GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 16 #10
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CAPÍTULO 16 #10

Don Jairo no respondió —no respondió porque no había respuesta, porque Aitana había dicho lo que Don Jairo sabía pero que no quería saber, lo que la canción había dicho y que la isla estaba repitiendo y que los versos en la pared de la cocina confirmaban y que el cuaderno documentaba y que el acta certificaba—.

La isla era el testigo. La isla era la prueba.

La isla era la llave. Y la llave estaba girando.

Don Jairo se volvió. Caminó hacia el salón.

Y Aitana lo vio irse —lo vio irse como lo había visto irse mil veces, con la espalda recta y los pasos cortos y la mandíbula apretada, pero esta vez Aitana vio algo que no había visto antes: la mandíbula apretada no era poder —era esfuerzo.

El esfuerzo de mantener en pie al hombre que sabía que el suelo se movía.

El esfuerzo de mantener la mentira cuando la verdad la estaba empujando.

El esfuerzo del patriarca que ha perdido la batalla pero que aún no acepta que la guerra se ha acabado.

Aitana subió las escaleras —subió al tercer piso, subió al cuarto donde la marca ardió por primera vez hace once años, subió al cuarto donde ahora la marca arde de otra manera —no de ocotillo sino de verdad—. Y Aitana cerró la puerta. Y Aitana esperó.

Esperó como espera la que sabe que algo viene —algo que viene por la carretera 187, algo que viene en un Chevrolet beige, algo que viene con un trombón y una canción y la verdad que la canción ya dijo pero que falta decir en persona—.

Aitana esperó.

Y la marca ardió.

Y la canción —la canción que ya era aire, que ya era isla, que ya era prueba— la canción era la llave.

Y la llave estaba girando.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 5:25 p.m

Carretera 187 — a tres kilómetros de la finca

Mateo vio la finca —la vio desde la curva de la carretera, la vio como se ve la isla desde el barco: primero la silueta, después los detalles, después la certeza de que lo que ves es real—.

La finca era blanca —las paredes blancas de la casa principal, el zinc blanco de los techos, la cerca blanca del patio— pero la blancura no era limpieza —la blancura era el color de lo que se pinta para que no se vea lo que hay debajo, como se pinta la casa que tiene termitas para que los vecinos no vean el daño—.

Mateo detuvo el carro —lo detuvo a tres kilómetros de la finca, lo detuvo en el lugar donde la carretera 187 hacía una curva y la vegetación se espesaba y la finca se veía entre las hojas como se ve el faro entre la niebla—.

Mateo apagó el motor. Y el silencio entró en el carro —el silencio que viene cuando el motor se apaga, el silencio que deja oír los grillos y los coquíes y el viento entre las hojas de plátano y algo más —algo que Mateo reconoció como el sonido de la finca, el sonido que había oído la primera vez que vino y que ahora oía de nuevo: el sonido del silencio que se ha impuesto, el sonido de la quietud que no es paz sino orden, el sonido de la casa donde se calla—.

Mateo sacó el King 3B del estuche —sacó el trombón como sacaba el trombón antes de tocar, con la reverencia del músico que sabe que el instrumento no es un objeto sino una voz, con el cuidado del que sabe que lo que está a punto de hacer no es solo música sino declaración—.

Mateo no iba a tocar —no aquí, no ahora, no a tres kilómetros de la finca con los ojos de Don Jairo en la puerta—.

Pero Mateo quería sentir el trombón —quería sentir el metal frío en las manos, quería sentir el peso del King 3B, quería sentir la presencia del trombón que había sido de Esteban y que era el cordón umbilical que conectaba al abuelo muerto con el nieto vivo y con la tía prisionera y con la canción que ya era aire—.

Mateo sostuvo el King 3B. Y Mateo pensó en Esteban —en el abuelo que había empezado la canción y que Aurelio había interceptado y que Fermín había guardado dentro del trombón como se guarda la verdad dentro del metal donde la verdad no se pudre—.

Y Mateo pensó en Aitana —en la tía que no era tía sino la mujer marcada, en la mujer que oyó la canción y que dijo mi nombre es Aitana Martínez Vega, en la mujer que lo esperaba en el tercer piso de la finca con la marca que arde y la verdad que crece—.

Y Mateo pensó en la canción —en la canción que había salido al aire y que la isla cantaba y que era la citación y la carta y la llave—.

Mateo guardó el King 3B en el estuche. Cerró el estuche. Y Mateo miró la finca —la finca blanca entre la vegetación, la finca donde Don Jairo esperaba con la mandíbula apretada y el hueco vacío detrás del retrato y los versos de ceniza en la pared de la cocina y la grieta que ya era fractura—.

Mateo arrancó el motor. Y el Chevrolet Celebrity beige avanzó —avanzó por la carretera 187, avanzó hacia la finca, avanzó hacia las seis, avanzó hacia la confrontación—. Y Mateo pensó:

La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.

Y la llave estaba girando.

Y la puerta se estaba abriendo.

Y la salida estaba ahí —ahí, en la finca blanca entre la vegetación, ahí donde la marca ardió y la verdad creció y la canción se cocinó durante quince años en la cocina de Mercedes—.

Mateo condujo.

Y la finca se acercaba.

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero