GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 16 #3
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CAPÍTULO 16 #3

Salazar condujo —condujo el sedán del FBI por la autopista 2 hacia Bayamón, con las luces encendidas aunque era de día porque las luces decían soy del FBI y soy del FBI era lo que Salazar quería que dijeran, porque la presencia de la ley era la primera arma de la ley—.

Y mientras conducía, Salazar pensó en la canción —en la canción que no había oído porque Salazar no escuchaba WIPR los domingos, Salazar escuchaba los informes, pero la canción estaba en el aire y el aire llegaba a todas partes y alguien se la había mencionado en la llamada y Salazar pensó: Una canción que acusa a un hombre de algo y que suena en la radio pública y que la gente está cantando —eso no es música, eso es evidencia. Y la evidencia no caduca.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 4:25 p.m

Casa de Condado — San Juan

Don Jairo estaba de pie frente a la ventana —la ventana del estudio que daba a la calle, la ventana donde las cortinas de lino se movían con el viento de agosto, el viento que traía el olor a sal y a asfalto caliente y a algo más, algo que Don Jairo no podía nombrar pero que reconocía como el olor de algo que se escapaba, como el olor del humo cuando algo arde lejos—.

La casa de Condado era la casa legítima —la casa donde Isabel esperaba y donde los hijos legítimos volvían los domingos y donde Don Jairo jugaba al patriarca que trabaja demasiado y que viene a casa a descansar, el patriarca que provee y que protege y que nunca levanta la voz porque el poder verdadero no necesita volumen—.

Pero hoy Don Jairo no descansaba. Hoy Don Jairo estaba de pie frente a la ventana porque hacía hora y media que no podía sentarse —hacía hora y media que la canción había salido al aire y hacía hora y media que el mundo que Don Jairo había construido durante treinta años estaba mostrando grietas que no se podían sellar con amenazas ni con dinero ni con la Browning de Yago—.

Isabel estaba en la sala —la sala de la casa de Condado, la sala con los muebles de caoba y la alfombra persa y la televisión que Isabel nunca encendía los domingos porque los domingos eran para la radio, para el programa de Toño Fuentes, para la música que Isabel escuchaba con la paciencia de la esposa que sabe que la música es la única compañía que su esposo le permite—.

Isabel había encendido la radio. Isabel había oído la canción.

Isabel había preguntado: ¿Quién es la Gitana?

Y Don Jairo no había respondido. Y la pregunta seguía ahí —en la sala, entre los muebles de caoba, como un mueble más, como un objeto que no se puede mover porque no se puede mover, porque la pregunta no es una pregunta sino una acusación disfrazada—.

Don Jairo hizo tres llamadas en cuarenta minutos.

La primera fue a Yago —la llamada que había hecho a las tres y cuarenta, la llamada que ordenaba traer a todos a la finca a las seis.

La llamada que Don Jairo había hecho con la voz que usaba para las órdenes que no admitían pregunta —la voz baja, la voz sin inflexión, la voz que decía hágalo como quien dice respire, con la naturalidad de lo inevitable—.

La segunda fue a un número en Mayagüez —un número que Don Jairo marcaba una vez al mes, el número del contacto que gestionaba la ruta de Cádiz, el número del hombre que aseguraba que los camiones blancos siguieran rodando y que los papeles siguieran firmados y que las mujeres que llegaban a la finca siguieran siendo registradas como Heredia—.

Don Jairo dijo: La operación se detiene.

Cuarenta y ocho horas. Mínimo. No sale nada.

No entra nada. Si alguien pregunta, la respuesta es vacaciones.

Si alguien insiste, la respuesta es yo. Y colgó.

La tercera fue a un abogado —no el abogado de la familia sino el abogado de los asuntos, el abogado que manejaba lo que no se podía manejar en la luz, el abogado que había registrado las propiedades de la finca a nombre de tres sociedades diferentes para que la finca no existiera en papel como finca sino como inversión agrícola, patrimonio familiar, y empresa de transportes—.

Don Jairo dijo: Prepárese. Puede que alguien venga preguntando por los registros.

Los registros están en orden —pero necesito que estén más en orden.

¿Entiende? El abogado entendió. El abogado siempre entendía.

El abogado era el que entendía lo que Don Jairo no decía —y lo que Don Jairo no decía era que los registros estaban en orden pero la verdad no estaba en los registros, la verdad estaba en un cuaderno azul que una cocinera había sacado de detrás de un retrato y que ahora estaba en una farmacia de Bayamón siendo fotografiado por una estudiante de derecho—.

Don Jairo colgó la tercera llamada. Y Don Jairo se quedó mirando la ventana —la ventana por donde había entrado la canción hace hora y media, la canción que decía y por los celos, los celos, los celos / a mí el corazón me arde, la canción que Don Jairo había apagado con el botón del radio pero que había vuelto por la ventana del vecino como vuelve el olor del incendio que creías apagado—.

Y Don Jairo pensó en el cuaderno.

El cuaderno azul. El cuaderno que Don Jairo había escrito con su propia mano durante veintidós años —no porque necesitara el cuaderno sino porque lo necesitaba, porque Don Jairo era de los que documentan, de los que registran, de los que dejan huella en la tinta como otros dejan huella en la memoria, porque la tinta es permanente y la memoria se borra y Don Jairo prefería la permanencia—.

Pero la permanencia que Don Jairo había buscado en el cuaderno era la permanencia del archivo, no la del testimonio.

El archivo es del archivista. El testimonio es del que lo lee.

Y ahora el cuaderno no estaba en el hueco detrás del retrato —estaba en las manos de alguien que lo estaba leyendo como se lee un testamento, como se lee una condena, como se lee la prueba de que todo lo que Don Jairo había construido se había construido sobre mentiras—.

Don Jairo cerró los ojos. Y cuando cerró los ojos, Don Jairo vio algo que no quería ver —vio el cuaderno abierto, vio las páginas, vio su propia caligrafía declarando lo que nunca debió declarar, vio la tinta que él mismo había puestotestificando contra él—.

Y Don Jairo abrió los ojos y dijo algo —algo que no dijo a Yago ni al abogado ni a nadie sino a la ventana, al aire, a la canción que ya no sonaba pero que seguía en el aire como sigue el eco después de que el grito se ha callado—:

—El cuaderno es mío. Lo que está escrito en el cuaderno es mío. Y lo que es mío… —Don Jairo hizo una pausa—. Lo que es mío vuelve.

Isabel lo oyó desde la sala —oyó las palabras de su esposo y no dijo nada porque no había nada que decir, porque las palabras de Don Jairo eran las palabras de un hombre que hablaba consigo mismo y que no esperaba respuesta, las palabras de un hombre que estaba calculando —calculando como calcula el general que ha perdido una batalla pero que aún tiene un ejército, como calcula el jugador que ha perdido una mano pero que aún tiene fichas—.

Isabel se levantó de la sala. Caminó hacia la cocina —la cocina de la casa de Condado, la cocina que no se parecía en nada a la cocina de la finca porque esta cocina tenía nevera nueva y estufa de gas y losetas blancas y no olía a ceniza de ocotillo—.

Isabel encendió la estufa. Puso agua para café.

Y mientras el agua calentaba, Isabel pensó en la pregunta que había hecho hace hora y media —¿Quién es la Gitana?

— y en la respuesta que no había recibido.

Y Isabel pensó que la respuesta no venía de Don Jairo —la respuesta venía de la canción, la respuesta venía del aire, la respuesta era el aire—.

Y la respuesta era: Aitana. El nombre que Don Jairo nunca pronunciaba en la casa de Condado.

El nombre que existía en otra casa, en otra cocina, en otra vida.

El nombre que ahora salía de la radio como sale la verdad cuando ya no cabe dentro.

Isabel vertió el agua. Y no preguntó más.

§

Domingo 18 de agosto de 1985 — 4:35 p.m

Carretera hacia Bayamón

Yago conducía el sedán azul oscuro por la autopista 2 —el sedán que usaba para los trabajos que no tenían registro, el sedán que no tenía matrícula rastreable porque la matrícula era de un carro que había sido reportado como robado hace tres años y que nunca apareció, el sedán que era invisible como Yago era invisible—.

Yago había salido de WIPR hace cuarenta minutos —cuarenta minutos que Yago había pasado estacionado frente a la estación de radio mirando la puerta, calculando si podía entrar, decidiendo que no podía entrar, oyendo la canción salir por las ventanas de la estación como sale el agua de una represa que se rompe—.

Yago había oído la canción.

Yago había oído la canción completa —desde el primer trombón hasta el último sin quererte yo te quiero— y Yago había oído la canción como la oyen los que saben que la canción habla de ellos sin nombrarlos, como la oyen los que reconocen en los versos algo que no querían reconocer, como la oyen los que piensan eso no va conmigo pero que saben que sí va, que va directo, que va como va la bala que no se puede esquivar—.

Y por los celos, los celos, los celos / A mí el corazón me arde, me arde.

Yago no tenía celos —Yago no tenía celos porque Yago no amaba, Yago obedecía—.

Pero la canción había plantado algo en Yago —algo que no era duda todavía sino la semilla de la duda, algo que no era desobediencia todavía sino la memoria de que la obediencia es una elección y no una ley natural, algo que Yago no podía nombrar pero que sentía como se siente la grieta en la pared antes de que la pared se caiga—.