CAPÍTULO 16 #7
Carretera 187 — hacia Loíza
Mateo conducía el Chevrolet Celebrity beige por la carretera 187 —la carretera que serpenteaba entre la vegetación de Loíza, la carretera donde los plátanos crecían tan cerca del asfalto que las hojas golpeaban el parabrisas como manos que saludan o que advierten, la carretera que llevaba a la finca—.
Mateo había estado conduciendo cuarenta y cinco minutos —cuarenta y cinco minutos desde que salió de WIPR, cuarenta y cinco minutos desde que habló al aire, cuarenta y cinco minutos desde que declaró que la canción era la citación y que la citación se había entregado—.
La carretera 187 no era solo una carretera —era una arteria.
La arteria que conectaba la finca con el mundo, la arteria por donde habían llegado las mujeres y por donde habían salido los camiones y por donde Mercedes había caminado descalza ocho horas antes con el cuaderno azul contra el pecho—.
Y Mateo la recorría ahora —la recorría en la dirección opuesta, hacia adentro, hacia el centro, hacia la finca—. Como la sangre que va al corazón.
Mateo oyó la canción antes de ver la gente.
No la canción en la radio —la radio estaba apagada— sino la canción en la gente.
La canción que había salido al aire hace dos horas y que ahora vivía en las gargantas de los que la habían oído, la canción que se había convertido en memoria colectiva y que la memoria colectiva estaba cantando —fragmentos, pedazos, versos incompletos pero reconocibles, como un rompecabezas que la isla estaba armando sin saber que lo armaba—.
Mateo pasó por el primer pueblo —un grupo de casas de madera con zinc y una bodega con una puerta azul y una iglesia con la espadaña blanca y una plaza con un árbol de flamboyán que estaba lleno de flores rojas como sangre—.
Y en la plaza, sentados en los bancos de cemento, había hombres —hombres con sombrero y mujeres con abanico y niños con paletas de helado que se derretían en el calor de agosto—.
Y uno de los hombres tarareaba —tarareaba con la voz ronca del que ha tomado cerveza y que ahora cantaba como se canta cuando se está feliz o cuando se está triste o cuando se ha oído algo que no se puede dejar de oír—:
Sin mirarte yo te miro / Sin sentirte yo te siento
Mateo redujo la velocidad —no porque quisiera oír sino porque no podía no oír, porque la canción que él había compuesto y tocado y grabado y transmitido ahora estaba en la boca de un hombre en una plaza de Loíza que no sabía quién era Mateo pero que sabía la canción, que la sabía como se sabe lo que siempre se supo sin saber que se sabía—.
Mateo siguió. Y la carretera le devolvió más canción.
En una curva, tres mujeres salían de una lavandería —la lavandería con el letrero que decía LAVANDERÍA SAN JOSÉ — SERVICIO RÁPIDO y que olía a suavizante de ropa y a cloro y a la humedad permanente de las cosas que se lavan y se vuelven a lavar—.
Y las tres mujeres caminaban juntas —caminaban como caminan las que han compartido el trabajo y el sudor y la tensión de la ropa ajena, caminaban con los pasos sincronizados de las que han caminado juntas durante años—.
Y una de las mujeres cantaba —cantaba con la voz de las que han cantado trabajando, la voz que mezcla el cansancio con la melodía y que convierte el trabajo en ritmo—:
Gitana, Gitana / Tu pelo, tu pelo / Tu cara, tu cara
Mateo pasó junto a las tres mujeres —pasó con las ventanillas abiertas y el aire caliente entrando y el olor a suavizante mezclándose con el olor a caña y a tierra mojada—.
Y Mateo las oyó. Y Mateo pensó: La canción ya no es mía.
La canción es de ellas. La canción es de la lavandera que la canta mientras camina y del hombre que la tararea en la plaza y de los niños que oirán los fragmentos y que crecerán sabiendo que hubo una canción que alguien no quería que existiera y que existe—.
Mateo siguió conduciendo. Y la carretera le dio más —más gente, más fragmentos, más versos que volvían como vuelven las olas a la orilla, una y otra vez, con la insistencia de lo que no se puede detener—.
Un viejo en una bicicleta —bicicleta negra con el canasto de alambre y los pedales que chirriaban y el asiento rajado— pedaleaba por el borde de la carretera y silbaba —silbaba por si un día me muero / y tú lees este papel con la melodía exacta, la melodía que Mateo había escrito, la melodía que ahora silbaba un viejo en una bicicleta como si la hubiera oído toda la vida—.
Dos jóvenes en un carro —un carro viejo con la radio a todo volumen y las ventanillas abajo y los codos en la puerta— pasaron a Mateo y el carro iba a todo volumen pero no era la radio —era ellos, eran los dos jóvenes cantando las palabras son de aire y van al aire / mis lágrimas son agua y van al mar con la energía de los que han descubierto algo y que no pueden dejar de repetirlo—.
Un grupo de niños en la puerta de una escuela —la escuela vacía porque era domingo, la escuela con la cerca de alambre y el patio de tierra y los murales descoloridos— jugaba al escondite y uno de los niños cantaba sin quererte yo te quiero como quien canta una canción de cuna que no sabe que no es de cuna sino de amor y de celos y de verdad—.
Mateo conducía y oía. Y lo que oía no era la canción —era la isla.
La isla que había recibido la canción como se recibe el agua después de la sequía, como se recibe el viento después del bochorno, como se recibe la verdad después de la mentira.
La isla no cantaba la canción perfecta —la isla cantaba los fragmentos que recordaba, los versos que habían tocado algo, las frases que eran llaves que abrían puertas que la isla ni sabía que tenía—.
Pero la isla cantaba. Y lo que la isla cantaba era irrevocable.
Mateo miró el reloj —las cinco y cuarto—.
Quedaba tres cuartos de hora para la cita de las seis.
Quedaba tres cuartos de hora para la finca.
Mateo aceleró —no mucho, lo suficiente— y el Chevrolet Celebrity beige avanzó por la carretera 187 como avanzaba la canción por la isla: lentamente, inevitablemente, sin poder detenerse.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 5:05 p.m
Oficina del FBI — San Juan
Salazar había llegado con Mercedes, Doña Iris y Florina —los cuatro habían entrado por la puerta principal del edificio federal, habían subido al segundo piso, habían pasado por el pasillo con las luces fluorescentes y los certificados enmarcados y la foto del director del FBI y la foto del presidente Reagan—.
Salazar los había llevado a la sala de declaraciones —la sala con la mesa de formica y las sillas de metal y la cámara de video en la esquina y el micrófono en el centro de la mesa y la ventana con las cortinas beige que filtraban la luz de la tarde—.
Mercedes se sentó frente al micrófono —se sentó como se sienta la mujer que ha esperado quince años para decir lo que tiene que decir, con las manos en la mesa y la espalda recta y los ojos en la cámara de video que iba a grabar cada palabra—.
Salazar se sentó frente a ella —se sentó con la carpeta abierta y el cuaderno azul sobre la mesa y el acta de nacimiento de Aitana al lado del cuaderno, las dos pruebas juntas como los dos testigos de una boda—.
Salazar encendió la cámara —la luz roja parpadeó y se quedó encendida, la luz que decía esto se está grabando y que Mercedes miró sin miedo porque la luz que grababa era la luz que protegía—.
—Mercedes Vega —dijo Salazar—. Está usted en la oficina del FBI, San Juan, Puerto Rico.
La fecha es domingo 17 de agosto de 1985.
La hora es cinco y cinco de la tarde. Está usted aquí voluntariamente para hacer una declaración formal sobre los hechos que presenció durante los años que trabajó en la propiedad de Jairo Heredia Ortega en Loíza. ¿Es correcto?
—Es correcto —dijo Mercedes.
—¿Ha sido usted amenazada o presionada para hacer esta declaración?
—No. Vine porque quiero. Porque es hora.
—¿Entiende que lo que diga aquí puede ser usado en un procedimiento legal?
—Lo entiendo.
—¿Entiende que tiene derecho a un abogado?
—No necesito abogado. Necesito que alguien escuche.
Salazar asintió. Y Mercedes habló.
Mercedes habló durante cuarenta minutos —cuarenta minutos que la cámara de video grabó y que el micrófono captó y que Salazar transcribió en su libreta y que Lorena, cuando llegó con las fotografías, escucharía desde la puerta—.
Mercedes habló de todo —de la cocina y de los plátanos y de la ceniza de ocotillo y de Lola y de los versos y de las mujeres y de los camiones y de las matrículas y de Aitana y de la marca y de Esteban y de Aurelio y de Enrique y de Fermín y del King 3B y de la carta y de la canción—.
Mercedes habló como habla la que ya no tiene miedo —porque el miedo se quedó en la finca, el miedo se quedó en la cocina, el miedo se quedó en los quince años de silencio y ahora el silencio se había roto y la rotura era la canción y la canción era la prueba y la prueba era la llave—.
Y Mercedes terminó con las palabras que Lola le había dicho la última noche que hablaron —la noche antes de que Lola muriera, la noche en que Lola le entregó los últimos versos de ceniza y la instrucción que Mercedes había guardado como se guarda la semilla que un día será árbol—:
—Lola me dijo: La canción es la carta. La carta es la llave.
La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.
Yo no sabía qué canción. Yo no sabía qué puerta.
Pero Lola sabía. Lola siempre supo. Y la canción salió hoy.
Y la puerta se está abriendo. Y la salida…
—Mercedes miró a Salazar—. La salida es usted, agente.
La salida es la ley. La salida es esto —esto que estamos haciendo ahora—.