CAPÍTULO 17 #6
La mujer de la lavandería no salió —la mujer se quedó donde estaba con el pañuelo en la cabeza y las chancletas en los pies y los ojos en Aitana, los ojos de quien ha lavado la ropa de la finca y que sabe que la ropa se lava pero que la verdad no—.
El joven no salió —el joven se quedó con la camiseta de los Indios y los tenis sucios y los ojos en Mateo, los ojos de quien reconoce al compositor y que está aquí porque la canción lo trajo y que no se va hasta que la canción se vaya—.
Y la canción —la canción que se cantaba afuera, la canción que se cantaba en la carretera, la canción que se cantaba en la isla— la canción era la presencia que Don Jairo no podía echar.
Porque la canción no era una persona —la canción era el aire, y el aire no tiene puerta, y el aire no tiene marca, y el aire no obedece órdenes—.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 6:15 p.m
Carretera 187 — en la finca
Yago llegó en el sedán azul oscuro —llegó por la carretera 187 como había llegado mil veces, con la Browning en la cintura y la gabardina abotonada y los ojos que registraban todo antes de que el cerebro procesara—.
Pero esta vez Yago registró algo diferente —algo que no encajaba en el patrón de siempre: la gente.
Había gente en la carretera —no mucha, no una multitud, pero gente— gente que caminaba hacia la finca, gente que cantaba fragmentos de la canción, gente que estaba aquí porque la canción la había convocado y no porque Don Jairo la hubiera llamado—.
Yago detuvo el sedán a la entrada de la finca —lo detuvo donde la carretera se ensanchaba para dar paso al portón de hierro, donde el césped de la finca empezaba y la vegetación de la carretera terminaba—.
Y Yago vio —vio la gente que entraba por el portón que alguien había dejado abierto, vio las tres personas que ya estaban en el patio, vio el Chevrolet Celebrity beige estacionado cuarenta metros más allá—.
Y Yago calculó: el compositor estaba dentro.
La gente estaba dentro. Y Don Jairo estaba dentro.
Yago sacó la Browning de la cintura —la sacó con el movimiento automático del que ha sacado un arma mil veces, el movimiento que no requiere pensamiento sino memoria muscular—.
Y luego Yago hizo algo que no era automático: la volvió a guardar.
La guardó porque la gente era gente —no eran ojos, no eran amenazas, no eran enemigos— y si Yago entraba a la finca con la Browning visible en una mano y la gente veía, la gente hablaba, y lo que la gente hablaba se sumaba a lo que la canción ya había dicho—.
Yago entró por el portón —entró con la gabardina abotonada y la Browning en la cintura y los ojos que registraban, los ojos que siempre registraban, los ojos que ahora registraban algo que no habían registrado antes: la gente del pueblo en el patio de la finca, caminando como quien camina en su propio barrio, cantando como quien canta en su propia casa—.
Yago subió los escalones de la terraza. Y al subir, Yago oyó la canción —oyó la canción que venía de la calle, la canción que la gente cantaba, la canción que Yago había oído hace tres horas en la radio y que ahora oía en vivo, desde la boca de los que la estaban viviendo—.
Y algo se movió dentro de Yago —algo que no era duda todavía sino la semilla de la duda, la semilla que la canción había plantado cuando Yago oyó Sé que nunca fuiste mía / Ni lo hasido, ni lo eres y que ahora germinaba con el sonido de la gente que creía la canción—.
Yago entró al salón —entró y vio lo que esperaba ver y algo que no esperaba: a Don Jairo de pie, a Mateo de pie, a Aitana de pie, y a tres personas del pueblo que no deberían estar ahí—.
Yago miró a Don Jairo —lo miró con los ojos que pedían instrucciones, los ojos que siempre pedían instrucciones, los ojos que no sabían qué hacer cuando las instrucciones no existían—.
Don Jairo miró a Yago —lo miró con los ojos que Yago conocía, los ojos que decían contengo la situación o la situación me contiene, los ojos que ahora decían algo que Yago no había visto en ellos: incertidumbre—. Don Jairo dijo:
—Yago. Cierre la puerta.
Yago miró la puerta —la puerta que había quedado abierta, la puerta por donde entraba el sonido de la gente, la puerta que Don Jairo quería cerrar porque cerrar la puerta era cerrar la verdad, era cerrar la canción, era cerrar la isla—.
Y Yago no cerró la puerta —no la cerró inmediatamente, no la cerró con la velocidad con que habría cerrado la puerta hace tres horas, antes de que la canción saliera al aire, antes de que Sé que nunca fuiste mía resonara dentro de su cabeza como un eco que no se apagaba—.
Yago caminó hacia la puerta —caminó despacio, más despacio de lo que caminaba normalmente, como quien camina hacia algo que sabe que no debería hacer pero que aún no ha encontrado la razón para no hacerlo—.
Y al llegar a la puerta, Yago miró afuera —miró la gente que se acercaba, miró el césped húmedo, miró las huellas de Mercedes que aún se veían, miró el cielo anaranjado del atardecer—.
Y Yago pensó algo —pensó algo que no era pensamiento sino sensación, la sensación de que cerrar esta puerta era cerrar algo más que una puerta, era cerrar la salida, era cerrar lo que Lola llamó la puerta, era cerrar la canción que la isla estaba cantando—.
Yago cerró la puerta —la cerró porque Don Jairo lo ordenó y Yago obedecía, la cerró porque la obediencia era el músculo que Yago había entrenado toda la vida y los músculos no se desactivan en una tarde—.
Pero Yago la cerró despacio —despacio como se cierra lo que se sabe que no se debería cerrar, despacio como se cierra la puerta que uno sabe que tendrá que abrir—.
Y el sonido de la gente entró por la puerta antes de que se cerrara —entró como entra el agua antes de que la represa la contenga, entró como entra la canción antes de que alguien la intente callar—.
Y el sonido quedó dentro —dentro del salón, dentro de la finca, dentro de la cabeza de cada persona que estaba en el cuarto, incluyendo a Don Jairo—.
Don Jairo se volvió hacia Yago —se volvió con los ojos que pedían más que cerrar la puerta, los ojos que pedían cerrar todo —la finca, la canción, la verdad, la isla—. Y Don Jairo dijo algo —algo que era orden y pregunta al mismo tiempo—:
—¿Encontró a Mercedes?
—No —dijo Yago.
—¿El cuaderno?
—En custodia del FBI. La farmacéutica de Bayamón lo entregó. Agente Salazar. Cuarenta años, transferido de Miami. No está en la nómina.
Don Jairo procesó —procesó la información como procesaba todo, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada y los dedos que golpeaban el ritmo del cálculo—. Y cuando Don Jairo abrió los ojos, dijo algo que no era orden sino evaluación —la evaluación del que sabe que el tablero ha cambiado—:
—Salazar. No lo conozco.
—No —dijo Yago—. Nadie lo conoce. Lleva dieciocho meses.
Dieciocho meses. Don Jairo hizo el cálculo —dieciocho meses era el tiempo suficiente para que un agente nuevo no tuviera deudas pero no suficiente para que tuviera aliados.
Un agente sin deudas era un agente sin punto débil.
Y un agente sin punto débil era el tipo de agente que Don Jairo no podía manejar —porque Don Jairo manejaba hombres, no procedimientos, y Salazar era un procedimiento—.
—¿Y los hombres que mandé a Bayamón? —preguntó Don Jairo.
—Llegaron veinte minutos después de que Salazar saliera con el cuaderno. La farmacia estaba cerrada. La farmacéutica y la cocinera no estaban.
Don Jairo asintió —asintió como asiente el que confirma lo que ya sabía, el que sabía que veinte minutos era la diferencia entre atrapar la verdad y verla escapar—.
Veinte minutos. La distancia entre el control y la fractura.
La distancia entre el cuaderno en la finca y el cuaderno en el FBI.
La distancia entre la marca como identidad y la marca como evidencia.
Don Jairo se sentó —se sentó en la silla de caoba porque de pie no podía pensar, porque de pie el cuerpo pesaba más que la mente, porque sentado Don Jairo podía volver a la posición de siempre, la posición del control, la posición desde donde Don Jairo había manejado treinta años de negocios y amenazas y mentiras—.
Y Don Jairo miró a Mateo —lo miró con los ojos que ya no eran los ojos del cálculo sino los ojos de la oferta, los ojos del que está a punto de proponer algo que cree que el otro no puede rechazar—.
—Reyes —dijo Don Jairo—. Siéntese.
Mateo no se sentó —no se sentó porque la oferta de sentarse era la trampa de la negociación, y Mateo no había venido a negociar—.
—No vine a negociar —dijo Mateo—. Vine a buscar a Aitana.
—Aitana no se va —dijo Don Jairo.
—Aitana se va —dijo Aitana.
Y la frase fue como una nota —una nota que cortó el aire del salón, una nota que no era parte de la canción sino que era la consecuencia de la canción, una nota que era la declaración de la mujer que la canción había liberado—.
Aitana se iba. No porque Mateo viniera —porque la canción había sonado.
No porque el cuaderno existiera —porque la marca era mentira.
No porque Don Jairo lo admitiera —porque Aitana lo sabía desde antes de que Don Jairo lo dijera.
Aitana se iba porque Aitana era libre —y lo había sido siempre, aunque la marca dijera lo contrario—.
Don Jairo miró a Aitana —la miró con los ojos del que ha perdido algo que creía suyo, la miró con los ojos del que descubre que lo que creía posesión era préstamo, que lo que creía identidad era falsificación, que lo que creía amor era control—.
Y Don Jairo dijo algo —algo que no era amenaza ni súplica sino la verdad que Don Jairo había intentado callar durante veintidós años y que ahora salía como sale lo que ya no se puede contener—: