

Don Jairo procesó —procesó como procesaba todo: en silencio, con los ojos que no parpadeaban y los dedos que golpeaban el ritmo del cálculo—.

Y Don Jairo llegó a una conclusión —una conclusión que no le gustó pero que era la conclusión correcta: la gente no era una amenaza militar.

La gente era una amenaza moral. Y la amenaza moral era más peligrosa que la militar porque la militar se responde con fuerza y la moral se responde con verdad, y Don Jairo no tenía verdad —tenía una marca, tenía un cuaderno que ya no estaba, tenía un acta que había sido falsificada, tenía una mentira de veintidós años que se estaba desmoronando—.

Don Jairo caminó hacia la puerta del salón —camino hacia la puerta como camina el que necesita cambiar de posición, como camina el que necesita ver desde otro ángulo, como camina el que necesita aire que no sea el aire de este cuarto donde la verdad ha quitado el oxígeno—.

Y al llegar a la puerta, Don Jairo vio algo que no había visto cuando entró: Mateo había dejado el King 3B apoyado contra la pared —el estuche negro contra la pared blanca, como una nota de color contra el silencio de la blancura—.

Don Jairo miró el estuche —lo miró con los ojos que reconocían el instrumento, con los ojos que habían visto siete instrumentos destruidos, con los ojos que habían visto la música como enemigo durante veintidós años—. Y Don Jairo dijo algo —algo que no era pregunta sino recuerdo—:

—Ese trombón. Ese trombón era de Esteban.

Mateo dijo: —Sí.

—Esteban lo dejó cuando murió. Fermín Torres lo guardó en Vieques.

—Veintidós años —dijo Mateo—. Fermín lo guardó veintidós años.

—¿Y qué más guardó Fermín? —preguntó Don Jairo. Y la pregunta tenía el filo de la sospecha —el filo del que sabe que Fermín Torres era testigo de 1963, que Fermín estaba en la finca la noche que Esteban murió, que Fermín guardó algo más que un trombón—.

Mateo no respondió —no respondió porque la respuesta era la carta de Esteban, y la carta de Esteban no era un arma que se revelara en el primer movimiento sino en el último, no era la apertura sino el clímax—.

Mateo dijo algo distinto —algo que no era evasión sino táctica, algo que dejaba la pregunta abierta como se deja abierta la nota que aún no ha encontrado su resolución—:

—Fermín guardó lo que Esteban le confió. Y lo que Esteban le confió es lo que Aitana necesita oír. No usted. No ahora.

Don Jairo apretó la mandíbula —la apretó como se aprieta lo que se sabe pero que se quisiera no saber, la apretó como se aprieta la puerta que se sabe que está a punto de abrirse—. Y Don Jairo dijo:

—Esteban está muerto. Los muertos no tienen nada que decir a los vivos.

—Los muertos tienen cartas —dijo Mateo—. Y las cartas tienen palabras. Y las palabras van al aire. Y lo que va al aire no se puede callar.

Estrofa sembrada: La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía

La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía / Quiero que sepas lo que yo siento / Aunque nunca podrás ser mía.