GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 16 #8
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CAPÍTULO 16 #8

Salazar no dijo nada —no dijo nada porque no había nada que decir que Mercedes no hubiera dicho mejor, no había nada que agregar a la declaración que era la declaración que Salazar había esperado durante dieciocho meses—.

Salazar cerró la libreta. Apagó la cámara.

La luz roja se apagó. Y en el silencio que siguió —el silencio de la sala de declaraciones, el silencio que viene después de la verdad y que es el silencio más limpio que existe— Salazar hizo lo que había venido a hacer:

Declaró el caso activo.

—Mercedes Vega —dijo Salazar—. Su declaración está grabada y transcrita.

El cuaderno de Jairo Heredia Ortega y el acta de nacimiento de Aitana Martínez Vega están en custodia del FBI.

Las fotografías de Lorena Segarra serán admitidas como evidencia.

La declaración de Florina Pacheco será tomada a continuación.

Y yo, agente Víctor Salazar, caso número 85-0817-SJ, declaro formalmente abierto el caso contra Jairo Heredia Ortega por retención ilegal, falsificación de documentos, tráfico de personas y asociación para delinquir.

Las palabras de Salazar —asociación para delinquir— eran las palabras que Don Jairo más temía —no porque las palabras fueran nuevas sino porque esta vez las palabras tenían respaldo: el cuaderno, el acta, la declaración, las fotos, las fotocopias, la canción—.

Y las palabras estaban grabadas en la cinta del FBI —la cinta que no se podía quemar como se quemaban las cintas de Mateo, porque la cinta del FBI era la cinta de la ley y la ley no arde—.

Florina se sentó frente al micrófono —se sentó con el acta de nacimiento en las manos, el acta que había firmado hace veintiún años como testigo del parto de Lola Martínez Vega, el acta que decía Aitana Martínez Vega con la tinta del registro civil que no se puede falsificar—.

Y Florina declaró —declaró con la voz de la partera que ha visto nacer la verdad y que ahora la verdad nacía otra vez, esta vez no de un vientre sino de una declaración—.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 5:10 p.m

Carretera 187 — Loíza

Mateo pasó el letrero —el letrero oxidado que decía BIENVENIDOS A LOÍZA — CUNA DE LA TRADICIÓN AFROCARIBEÑA y que estaba lleno de balas de los que usaban los letreros para practicar tiro y de grafitis de los que usaban los letreros para declarar amor o insultar vecinos—.

Mateo pasó el letrero y entró en Loíza —entró en el pueblo donde su abuelo había nacido y donde su tía estaba prisionera y donde la verdad se había cocinado durante quince años—.

Loíza olía a sal y a caña y a algo más —algo que Mateo reconoció como el olor de la tierra después de la lluvia, el olor de la tierra húmeda que es el olor del principio de las cosas, el olor del barro del que todo nace—.

Y Loíza cantaba —cantaba la canción que no debía existir, cantaba los fragmentos que la radio había plantado y que ahora crecían como crecen las semillas en la tierra húmeda: con fuerza, con prisa, con la urgencia de lo que ha esperado demasiado para salir—.

Mateo pasó por la plaza central —la plaza con la estatua del cacique Loíza y los bancos de cemento y los árboles de almendra y el quiosco de pinchos donde un hombre con delantal asaba carne en la parrilla y el humo subía y el olor a grasa y a carbón se mezclaba con el olor a lluvia y a tierra—.

Y en la plaza, la gente cantaba —no todos, no al unísono, no con la precisión de un coro sino con la imprecisión de los que han oído algo que les importa y que ahora lo repiten como se repite la oración que funciona, como se repite la receta que cura, como se repite la verdad que no se puede decir una sola vez—.

Mateo detuvo el carro —lo detuvo porque tuvo que detenerlo porque la plaza estaba llena de gente y la gente estaba cantando y la gente no se movía porque la gente no quería moverse, porque la gente quería estar ahí, en la plaza, en el centro, donde la canción era el aire que respiraban y el aire era la canción que cantaban—.

Un hombre se acercó al carro —hombre con camisa de mangas arremangadas y sombrero de paja y la cara quemada por el sol de los que trabajan afuera, la cara de los que cortan caña o pescan o construyen o hacen lo que se hace en Loíza con las manos y con el sol—.

El hombre se inclinó hacia la ventanilla de Mateo y dijo:

—¿Usted oyó eso? ¿La canción en la radio?

—La oí —dijo Mateo.

—Mi mujer la oyó. Mi suegra la oyó. El vecino la oyó. Todo el mundo la oyó. Y todo el mundo dice lo mismo: ésa no es una canción —ésa es una denuncia.

—Es una canción —dijo Mateo—. Pero también es una denuncia. Y también es una carta. Y también es una llave.

El hombre miró a Mateo —lo miró con los ojos de quien reconoce algo en el rostro del otro sin saber qué es, como se reconoce la canción sin saber quién la compuso—. Y el hombre dijo:

—¿Usted es el que la tocó?

Mateo no respondió —no respondió porque no necesitaba responder, porque la respuesta estaba en los ojos del hombre que lo miraba y que ya sabía, que lo sabía con la certeza con que se saben las cosas que no necesitan confirmación—.

Y Mateo asintió —asintió una vez, con la cabeza, con la lentitud del que confirma lo que ya no necesita confirmar—.

El hombre extendió la mano —la mano callosa, la mano que trabajaba, la mano que no había tocado un trombón pero que había tocado la tierra y la caña y el agua y que ahora tocaba la mano del trombonista que había tocado la canción—. Y el hombre dijo:

—Siga. Siga hacia la finca. Y diga lo que tiene que decir. Porque la canción ya lo dijo. Y ahora la isla lo sabe. Y la isla no se calla.

Mateo apretó la mano —apretó la mano del hombre como se aprieta la mano del que te da permiso, del que te dice vaya, del que te dice la puerta está abierta y la salida existe—. Y Mateo dijo:

—Gracias.

—No me agradezca —dijo el hombre—. Agradezca al que la compuso. La canción es de él.

—Es mía —dijo Mateo—. Pero ya es de ustedes también.

El hombre retrocedió. Y la gente se apartó —se apartó como se aparta el mar cuando la proa del barco avanza, se apartó con la gracia de los que saben que lo que viene es más importante que lo que está—.

Y Mateo avanzó —avanzó por la plaza de Loíza, avanzó entre la gente que cantaba fragmentos y que lo dejaba pasar y que lo miraba con los ojos de los que reconocen al que hizo lo que ellos no pudieron hacer—.

Y Mateo salió de la plaza. Y la carretera 187 continuaba —continuaba hacia la finca, hacia las seis, hacia Don Jairo, hacia Aitana, hacia la confrontación—.

Mateo aceleró. El Chevrolet Celebrity beige avanzó.

Y en la carretera, solo en el carro, Mateo habló —habló como habla el que va a la guerra y que necesita decir las palabras antes de que la guerra se las quite—:

—La canción es la citación. La citación fue entregada. El cuaderno es la prueba. La prueba fue documentada. El acta es la verdad. La verdad fue declarada. Y la llave… la llave está girando.

Mateo miró el reloj —las cinco y veinte—. Cuarenta minutos. Cuarenta minutos para la finca. Cuarenta minutos para las seis. Cuarenta minutos para lo que viniera.

Y Mateo condujo.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 5:15 p.m

Finca de Loíza

Don Jairo llegó a la finca —llegó en el Mercedes negro con el chofer que lo llevaba desde Condado y que lo dejaría en la puerta y que se iría porque el chofer no era de los que se quedaban cuando Don Jairo convocaba, el chofer era de los que sabían que las reuniones en la finca no eran para los que tenían ojos para ver sino para los que tenían ojos para obedecer—.

Don Jairo bajó del Mercedes. Y la finca lo recibió —lo recibió con el olor a caoba y a ocotillo y a hierba mojada, lo recibió con el sonido de los grillos y el canto de los coquíes que empezaban a despertar con la tarde, lo recibió con la presencia de los ojos —los ojos que estaban en la puerta y en el patio y en las ventanas y que ahora miraban a Don Jairo con la pregunta que ningún ojo se atrevía a hacer en voz alta: ¿qué hacemos ahora?

Don Jairo no miró a los ojos —Don Jairo nunca miraba a los ojos cuando entraba en la finca, porque los ojos eran herramientas y las herramientas no miran al que las maneja—.

Don Jairo caminó hacia la casa principal —la casa de caoba y cemento y zinc, la casa con el salón donde colgaba el retrato de la abuela Heredia y el hueco vacío detrás, la casa con la cocina donde Mercedes había escrito versos de ceniza y donde ahora la ceniza seguía en la pared como la firma de Lola, como el testamento de la verdad—.

Don Jairo entró en el salón. Y Don Jairo vio el retrato —el retrato que Yago había enderezado, el retrato que antes cubría el hueco y que ahora estaba sobre la pared como si nada hubiera pasado, como si el hueco no estuviera vacío, como si el cuaderno no estuviera en Bayamón siendo fotografiado y fotocopiado y entregado al FBI—.

Pero Don Jairo sabía. Don Jairo siempre sabía.

Y Don Jairo levantó el retrato —lo levantó como Yago lo había levantado ocho horas antes, lo levantó y miró el hueco y el hueco estaba vacío y el vacío era la prueba de que Mercedes había estado ahí y que Mercedes se había ido y que Mercedes había llevado lo que Don Jairo creía que era suyo—.

Don Jairo dejó el retrato sobre la mesa de caoba —lo dejó con un golpe seco, el golpe del hombre que ha encontrado la puerta abierta y que sabe que lo que salió por la puerta no vuelve—.

Y Don Jairo se sentó en la silla —la silla de caoba con el cojín de cuero, la silla donde Don Jairo recibía a los visitantes y a los socios y a los que venían a pedir y a los que venían a agradecer, la silla donde Don Jairo había construido treinta años de silencio—.

Don Jairo esperó.

Esperó como espera el general que ha perdido la batalla pero que aún tiene la guerra —con la mandíbula apretada y los ojos cerrados y los dedos sobre el brazo de la silla, con la paciencia del que sabe que lo que viene no es lo que quería pero que es lo que tiene—.