CAPÍTULO 16 #6
Mercedes hizo una pausa —una pausa que duró exactamente un latido, la pausa de la mujer que piensa en el hombre que la tuvo quince años dentro de una cocina y que la marcó —no a ella sino a las otras, a Lola, a Aitana— y que ahora ella tenía que mirar a los ojos y decir la verdad—. Y Mercedes dijo:
—Especialmente delante de él.
Salazar sacó del maletín la carpeta HEREDIA ORTEGA, JAIRO — CASO PENDIENTE —la sacó y la abrió y Mercedes vio la carpeta y vio las tres pulgadas de grosor y vio los informes de otros agentes y otros años y otros casos que se cerraron porque la prueba no era suficiente y porque los testigos callaron y porque el nombre Heredia era un muro—.
Y Mercedes pensó: La prueba ahora es suficiente.
Los testigos ahora hablan. Y el muro tiene una grieta que se llama canción.
Salazar preguntó: —¿Quién más sabe del contenido de este cuaderno?
Lorena habló —habló con la voz de la estudiante de derecho que había pasado dos años preparándose para este momento, la voz que era la suma de las libretas de espiral y las fotos en la Canon AE-1 y las fotocopias en la carpeta manila y las horas de conversaciones con Mercedes y Florina y Darío y los que hablaron y los que no hablaron—:
—Yo tengo cuarenta y siete fotografías de cada página del cuaderno.
Doña Iris tiene cuarenta y siete fotocopias.
El acta de nacimiento original de Aitana Martínez Vega está aquí —Florina Pacheco la trajo— y también está fotografiada y fotocopiada.
Darío Quiñones, periodista freelance, tiene la cinta de la canción que se transmitió en WIPR hace hora y media y que contiene los versos que corresponden al contenido del cuaderno.
Rubén Salcedo, músico y maestro, voló a Nueva York esta mañana con una copia del Bloque 1 de la canción.
Toño Fuentes en WIPR transmitió el Bloque 2.
La canción ya es pública. El cuaderno ya está documentado.
La pregunta no es si hay prueba —la pregunta es cuántas copias de la prueba necesita el FBI para moverse.
Salazar miró a Lorena —miró a la estudiante de derecho con la libreta de espiral y la Canon AE-1 y la voz que no temblaba y pensó: Esta mujer ha hecho en dos años lo que el FBI no pudo hacer en veintidós—. Y Salazar dijo:
—Necesito el cuaderno original. El acta original. Y necesito que Mercedes venga conmigo a la oficina para la declaración formal.
Doña Iris dijo: —Mercedes no se mueve de aquí hasta que esté a salvo.
Salazar respondió: —Mi carro está en la puerta. Mi placa está visible. Mi arma está en la cintura. Y hay dos agentes más que llegan en diez minutos. Mercedes está más segura yendo conmigo ahora que quedándose aquí cuando los hombres de Heredia vengan a buscar el cuaderno.
Las palabras de Salazar —los hombres de Heredia— cayeron en la farmacia como cae una piedra en un estanque, con las ondas expandiéndose desde el centro hasta las paredes—.
Porque Salazar no había dicho si vienen sino cuando vengan.
Salazar sabía lo que las cuatro mujeres sabían: que Don Jairo ya sabía que el cuaderno estaba en Bayamón, que Don Jairo había mandado a Yago, que Don Jairo mandaría a otros, y que la carrera entre la ley y el poder era una carrera que la ley no siempre ganaba pero que hoy —hoy, con la canción en el aire y la isla cantando y la prueba documentada— la ley tenía la ventaja que nunca había tenido antes.
Mercedes se levantó —se levantó de la silla de plástico por segunda vez en una hora, se levantó como se levanta la que ha decidido que el miedo ya no es la razón para quedarse sentada—. Y Mercedes dijo:
—Voy.
Doña Iris abrazó a Mercedes —la abrazó como se abraza la hermana que no ha visto en quince años pero que siempre vio, como se abraza la mujer que sabe que la que se va está yendo a un lugar donde la ley es la ley pero la ley no siempre protege a los que denuncia—. Y Doña Iris dijo:
—Vuelve.
Mercedes dijo: —Vuelvo.
Florina le tocó el hombro a Mercedes —el hombro izquierdo, el mismo hombro donde Aitana llevaba la marca, el hombro que Florina había visto marcarse hace trece años cuando la niña que ella había recibido cumplió doce años y Don Jairo decidió que era suya—.
Y Florina dijo lo que decían las parteras en Loíza cuando una mujer salía de parto y el parto era difícil:
—Respira. Y empuja cuando haya que empujar.
Mercedes sonrió —sonrió por primera vez en el día, la sonrisa de la mujer que tiene miedo pero que camina de todos modos, la sonrisa de la que sabe que la salida existe y que la puerta está abierta y que la llave es la canción y la canción ya sonó—.
Salazar tomó el cuaderno —lo tomó con las manos que habían manejado cientos de documentos pero que ahora manejaban el documento más importante que había tocado en dieciocho meses—.
Salazar lo puso en el maletín junto con la carpeta de tres pulgadas.
Luego tomó el acta de nacimiento —el acta que decía Aitana Martínez Vega, el acta que Florina había guardado en un tubo de cartón durante trece años, el acta que ahora viajaba con el agente Salazar hacia la oficina del FBI—. Y Salazar dijo:
—La declaración se toma en la oficina. Doña Iris, necesito que usted venga también —es la denunciante formal. Florina Pacheco, necesito su testimonio sobre el parto y el registro. Lorena Segarra, necesito las fotografías y cualquier otro documento que tenga.
Lorena dijo: —Las fotos vienen conmigo. Pero voy en mi carro —no en el del FBI. Porque si alguien vigila la farmacia, quiero que vean al agente salir con Mercedes y Doña Iris y Florina. Y quiero que vean un carro más saliendo después. Y que no sepan cuál lleva la prueba.
Salazar asintió —asintió como asiente el agente que reconoce la estrategia de la estudiante de derecho que piensa como piensan los que han documentado la corrupción: con copias, con rutas, con la paranoia del que sabe que lo que tiene es demasiado valioso para perderlo en un solo viaje—.
—Bien —dijo Salazar—. Yo salgo primero con Mercedes y Doña Iris. Florina va conmigo. Lorena sale cinco minutos después con las fotos. Y el cuaderno original… —Salazar hizo una pausa—. El cuaderno original viene conmigo. Porque el cuaderno es la llave. Y la llave va donde la puerta está.
La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.
Las palabras de Lola resonaron en la farmacia —resonaron como resonaron en la cocina de la finca cuando Lola las dijo por primera vez, como resonaron cuando Mercedes las repitió, como resonaron cuando Mateo las dijo al aire—.
Y ahora resonaban en la farmacia de Bayamón donde la llave se estaba girando y la puerta se estaba abriendo y la salida se estaba revelando—.
Salazar abrió la puerta de la farmacia. Miró la calle —la calle de Bayamón, la calle con los carros estacionados y los árboles de mango y el sol de las cinco de la tarde que caía oblicuo y dorado como cae el sol en Puerto Rico cuando el día se acaba y algo comienza—.
Salazar no vio nada sospechoso —no vio sedanes azules oscuros ni hombres con armas ni ojos vigilantes—.
Pero Salazar sabía que la ausencia de lo sospechoso no era la ausencia del peligro —era la forma del peligro en Puerto Rico, donde lo peligroso no se veía sino que se sentía, donde la amenaza no venía de frente sino de espalda, donde el enemigo no estaba en la calle sino en la nómina—.
Salazar escoltó a Mercedes, Doña Iris y Florina hasta el sedán del FBI —el sedán gris que esperaba con el motor encendido y la luz del tablero encendida, el sedán que decía gobierno con su sola presencia, el sedán que era la primera vez que la ley entraba en la vida de Mercedes como protección y no como ausencia—.
Las tres mujeres subieron. Salazar arrancó.
Y el sedán gris salió del estacionamiento de la farmacia Iris —salió hacia la autopista, hacia la oficina del FBI, hacia la declaración formal, hacia el caso que antes era pendiente y que ahora era activo y que pronto sería el caso más grande que la oficina del FBI en San Juan había visto en una década—.
Lorena esperó cinco minutos —cinco minutos que contó en el reloj de pulsera, cinco minutos que duraron como duran los cinco minutos cuando se está sola en una farmacia con cuarenta y siete fotografías en el bolso y la conciencia de que algo viene, algo que no se puede ver pero que se puede sentir, como se siente la tormenta antes de que llueva—.
A los cinco minutos, Lorena salió —salió por la puerta trasera de la farmacia, la puerta que daba al callejón donde Doña Iris recibía las entregas de medicamentos, la puerta que no era la puerta principal porque la puerta principal era donde los ojos de Don Jairo buscarían la salida—.
Lorena cruzó el callejón con el bolso contra el pecho y la Canon AE-1 dentro del bolso y el rollo de Tri-X dentro de la cámara y las cuarenta y siete fotos que eran la copia de la copia de la prueba y que nadie podría confiscar porque Lorena era la grieta —la grieta que Don Jairo nunca vio, la grieta que era una estudiante de derecho de veinticuatro años con una libreta de espiral y una cámara de segunda mano y dos años de paciencia—.
Lorena subió a su carro —el Datsun B-210 que había comprado de segunda mano con el dinero de la beca, el Datsun que arrancaba al segundo intento y que ahora arrancó al primero, como si el carro también supiera que había prisa—.
Y Lorena condujo hacia la oficina del FBI —condujo por la calle trasera, la ruta que no era la ruta de Salazar, la ruta que no era la ruta que los ojos de Don Jairo vigilarían, la ruta que era la grieta—.
Y Lorena pensó en Carlitos —en su hermano Carlitos, el bongocero que había elegido tocar, el bongocero que había oído la canción a través de la pared del vecino y que había susurrado tócala, Mateo, tócala completa—.
Y Lorena pensó: La tocó completa, Carlitos.
Y la canción es la prueba. Y la prueba es la llave. Y la llave está girando.
§
Domingo 18 de agosto de 1985 — 5:00 p.m