GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 16 #9
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CAPÍTULO 16 #9

Y mientras Don Jairo esperaba, la finca se preparaba.

Los ojos se movían —se movían con las órdenes que Don Jairo había dado por teléfono: traer a todos, a las seis.

Y todos eran muchos —todos eran los que sabían, los que habían visto, los que habían oído, los que podían hablar—.

Y los ojos salían —salían en los carros y en las motos y en los camiones, salían a buscar a los que Don Jairo quería en la finca antes de las seis—.

Pero Don Jairo sabía algo que los ojos no sabían —Don Jairo sabía que traer a todos a la finca era la última carta, la jugada final, el movimiento que se hace cuando no hay más movimientos—.

Y Don Jairo sabía que la jugada podía no funcionar —porque la canción ya era pública y el cuaderno ya era evidencia y el acta ya era prueba y Mercedes ya había declarado y el FBI ya estaba moviéndose—.

Y Don Jairo sabía que la jugada era la única que tenía —porque si no traía a todos, los que sabían estarían afuera, y los que estaban afuera estaban fuera de control, y lo que estaba fuera de control era peligroso—.

Don Jairo abrió los ojos. Y Don Jairo miró la pared —la pared del salón, la pared donde antes estaba el retrato y donde ahora estaba el hueco vacío, la pared que era la metáfora de lo que Don Jairo había construido y de lo que ahora estaba vacío—.

Y Don Jairo vio algo en la pared que no había visto antes —vio la marca.

No la marca de ocotillo —la marca del tiempo.

La marca que la humedad dejaba en las paredes de las casas que se quedaban solas, la marca que el agua hacía cuando el agua encontraba la grieta y se metía dentro y expandía la grieta hasta que la grieta era fractura y la fractura era derrumbe—.

La grieta. Don Jairo vio la grieta —la grieta que había visto esta mañana en la pared de su estudio en Condado, la grieta que no era real sino metafórica, la grieta que ahora era real porque estaba en la pared de la finca, en la pared donde el hueco estaba vacío, en la pared donde el cuaderno ya no estaba—. La grieta era real. Y la grieta crecía.

Don Jairo se levantó de la silla. Y Don Jairo caminó hacia la cocina —la cocina donde Mercedes había cocinado durante quince años, la cocina donde Lola había escrito versos con ceniza, la cocina donde la verdad se había cocinado a fuego lento durante tres décadas—.

Don Jairo entró en la cocina. Y Don Jairo vio la pared.

La pared donde Mercedes había escrito —la pared con los versos de Lola en ceniza de ocotillo, los versos que Mercedes había escrito cuando Lola murió y que Don Jairo había ordenado borrar pero que nadie había borrado porque los versos estaban en la ceniza y la ceniza había penetrado el yeso y el yeso guardaba lo que la ceniza dejó, como la memoria guarda lo que el fuego intentó destruir—.

Los versos seguían ahí —desdibujados, borrosos, pero ahí— como seguían los versos de la canción en el aire de la isla.

Don Jairo leyó los versos —leyó lo que quedaba de los versos en la pared, los versos que la ceniza y el tiempo habían difuminado pero que la ceniza y el tiempo no habían borrado—.

Y Don Jairo reconoció la letra —no la letra de Mercedes sino la letra de Lola, la letra que Lola usaba para escribir los versos que no podía cantar, la letra que Lola dejó en la pared como se deja la firma en el documento que no se puede firmar con tinta—.

La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.

Don Jairo cerró los ojos —cerró los ojos y respiró y el aire que respiraba olía a ocotillo y a caoba y a algo más, algo que Don Jairo reconoció como el olor de algo que se acababa, como el olor del final de algo que duró treinta años—.

Y Don Jairo abrió los ojos. Y Don Jairo dijo algo —algo que no dijo a los ojos ni a Yago ni a nadie sino a la pared, a la ceniza, a la letra de Lola que seguía ahí como sigue la verdad cuando todo lo demás se ha ido—:

—La puerta no es la salida, Lola. La puerta es la entrada. Y lo que entra por la puerta… lo que entra por la puerta tiene que salir por la puerta.

Don Jairo se volvió. Caminó hacia el salón.

Y al pasar por el pasillo, Don Jairo vio a Aitana —Aitana en la escalera, Aitana que bajaba del tercer piso, Aitana con la marca en el hombro que la blusa no cubría del todo, Aitana con los ojos que no eran los ojos de hace dos horas —los ojos de hace dos horas eran los ojos de la que espera; estos ojos eran los ojos de la que sabe—.

Aitana y Don Jairo se miraron —se miraron en el pasillo de la finca, se miraron como se miran los que han compartido una casa durante once años y que ahora compartían algo más: la verdad.

La verdad que la canción había dicho y que el cuaderno documentaba y que el acta certificaba y que Aitana llevaba en el hombro como se lleva la cicatriz de la herida que ya no sangra pero que no se olvida—.

Don Jairo no dijo nada —no dijo nada porque no había nada que decir que la canción no hubiera dicho mejor, que el cuaderno no documentara mejor, que el acta no certificara mejor—.

Don Jairo miró a Aitana y Aitana miró a Don Jairo y entre los dos había veintidós años de mentira y una canción que la mentira no pudo quemar y un cuaderno que la mentira no pudo guardar y un acta que la mentira no pudo falsificar —porque la verdad tiene copias y las copias tienen copias y la canción tiene oídos y los oídos tienen memoria y la memoria no arde—.

Aitana habló —habló con la voz que había reclamado su nombre hace dos horas, la voz que decía mi nombre es Aitana Martínez Vega y que ahora decía algo más:

—La canción dijo mi nombre. El cuaderno documentó mi nacimiento. El acta certificó quién soy. Y la marca… —Aitana se tocó el hombro izquierdo—. La marca es mentira. Y tú lo sabes.

Don Jairo no respondió. Don Jairo la miró —la miró como se mira lo que se creyó propio y que ahora resulta que nunca lo fue, como se mira la casa que se construyó sobre arena y que la marea está reclamando—.

Y Don Jairo dijo algo —algo que no era respuesta sino constatación, algo que Don Jairo dijo como se dice la verdad que uno no quiere decir pero que no se puede callar—:

—La marca es la marca. Y la marca quedó. Y mientras la marca quede… —Don Jairo hizo una pausa—. Mientras la marca quede, tú estás aquí.

Aitana dijo: —No. La marca es mentira. Y las mentiras se borran.

Don Jairo dijo: —Las mentiras se borran cuando la verdad las reemplaza.

Y la verdad necesita un juez. Y el juez necesita un caso.

Y el caso necesita… —Don Jairo hizo la pausa que había hecho en la cocina, la pausa del que calcula—.

El caso necesita más que una canción y un cuaderno y un acta.

El caso necesita testigos. Y los testigos necesitan protección.

Y la protección cuesta más de lo que tú puedes pagar.

Aitana dijo algo —algo que no era réplica sino la frase que había estado guardando desde que oyó la canción, la frase que era la respuesta a la amenaza y que no era una amenaza sino una verdad—:

—La protección no cuesta nada cuando la isla canta la canción. Porque la isla es el testigo. Y la isla no necesita protección. Y la isla no se puede callar.