CAPÍTULO 16 #4
Yago recibió la llamada de Don Jairo a las cuatro y diez —la llamada que ordenaba traer a todos a la finca a las seis—.
Yago había respondido: Entendido. Yago siempre respondía entendido —era la palabra que Yago usaba para todas las órdenes, la palabra que no era sí ni no sino la confirmación mecánica de que la orden había sido recibida y que sería ejecutada—.
Pero ahora —ahora, en el sedán azul oscuro camino a Bayamón, con la canción todavía resonando en los oídos como resuena el eco en una caverna— Yago pensó en la orden.
Traer a todos. ¿Quiénes eran todos? Yago lo sabía —todos eran los que sabían, los que habían visto, los que habían oído, los que podían hablar—.
Y traer no era invitar —traer era obligar, traer era trasladar, traer era el verbo que Don Jairo usaba cuando los objetos necesitaban estar en un lugar y los objetos no querían ir—.
Y Yago había traído objetos antes —había traído mujeres a la finca, había traído músicos que no querían tocar, había traído testigos que no querían testificar—.
Yago traía. Eran su trabajo. Traer era lo que Yago hacía.
Pero la canción.
La canción había cambiado algo —no la canción en sí sino lo que la canción significaba, lo que la canción decía, lo que la canción revelaba sobre la naturaleza de lo que Yago traía—.
Yago no había pensado nunca en la naturaleza de lo que traía —Yago pensaba en la mecánica: la ruta, el horario, el vehículo, la cantidad—.
Pero la canción decía nunca fuiste mía y la canción decía los celos del viento y la canción decía las palabras son de aire y cada verso era una pregunta que Yago no se había hecho —¿eran las que traía, personas?
¿eran las que registraba, libres? ¿eran las que marcaba, dueñas de sí mismas?
— y las preguntas no tenían respuestas todavía pero las preguntas estaban ahí, como las grietas en la pared, como la semilla en la tierra, como el primer compás de una canción que aún no ha comenzado pero que ya se siente—.
Yago condujo. Y la autopista 2 se extendía hacia Bayamón —hacia la farmacia de Doña Iris, hacia Mercedes, hacia el cuaderno, hacia la hemorragia que Don Jairo quería detener—.
Y Yago pensó en la orden —traer a todos— y Yago pensó en la canción —nunca fuiste mía— y Yago pensó en Mercedes —la cocinera que había cruzado la puerta trasera con el cuaderno azul, la cocinera que había escrito versos con ceniza de ocotillo, la cocinera que ahora estaba en Bayamón con la hermana farmacéutica y la estudiante de derecho y la partera—.
Y Yago pensó: ¿Y si la cocinera no es una que se fugó sino una que se liberó?
Yago no respondió a la pregunta. Yago no respondía preguntas —Yago ejecutaba órdenes. Pero la pregunta estaba ahí —en el sedán azul oscuro, en la autopista 2, en el aire que entraba por la ventanilla y que olía a sal y a lluvia y a algo que Yago no podía nombrar—.
Yago condujo.
Y la duda fue con él.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 4:40 p.m
Farmacia Iris — Bayamón
Lorena había terminado de fotografiar el cuaderno —cuarenta y siete páginas, cuarenta y siete destellos, cuarenta y siete copias en el rollo de Tri-X que ahora estaba en el bolso de Lorena como una segunda versión del cuaderno, una versión de luz y de plata que no se podía quemar ni esconder ni perder porque la luz no arde y la plata no se pudre y la fotografía es lo que la memoria quisiera ser si la memoria pudiera fijarse—.
La Xerox de Doña Iris había terminado también —cuarenta y siete fotocopias, cuarenta y siete hojas blancas con tinta negra, cuarenta y siete copias mecánicas que descansaban en una carpeta manila que Doña Iris había sellado con cinta adhesiva—.
Doña Iris había escrito en la carpeta con el marcador negro: COPIA CUADERNO HEREDIA — 17 AGO 1985 — ORIGINAL CON MERCEDES VEGA — BAYAMÓN.
Y la carpeta era la prueba de que la prueba existía, y la etiqueta era la cadena de custodia, y la cadena de custodia era lo que convertía un cuaderno encontrado en una farmacia en evidencia que un tribunal podría aceptar—.
Mercedes había hablado —había hablado durante los cuarenta minutos que Lorena tardó en fotografiar el cuaderno, había hablado como habla la mujer que ha callado durante quince años y que ahora descubre que las palabras no se agotan sino que se multiplican, que cada recuerdo genera otro recuerdo, que cada nombre convoca otro nombre, que cada fecha abre otra fecha—.
Mercedes había hablado de Lola, de la cocina, de la ceniza de ocotillo, de los versos en la pared, de las mujeres que llegaban a la finca, de los camiones blancos, de las matrículas de Cádiz, de las marcas, de Aitana, de la noche que Aitana cumplió doce años y Don Jairo la marcó, de la noche que Esteban vino y Don Jairo lo recibió y Aurelio lo interceptó, de la noche que Enrique tocó las congas y Don Jairo lo escuchó y dijo ése no, de la noche que Fermín se fue con el King 3B y la carta, de la mañana que Lola murió —primero la marca de 1966 y después la muerte real de 1975—, de todo lo que Mercedes había guardado dentro como se guarda el arroz dentro del granero: protegido, seco, esperando el día que alguien abriera la puerta—.
Y Lorena había escrito —escrito en la libreta de espiral, escrito con la pluma que nunca se quedaba sin tinta porque Lorena llevaba tres, escrito como escribe la mujer que sabe que cada palabra es un ladrillo y que los ladrillos construyen muros y que los muros pueden ser jaulas pero también pueden ser pruebas—.
Lorena tenía ahora cuarenta y siete páginas fotografiadas, cuarenta y siete fotocopias, y diecinueve páginas de notas en la libreta —diecinueve páginas que eran la declaración informal de Mercedes, la declaración que Lorena convertiría en declaración formal cuando el FBI llegara—.
Florina había hablado también —menos que Mercedes, porque Florina hablaba como hablan las parteras: midiendo las palabras como miden los partos, esperando el momento justo, empujando cuando hay que empujar y callando cuando hay que callar—.
Florina había hablado del acta —el acta de nacimiento de Aitana, el acta que Florina había firmado como testigo de parto, el acta que decía Aitana Martínez Vega y que Don Jairo había reemplazado con un certificado que decía Aitana Heredia—.
Florina había sacado el acta del tubo de cartón —el tubo que había traído desde la tintorería coreana, el tubo donde el acta había vivido durante trece años enrollada como se enrolla la bandera que no se puede enarbolar—.
Y el acta estaba ahí —papel oficial, sellado, firmado, con la fecha del 22 de enero de 1964 y el nombre Aitana Martínez Vega escrito con la tinta del registro civil que no se puede falsificar porque la tinta del registro civil no es tinta sino ley—.
Lorena fotografió el acta. Doña Iris fotocopió el acta. Y el acta se convirtió en lo que siempre había sido —la prueba de que Aitana no era Heredia sino Martínez Vega, la prueba de que la marca era mentira, la prueba de que Don Jairo había reclamado como propiedad lo que no era suyo—.
Sé que nunca fuiste mía / Ni lo hasido, ni lo eres / Pero de mi corazón / Un pedacito tú tienes.
El cuaderno decía nunca fuiste mía. El acta decía nunca fuiste mía.
La canción decía nunca fuiste mía. Y los tres —cuaderno, acta, canción— eran la misma verdad escrita en tres lenguajes: el de la tinta, el de la ley, el del aire.
Y los tres apuntaban al mismo lugar —al hueco detrás del retrato, a la finca de Loíza, al hombre que había documentado su propio delito porque creía que lo documentado era posesión y no prueba—.
Mercedes se levantó de la silla de plástico —se levantó como se levanta la que ha descansado lo suficiente, como se levanta la que sabe que lo que viene ahora no es descanso sino acción—. Y Mercedes dijo lo que había estado esperando decir desde que Lorena abrió el cuaderno:
—Yo declaro. Formalmente. Ante quien tenga que declarar.
Yo estuve en la finca quince años. Yo vi lo que vi.
Yo sé lo que sé. Y lo que sé está en ese cuaderno y en esa libreta y en esas fotos y en las fotocopias y en la canción que acaba de sonar en la radio y que la isla está cantando.
Y si Jairo Heredia quiere venir a buscarme, que venga.
Porque yo ya no estoy dentro. Yo ya estoy afuera.
Y afuera hay policía, y hay FBI, y hay una estudiante de derecho que tiene cuarenta y siete páginas de prueba, y hay una farmacia con una fotocopiadora, y hay una isla que canta la canción que él no quería que existiera.
Lorena asintió. Doña Iris asintió. Florina asintió.
Y las cuatro mujeres se miraron —se miraron como se miran las que han pasado la vida siendo cocinera y partera y farmacéutica y estudiante, las que han pasado la vida en papeles que otros les asignaron, las que ahora se asignaban un papel nuevo: testigo—.
Y entonces sonó el teléfono.
Doña Iris contestó —contestó con la voz de la farmacéutica que ha contestado el teléfono mil veces pero que esta vez contestó con la voz de quien sabe que la llamada que viene es la llamada que esperaba—.
—Farmacia Iris.
—Doña Iris, aquí el agente Víctor Salazar, FBI. Estoy en camino. Llego en quince minutos. ¿Están todos ahí?
—Estamos todos.
—No se muevan. No dejen entrar a nadie que no sea yo. Y si alguien llama y pregunta por Mercedes, diga que no está. ¿Entendido?
—Entendido.
—Y Doña Iris —la voz de Salazar cambió, se hizo más baja, más personal, como la voz del agente que sabe que lo que está a punto de decir no es procedimiento sino promesa—.
Lo que Mercedes sacó de esa finca es la prueba más grande que he visto en dieciocho meses en esta isla.
Dígale que hizo lo correcto. Y dígale que la ley la protege.
Doña Iris colgó. Y se volvió hacia las tres mujeres.
—El FBI viene. Quince minutos. Y dice que no dejemos entrar a nadie.